Asistimos, cada día, al engorde de la “neolengua”, a todo ese campo semántico de eufemismos que se me antoja ridículo, penoso. Un forzado ejercicio de disimulo que irrita hasta a las conciencias de los más crédulos. El Gobierno, en falsa pose, predica sobre la “medicina”, las “recetas”, “el diagnóstico” o “el tratamiento” cuando intenta (y esto lo digo yo) inocular a nuestro decadente país unos recortes y repagos que, hace tan solo un lustro, sonarían a chanza. A ciencia-ficción. A demencia.
El retroceso es atroz, la pérdida es dolorosa. Da igual cómo se cuente, las palabras ya no importan. Incluso esta sobrevenida jerga de matasanos sirve para denunciar la hemorragia. Mediante la cirugía del decretazo, el Gobierno extirpa derechos por los que nuestros abuelos y bisabuelos se desangraron. Y hay mucho de literalidad en esto último. Pero muy poderosa debe de ser la anestesia, porque España yace en la mesa de operaciones sin el más mínimo espasmo. Resignación y derrotismo. Vagancia y aburguesamiento. Analfabetismo político y miedo. Individualismo.
Yérguete, sociedad, o acabarás despertando irremediablemente amputada, que a este cirujano le gusta cortar por lo sano. Él lo tiene claro: el tumor eres tú, no “los mercados”.
















