Es cierto que, a poco que leamos algún periódico o prestemos atención a los demás medios de comunicación, el recurrente tema de la crisis económica puede llegar a agobiar, resultar repetitivo o incluso cansino. No obstante, los bolsillos nos preocupan a todos y, quizás por ello, el estado de salud de las distintas economías internacionales atraen la atención de todo hijo de vecino, pasando por encima del imperdonable pecado mediático de la reiteración. Sin ir más lejos, el propietario de este espacio virtual ya ha tratado profusamente el asunto con su acostumbrada brillantez. No obstante, y abusando de su amabilidad al dejarme un rincón en su casa, me gustaría aportar – o al menos intentarlo – algún punto de vista complementario a los ya expuestos aquí.
Después de unas semanas realmente aciagas para las bolsas de medio mundo, la economía norteamericana y las de las grandes potencias europeas decidieron tomar medidas de urgencia ante una situación realmente preocupante. La solución temporal, inyectar fuertes cantidades de capital público en sus sistemas financieros, cuando no nacionalizar – a las claras o de manera indirecta – alguna que otra entidad bancaria con serios problemas. Tras un primer momento de euforia, en el que las bolsas registraron una subida espectacular tras una caída sin precedentes, en estos días pasados se han vuelto a registrar bajadas en los parqués, según dicen quienes entienden de esto, por una duda sobre la efectividad real de estas medidas. A personas más y mejor cualificadas que un servidor corresponden los análisis profundos de este tipo de asuntos; no obstante, queda claro que miles de millones de dólares y euros se mueven en una u otra dirección en función, en gran medida, de algo tan poco cuantificable como la confianza, auténtica piedra de toque en la estabilidad en los mercados.
Para superar las urgencias del ahora y amortiguar el golpe de la crisis en los bolsillos del ciudadano medio hay que acometer, efectivamente, medidas consensuadas y extremas. Sin embargo, más de una voz autorizada ha mencionado ya la necesidad de, una vez que pase la tormenta – en un futuro a medio plazo, esperemos – afrontar una profunda reflexión sobre el modelo económico imperante y su idoneidad en el globalizado mundo actual. La doctrina de liberalización del mercado, ajena a casi cualquier modelo de control por parte de los estados, iniciada tiempo ha por las doctrinas Tatcher y Reagan, se ha demostrado como terreno abonado para desmanes de directivos y corporaciones sin demasiado escrúpulo, a los que ha motivado única y exclusivamente el dios beneficio, casi a cualquier precio. Cabe preguntarse si la crisis actual implicará realmente un cambio de modelo o, simplemente un traspiés para que todo siga igual.
Lo que sí es seguro es que en más de un foro especializado, en los medios de comunicación y, también en la propia calle, las miradas comienzan a dirigirse, acusadoras, en dirección a las altas esferas de las finanzas. Puede resultar esclarecedor, en este sentido, un espléndido artículo de Ramón Muñoz, publicado el pasado doce de octubre en el diario “El País” ("Culpables, millonarios e impunes"). Las medidas adoptadas por los distintos gobiernos pueden valer, quizás, como tirón de orejas a la banca e incitar la necesaria reflexión de la que hablaba. No obstante, también puede servir de amplia y acomodaticia alfombra bajo la que ocultar desmanes y porquerías de diversa índole y aún más graves que las que originaron la crisis.
Apuesto, no obstante por la baza de la oportunidad. Oportunidad para, una vez superadas las necesidades más acuciantes, dar un paso atrás y observar lo que hemos logrado en los últimos cincuenta o sesenta años y, sobre todo, a qué precio. Oportunidad también para plantearse seriamente si es posible hacer las cosas de otra manera, sin que ganen siempre los mismos y prestar atención a los que realmente importan, sin escuchar los cantos de sirena del todo vale. Con un poco de suerte, la crisis económica, además de asustarnos y preocuparnos a todos, puede ser una oportuna y gigantesca piedra en mitad del estanque que genere las necesarias ondas expansivas que nos encaucen hacia un nuevo rumbo en el siglo XXI. Tampoco es mal momento para echar un vistazo atento a la mitad sur del planeta, una zona donde millones de personas llevan décadas sufriendo crisis más acuciantes y graves que la que nos ocupa. Y, por supuesto, no es mal momento tampoco para que la principal potencia militar, económica y política del mundo reflexione sobre cuestiones como el liderazgo, cooperación internacional y su papel en el panorama global en un futuro, ahora que se fragua la elección de un nuevo presidente – asunto del que espero el señor Lourido escriba en breve –. Aunque esto último imagino que es harina de otro costal.
El Faro de Alejandría









1 comentarios:
el amigo Bertuccio tan clarividente como siempre.
estoy de acuerdo al 100%. Aunque matizaría un poquito tu último halo de esperanza. es cierto que las crisis pueden ayudar a provocar profundos cambios, a mejorar. En definitiva, a aprender de uno mismo y a "refundar el capitalismo", como dijo el otro....
SIn embargo, mucho me temo que las cosas se quedarán como siempre. Estoy, tal y como dijo Felipe González hace unos días, "aterrado" ante la posibilidad de que, una vez solucionado el entuerto (una mera china en el zapato), volvamos al modelo de "éxito de siempre". Sí, ese de "dios beneficio".
Poniéndonos pesimistas (que ojo, recordemos que, como dijo Wilde, sólo significa, y más en este caso, estar bien informado), no creo en absoluto que de esto saquemos nada en claro.
Si Adorno se preguntó cómo escribir poesía después de Auschwitz, y vemos las que hemos vuelto a organizar... En fin, el ser humano es experto en echarse las manos a la cabeza y hacerse muchas preguntas. El problema es que también es patrimonio exclusivo del ser humano la poca capacidad de memoria y lo efímero de sus espantos emocionales.
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