viernes, enero 21, 2011

SOBRE ‘WIKILEAKS’, O DE CUANDO NOS OLVIDAMOS DE HACER PERIODISMO

Al Comandante en Jefe de las fuerzas aliadas para la invasión de Europa en la Segunda Guerra Mundial, el general norteamericano Dwight Eisenhower, le preguntaron qué importancia le otorgaba al papel jugado por la resistencia civil francesa durante la batalla de Normandía. Y respondió: “Mejor de lo esperado, peor de lo anunciado”.

Su lacónica y extraordinariamente diplomática sentencia no ha pasado a la historia con especial lustre, es verdad. Y desde luego, algunos años después, bien tuvo que recurrir a mejores proezas dialécticas para conseguir alcanzar la presidencia de su país. Sin embargo, más de 60 años después, aquella deslucida respuesta se aviene perfectamente para expresar lo que supone la simultánea sensación de complacencia y decepción cuando, ya con las pulsaciones mediáticas más pausadas, hacemos balance de la que se ha denominado “la filtración más importante de la historia”. O el “cablegate”. O “la revolución periodística del siglo XXI”.

Calmada la vorágine, y aparentemente la difusión informativa de nuevos detalles, llega el momento, en frío, de relativizar tales hipérboles. Periodísticamente hablando, pocas son las novedades que nos han brindado los diarios agraciados con la posibilidad de exprimirle los jugos a esos 250.000 documentos del cuerpo diplomático de EE.UU. Aunque quienes sostienen públicamente tal postura suelen sufrir todo tipo de afrentas. Al menos, eso se ve y se escucha en no pocas tertulias. Y sin embargo, una razón incontestable les asiste: en su mayor parte, ni las novedades publicadas son tal cosa, ni las presuntas primicias responden a hechos inéditos. Y quien perciba lo contrario, probablemente adolezca de desmemoria o desinformación. Algo que, en cualquier caso, curan las hemerotecas.

El diario El País no se contuvo en su artificioso ejercicio de convencer a los lectores de que, allá donde posaran la vista, encontrarían aquellas claves nunca expuestas para entender el mundo que les rodea. La cúpula directiva del periódico no cejó en su empeño de publicitar el material aludiendo a las “mentiras”, “falsedades” y “doble moral” de los gobiernos del mundo, en especial de los más poderosos. Y aún habiendo una pequeña parte de razón en tal planteamiento si nos atenemos a casos muy concretos, alguno ciertamente jugoso (y en el que España está directamente implicada), en general esa premisa se antoja artificial. Sobre todo, porque no se insistió lo suficiente en un aspecto capital: que los cables, y por ende la “información” desvelada, no es más que el único y exclusivo punto de vista que la diplomacia estadounidense tiene de cada asunto, y no una verdad incontestable, axiomática. Y en no pocas ocasiones los titulares de las informaciones de El País obviaban tal consideración, induciendo probablemente al error. Es misión del diario hacerle entender al lector que los cables diplomáticos son opiniones, informaciones subjetivas no contrastadas. Así pues, se admiten numerosos matices a todo lo expuesto en ellos. En definitiva, los materiales publicados nos ayudan a entender qué piensa EE.UU del mundo, pero nada más. En esos justos y estrictos términos debemos comprender lo divulgado. Y no siempre se observaron estas salvedades.

Y nadie negará que poder contar, con comillas, lo que EE.UU cree o considera sobre personas, instituciones o avatares varios, resulta periodísticamente significativo si contemplamos las matizaciones anteriores. Pero, aún así, había más ruido que nueces en el “cablegate”. Y patente quedó cuando fue el propio diario el que, en un alarde sensacionalista un tanto irritante, optó, el primer día, por airear los más morbosos detalles de la vida privada de algunos de los más controvertidos actores políticos internacionales: Berlusconi, Putin, Sakozy, Gadhafi … Quizá convenga no olvidar que el diario El País apostó por estrenar sus “primicias” especulando acerca de la exuberante enfermera del líder libio, del carácter autoritario de líder francés, de las juergas privadas del Il Cavaliere o, incluso, sobre los presuntos problemas mentales de la presidenta de Argentina. Cuando un medio de comunicación, hipotéticamente perteneciente al ala seria de nuestra prensa, recurre a tales chismorreos y bajos instintos como aperitivo del “cablegate”, quizá fue porque, en esos 250.000 documentos, no había más que media docena de informaciones relevantes y verdaderamente desconocidas. Y si no es así, debemos acusar a El País de urdir un ejercicio de amarillismo nada justificable.

De la filtración rescatamos algunos asuntos interesantes: el espionaje de EE.UU en la ONU, o el doble discurso del gobierno y la justicia españoles sobre el “caso Couso” o el conflicto del Sáhara Occidental. Pero apenas son pequeños islotes en el océano de publicaciones, la mayoría insípidas. Se pretendió barnizar cada artículo con una pátina de “virginidad periodística” que justificara como noticia lo que, hablando estrictamente, no lo era. De tal forma se nos relataron episodios acerca de la nuclearización de Irán, la corrupción africana, el terrorismo internacional o de la incipiente democracia sudamericana. Y en ningún caso se aportó dato alguno que no fuera ya previamente conocido, o intuido, por cualquier espectador interesado por la realidad internacional. Incluso muchos detalles ya se habían leído en crónicas anteriores del propio diario, años atrás. Por tanto, a nadie solventemente informado debiera sorprenderle la postura oficial que tiene EE.UU sobre la mayoría de los asuntos de los que se informó. Y si el verdadero interés de la información radica en la mayor o menor crudeza con la que los diplomáticos se refieren a cada asunto (no olvidemos que los cables no dejan de ser informes privados), entonces, como ya señalamos, la utilidad de la información es sólo limitada. O si se prefiere: la esencia de los cables difundidos no descansa en qué cuentan, sino en cómo lo cuentan.

Lo cual desemboca en conclusiones incómodas para los que con tanto ahínco y fervor defienden la trascendencia de las filtraciones periodísticas de Wikileaks. Por varias razones. La primera, que debemos asumir que el periodismo sigue derivando hacia lo que no es, donde prima la forma respecto al fondo, la fuente sobre el dato, el artificio frente al hecho, y donde la noticia arranca en quién o cómo lo dice, y no en qué o por qué lo dice. Y en segundo lugar, los que consideran este tipo de filtraciones auténticas “revoluciones periodísticas” olvidan las esencias genuinas de este decadente oficio. El periodista vive de lo que investiga por sí mismo (y no tanto de lo que ¿interesadamente? le filtran), de su capacidad para interrelacionar hechos, para contextualizarlos y asearlos literariamente para hacer el mundo un poco más inteligible. Y sobre todo conviene no olvidar, por si acaso, que no pocas genialidades periodísticas han germinado en base a lo que, según nos dicen, ya ha pasado de moda: los datos que son públicos. Esos que están todos los días al alcance de cualquiera, pero en los que sólo el buen periodista se detiene. Aunque, claro, para ese tipo de periodismo, menos glamouroso y espectacular, hace falta algo que ya se nos antoja extraordinario: saber mirar.

Eso es periodismo, y de mérito. Wikileaks es sólo márketing.

miércoles, diciembre 22, 2010

LA HEMEROTECA Y OTRAS CRISIS

En estos días de Monopoly, en los que medio planeta compra y vende deuda pública al otro medio. En estos días en los que “los mercados” rebajan las soberanías nacionales (y por ende, a las democracias) a la categoría de espectadores. En estos días, en los que escuchamos a los líderes políticos lanzar proclamas y máximas que, a buena parte del pueblo, profano en números, se les antojan irrebatibles, es perentorio, y periodísticamente ineludible, desempolvar periódicos.


Últimamente habrán escuchado y leído en abundancia a los partidarios de “reducir el déficit público”. Casi siempre, los mismos que aseguran que el déficit es “el principal problema” de las economías desarrolladas, porque conlleva el aumento del nivel de deuda de los estados. Argumentan, en esencia, que el déficit hace que el sistema “no sea sostenible”. Así que propugnan, belicosamente, reducir gastos de manera drástica, hasta que los gobiernos tengan, al menos, tantos dispendios como ingresos en sus cuentas. Y hay países, como el nuestro, que se han puesto manos a la obra por orden de la Unión Europea, absolutamente partidaria de la reducción de los déficits públicos. Y lo mismo hacen otros de nuestros vecinos. Entre ellos, Alemania y Francia, tradicionalmente considerados los “motores de Europa”. En estos dos últimos países, el recorte de los gastos públicos no tiene precedentes. Y no sólo propugnan con el ejemplo, también amenazan al vecindario con castigos ejemplares para los que se alejen de la “estrategia común” de la UE. Los 27 deben cumplir con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que deja bien claro que ningún estado miembro puede superar, cada año, un déficit del 3% en sus cuentas públicas. Saltarse esa norma, a día de hoy, se antoja criminal. Pero no siempre ha sido así.

La norma del 3% lleva muchos años siendo papel mojado. Y quienes ahora le rinden pleitesía, como Francia y Alemania, fueron expertos en incumplirla. Y nadie les castigó, como ellos proponen en la actualidad. Hace no tanto, en 2003, germanos y franceses no atravesaban por su mejor etapa económica. Y sus déficits estaban por encima del consabido 3%, incumpliendo por tanto las leyes comunitarias. Ante las críticas, sus gobiernos argumentaron:

“Somos unánimes en el rechazo de cualquier dogmatismo en cualquiera de los dos objetivos y creemos que, en la actual fase de la evolución económica, el énfasis sobre el crecimiento debería ser mayor, sin incluir la consolidación presupuestaria” (Septiembre, 2003)


Alemania y Francia tacharon de dogmáticos (exagerados y radicales, a la postre) a quienes llamaron la atención sobre su incumplimiento. Y ambos países apostaron, en aquella crisis, por, obviamente, recuperar su crecimiento, pero no a costa de reducir sus déficits. Y sin embargo, pocos años después, defienden que para vadear la crisis actual la reducción de los déficits pasa por ser condición sine qua non. Postura asumida, sin rechistar, por los demás estados miembros (nadie se ha atrevido a recordarles sus incumplimientos pretéritos).

Y lo grave es que ninguna instancia pública ha explicado todavía este cambio de postura. Máxime cuando parece que entre muchos analistas económicos independientes se comparte la idea de que la mera reducción de los gastos públicos no ayuda, en absoluto, a generar empleo y crecimiento, que es, a priori, lo deseable. Nadie ha explicado todavía por qué en la crisis de 2003 la prioridad era el crecimiento, y no la reducción del déficit, y ahora, en 2010, es exactamente al revés. Y como ciudadanos responsables deberíamos pedirles, una y otra vez, el esclarecimiento pertinente.

En España, el Gobierno plantea como insalvable la reducción del gasto estatal. De ahí el recorte de los sueldos públicos, la congelación de las pensiones (y seguramente su recorte, tras la anunciada reforma), la desaparición de prestaciones sociales ("cheque bebé") o la próxima venta de empresas públicas. Hace sólo unos meses, el Gobierno no creía en esta receta. Incluso casi la vilipendiaba. Pero de un día para otro, literalmente, se puso a recitarla como un converso el padrenuestro. Y de momento, los resultados acompañan. Pero son sólo números. Y la realidad impone su verdad, y le da la razón a esos otros economistas que proponen otras salidas alternativas a la crisis. Se demuestra, como se sabía, que recortar gastos no produce puestos de trabajo ni crecimiento. Hoy mismo, el propio Zapatero ha augurado que tardaremos unos cuantos años en recuperar el nivel de empleo que teníamos hace dos años, en "superar los desequilibrios", ha dicho. Así que la crisis va para largo. Es su manera de anunciarlo sin hacer mucho ruido.

Con lo que, a luz de los datos, conviene hacerse preguntas: ¿por qué imponer tan draconianas medidas anti gasto social si finalmente no aportan nada? ¿Por qué lastrar el bolsillo de los trabajadores y ciudadanos de clase media y baja, si no se genera empleo y crecimiento? ¿Por qué tanto afán por “adelgazar” los servicios públicos y el Estado de Bienestar? ¿Por qué se salió de otras crisis aumentando la inversión pública, y por tanto los déficits, y ahora tal planteamiento se considera un anatema? ¿Por qué Francia y Alemania cambian de postura tan radicalmente?

Muchos huyen de estas preguntas parapetándose tras la trinchera demagógica de siempre: “no todas las crisis son iguales”. Pero no es verdad. Cualquier crisis económica cuenta con los mismos síntomas, corroborados técnicamente: contracción del PIB y aumento del desempleo. Y de las grandes crisis del siglo XX (1930’s y posguerra mundial) se ha salido incrementando el gasto, invirtiendo, sin prestar tanta atención a la reducción de los déficits.

Nadie duda de que, en plena crisis, no existan algunos gastos que nos podríamos ahorrar. Y es el papel del Gobierno dar con ellos buceando en sus presupuestos. Pero, desde luego, los recortes actuales, además de injustos, están evidenciándose como completamente inútiles.

Así que los malpensados salimos reforzados en nuestra convicción. Los gobiernos no se “enfrentan” a la crisis, sino que, animados por el lobby neoliberal, la usan como excusa para soltar el lastre: nosotros.

sábado, noviembre 27, 2010

ZAPATERO, EL "IBEX-37" Y 96.000 MILLONES

Escribo estas líneas mientras el Presidente está todavía reunido en La Moncloa con los representantes de las 37 empresas más grandes del país. Y a pesar de que me he preocupado de ello, aún no he conseguido leer con claridad cuál es el objetivo del cónclave, más allá, obviamente, de los insulsos titulares de turno distribuidos por el nuevo y flamante aparato comunicativo del Ejecutivo.

En resumidas cuentas, el Gobierno dice que va a pedir a los grandes empresarios que arrimen el hombro para que salgamos de la crisis cuanto antes. Aunque no ha trascendido ningún detalle de qué más les pedirá aparte de ese proclama, más inútil y publicitaria que política y económicamente eficaz. Porque más allá de los buenos propósitos, harían falta peticiones concretas. Yo propongo algunas al Presidente, por si acaso no anda sobrado de ideas.

Se podría decir que Rodríguez Zapatero está sentado en estos momentos ante todo el Ibex-35. Lo cual, es interesante, porque eso facilita mucho algunas cosas. Una de ellas, saber cuánto ganaron esas empresas el año pasado, cuando presumiblemente estaban sumidas en la más feroz e implacable de las crisis. Y como los datos son públicos, no es difícil dar con la cifra. Aquí se la dejo:

Las empresas del Ibex-35 ganaron en 2009 más de 42.000 millones de euros.
En 2008, 54.000 millones.

Si yo fuera el Presidente del Gobierno, y estuviera en esa reunión, no podría resistirme a hacer algunos comentarios. Quizá les dijese que con esos 96.000 millones de euros que han ganado en los dos últimos años, habría dinero suficiente para rescatar a Irlanda sin necesidad de que lo hicieran los contribuyentes europeos, y por supuesto españoles. O quizá les diría, en clave un poco más doméstica, que qué les parecería si cogiese sólo el 10% de esos beneficios para pagar los 9.700 millones de euros que puso España para el rescate de Grecia, y que salieron, por supuesto, de la hucha pública. O quizá les preguntase si les parece oportuno que el Gobierno haga un recorte en los sueldos de los funcionarios y congele las pensiones, todo ello por valor de 15.000 millones, y ellos solos han ganado los 96.000 citados.

Y todo esto, obviando que los resultados empresariales de este 2010 van a ser muy similares a los de 2009 y 2008. Con lo cual, la suma de beneficios a favor de las empresas sería todavía mayor.

No sé por qué, pero creo que Zapatero no hablará así a los empresarios, por muy obscenamente ricos que sean.

Y si sé, o al menos lo intuyo, que nuestros grandes “campeones nacionales” aprovecharán la reunión para aplaudir al Presidente, asegurando que las medidas adoptadas (que afectan directamente a los ciudadanos/consumidores, no a ellos) van “por el buen camino”, e incluso habrá alguno que pedirá alguna medida extra en la misma dirección.

Y al final nuestro Presidente dirá que la reunión ha sido productiva, dialogante, y que todos están por salir de la crisis. Aunque no sea de la manera más justa y equitativa. De hecho, y a pesar de las cifras, nuestro Presidente no es partidario de que el sector privado colabore en los rescates financieros a países en problemas, aunque tengan dinero para ello. Algo que sí ha propuesto más de una vez algún que otro líder europeo.

La reunión de Zapatero con el empresariado español no servirá para nada, porque nada les va a exigir. El Presidente es rehén de “los mercados”. Si anuncia que, a partir de ahora, exigirá a las empresas más dinero, y menos buenas palabras, entonces las Bolsas caerán, las empresas amenazarán con despidos, y las “grandes fortunas” amagarían con irse del país. Todo un desastre. Aunque nunca se ha comprobado que tales cosas ocurrieran tan drásticamente. Entre otras cosas, porque nuestras empresas están cómodamente instaladas en la atalaya de la fortuna en nuestro país. Dudo de que abandonaran la novena economía del mundo con tanta facilidad.

Pero, por si acaso, no se preocupen, amables lectores, que nuestro Presidente no les tocará un euro de su cuenta de resultados, gravando los beneficios, ni les insinuará nada que les resulte molesto. Les invitará a un agua y ya está.

sábado, septiembre 25, 2010

CRÓNICA DE UNA HUELGA FRACASADA

Conozco a decenas de personas (y supongo que ustedes se encuentran en la misma tesitura) que, a estas alturas, todavía no saben qué hacer el próximo miércoles ante la convocatoria de la huelga general. Yo ya tenía una decisión tomada (no desde hace mucho, he de decir), pero por si me quedaba algún resquicio de duda, de indecisión, éste se ha extinguido por completo al recibir la dichosa notificación: seré un “servicio mínimo”. Así que ya, quiera o no, tengo que ir a trabajar.

A mí me han solucionado la papeleta, pero no a ese montón de amistades a las que aludía, que deben, libremente, tomar una decisión. Mojarse, tomar postura. Hacer pública su sensibilidad ideológica. Y, créanme, en nuestros días, tal cosa resulta cada vez más incompresiblemente embarazosa.

En primer lugar, porque al trabajador se le exige pronunciarse por dos opciones a cada cuál menos estimulante. Le dicen al currante: “escoja entre Guatemala o Guatepeor”, ¿está usted con ZP, o con los sindicatos? Haga huelga, y alinéese con los sindicatos más inmovilistas, acomodados, elitistas y conservadores de toda la historia de la democracia. Y encima, como tarifa por unirse la fiesta, quédese sin un día de sueldo. O vaya usted al tajo, y colabore con que el Gobierno se crea que de verdad su vergonzosa reforma laboral es la cuadratura del círculo, y el Presidente el Sursum Corda de la economía. Lo dicho, menuda papeleta.

Las causas de la indecisión ciudadana son perfectamente entendibles. Los sindicatos hace ya tiempo que derrocharon la poca credibilidad que les quedaba dándole un apoyo incondicional al Gobierno, en el que no había mácula de crítica, por dulce que fuera. Tampoco han sabido llevar a su terreno el “diálogo” social, amén de que, es evidente, hace mucho tiempo que los sindicatos están más preocupados de mantener los privilegios de sus “liberados”, que de mejorar los derechos de los verdaderos trabajadores. Con este cuadro, un currante del montón dice que a los sindicatos les pueden dar toneladas de tila y morcillas.

Además, si entre la cúpula de nuestros más laureados sindicalistas, hay, y es público, notorio y confirmado, amigos personales del Presidente del Gobierno, el trabajador enseguida detecta la impostura: los sindicatos tienen las mismas ganas de montar “un huelgón” como los trabajadores de currar hasta los 70. Convocar una huelga con meses de retraso respecto a la aprobación en las Cortes de la reforma laboral, nos dio pistas a todos de que, en el supuesto tira y afloja entre el Gobierno y los sindicatos, las cartas están marcadas… “Juguemos a lo nuestro, pero que nadie pierda”.

Y si los sindicatos no convencen, menos lo hace el Gobierno. Cuando habla Zapatero, poco falta para que suba el pan. Su credibilidad es poco menos que caricaturesca. La frase de Esperanza Aguirre es desafortunada, ningún dirigente político debería expresarse en esos términos. Y no seré yo el que esparza mis simpatías ni por ella ni por su partido. Pero creo que, en el fondo de la cuestión, tenía razón. Ni el PSOE ni ZP nos van a sacar de ésta. Tampoco el PP, dicho sea de paso.

Aunque en Moncloa aún consultan esos manuales de marketing político, en el que sus brillantes hacedores (sí, ya saben, esos que se dedican a vender naderías…) aconsejan, ante una efeméride crucial para cualquier Ejecutivo, guardarse algún anuncio llamativo para el último momento. Un “golpe de efecto”, le llaman. Una suerte de “October surprise” (la sorpresa de Octubre), en nomenclatura norteamericana. En este caso, el gobierno deja para el último Consejo de Ministros antes de la huelga la aprobación y el anuncio de dos “sorpresas” (anunciadas hace meses, por otra parte): que los más ricos van a pagar más (pero sólo un poquitín más), y que las pensiones mínimas subirán un 1% (pero otros 6 millones seguirán congeladas). Ambos “golpes de efecto” habrán conseguido convencer a los más ilusos de que el Gobierno sigue teniendo algún rastro de socialismo, y de que no se merece “un huelgón”.

En mi opinión, los indecisos, que son muchos, irán a trabajar. Porque al final, en un contexto de crisis metastatizada, mantener el sueldo íntegro y el miedo a las represalias empresariales son los argumentos más trascendentales, disquisiciones ideológicas aparte. Así que vaticino que la huelga será un fracaso estrepitoso.

Y aunque milagrosamente no lo sea, ¿alguien se cree que el Gobierno tocará una sola coma de su reforma laboral?

miércoles, julio 21, 2010

CINE, PERIODISMO Y MCGUFFINS

Llevo un par de semanas disfrutando de un cinefórum particular. He seleccionado una docena de películas en las que un periodista, o el periodismo en sí mismo, es el protagonista principal de la cinta. Algunas ya las había disfrutado. Otras han sido un agradable descubrimiento. En verdad, esta es una de esas actividades que uno organiza sin pensar demasiado, y que están más bien dictadas por extraños pálpitos viscerales. Y suele suceder que la temeridad de lo impulsivo acaba conduciéndonos a conclusiones desagradables. Y en este caso, así ha ocurrido. La verdad se me ha desvelado incontestable: ya sólo queda buen periodismo en el cine.

El periodismo es un oficio decadente. Su esencia misma se ha desnaturalizado, porque está renunciando a su labor primigenia y cardinal: informar. Hoy, la obsesión de la mayor parte de los medios se centra en el entretenimiento. Se ha malinterpretado torticeramente esa tríada de labores que, según se d
ice, debe observarse para que el periodismo merezca tal nombre: informar, formar y entretener. Actualmente, la preponderancia de esto último fagocita a lo primero, y que ni decir tiene que también a lo segundo, que ya sólo mencionan, por inercia y sin convencimiento, los más tiernos educandos universitarios. Es algo que les corean sus propios profesores, pero que muchos ni tan siquiera comparten. Ya desde las propias aulas se fomenta (y se premia), tanto en forma como en fondo, lo espectacular y lo ameno en detrimento de lo formal y lo reflexivo. Hay demasiado prosélito de que el periodismo debe huir del modelo público de hace apenas 20 años. La nueva escuela periodística asume que lo nuevo del oficio pasa por generalizar lo distendido y los contenidos relajados, intelectualmente sencillos, cuando, en realidad, lo verdaderamente innovador a día de hoy sería apostar por todo lo contrario. Porque, sencillamente, de eso ya no queda prácticamente nada en el panorama mediático. Paradójicamente, la renovación del periodismo pasa por recuperar sus más añejas esencias. Ese es el revulsivo. Y es una oferta para la que hay una demanda latente.

Hablábamos del cine de película. Ese en el que los periodistas saben distinguir la verdadera noticia de la mera anécdota. Ese en el que sus personajes aún tienen suficiente arrojo para discutirles a sus jefes lo que es o no es noticia. Ese en el que, en definitiva, el periodista ejerce su oficio sin complejos. Y no hay orgullo en ello. El personaje sólo hace su trabajo, normalmente sin muchas más aspiraciones. El periodista aún sabe hacia donde camina, y no ha perdid
o de vista para quién y para qué trabaja.

En este caso, contraviniendo a lo comúnmente aceptado, el periodismo de película, la ficción, supera a la realidad. El periodismo de verdad, el que se practica fuera del glamour de la pantalla, supura complejos, miedos y mucha resignación. Carece del más mínimo vestigio de valentía. Lo asfixia un yugo de intereses económicos y políticos, que evita que el periodista pueda cumplir con eso que Horacio Verbitsky dejó por escrito:

Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa, de la neutralidad los suizos, del justo medio los filósofos y de la justicia los jueces. Y si no se encargan, ¿qué culpa tiene el periodismo?”

Por eso, cuando veo Todos los hombres del Presidente, no puedo más que resignarme. Hoy, ¿quién destaparía un Watergate? O me pregunto, ¿qui
én actuaría como el bueno de Lowell Bergman, en El dilema? O quién se ve capaz de jugarse un mano a mano con un jeque político, tal y como lo hacía Ed Murrow en Buenas noches y buena suerte? Y lo que se antoja más descorazonador es que todos estos son casos de la vida real llevados a la pantalla. Casos periodísticos antiguos, que funcionan en el cine como si fuesen las piezas de un museo: se conservan como únicos.

Me embarga más que el escepticismo cuando trato de imaginarme a un periodista en ejercicio moviéndose bajo La sombra del poder, dispuesto a denunciar
sus abusos y perversiones. No sólo por el yugo anteriormente aludido, sino porque en la profesión abunda la autocensura. Constato, cada día, que ya no son necesarios los teléfonos rojos para que en una redacción se cambie un titular, se rebaje una crítica, o se eche un poco de azúcar en una crónica. Hoy el periodista ya sabe, per se, lo que puede y no puede decir. O cómo debe o no debe decirlo. Tan bien han hecho las estructuras del poder su trabajo censor durante décadas que ya somos los propios periodistas quienes les hacemos la labor, consciente o inconscientemente. Y este es un cáncer que se extiende, que deja al oficio en estado terminal.

El periodismo ya no es incómodo para nadie. Y, si lo es, es porque el propio medio de comunicación es altavoz del interés de un tercero, normalmente teñido con algún color político. Cuando no hay, directamente, algún objetivo económico por parte del grupo empresarial que sostiene al medio. En cualquiera de los casos, cuando se extingue el coyuntural interés de unos o de otros, el periodismo ya no tiene nada que decir, y vuelve a su actual labor preponderante: el infotaintment. Y desde los medios públicos, la exagerada, impostada e histérica pretensión de alcanzar la equidistancia política está provocando un efecto secundario completamente destructivo: la pérdida de la independencia periodística.

En términos cinéfilos, los periodistas actuales perdemos el tiempo prestando atención al Mcguffin, en un ejercicio de autoengaño masivo que, a los únicos que está beneficiando, es a aquellos cuyo eterno mutismo nunca puede significar nada bueno.

viernes, julio 02, 2010

RUINAS

La cicatriz de esta ciudad sobrecoge.

Improviso estas líneas casi al mismo tiempo que resuenan en el aire las campanas de la vieja y maltrecha torre de la
antigua catedral, lo único que sigue en pie. Escucho el repique, y entonces entiendo que aquello es un acto de pequeña dignidad, un humilde desquite que vale para decirle al tiempo: sigo aquí, que no se te olvide.

Durante un rato, me he paseado por el lugar muy atento, sigilosamente, con tiento. Tengo un incomprensible miedo a romper algo. Y hay un
silencio especial, no uno cualquiera. Es de esos que te permiten tomar el pulso a un lugar. El típico silencio que, si se rompe, es justo porque el sonido invasor tiene algo que decir. Aparece, precisamente, para que lo oigas. Aquí, de cuando en vez, silba el viento que se cuela entre algunos recovecos. Es la eterna quejumbre de las piedras ruinosas. Aquí las paredes lloran.

Más sonidos. Éste, completamente
extravagante. Justo por encima de mi cabeza están pasando aviones comerciales. Y lo hacen con cierta frecuencia, y a no muchos centenares de metros. Con prismáticos sabría decir de qué compañía son.

No sé si la cosa me resulta totalmente obscena, en el estricto término de la palabra, “fuera de escena”, o, releyendo lo que acabo de escribir hace un momento, puede que, al fin y al cabo, aquí nada sea azaroso y todo porte
significados. Porque, que justo aquí, justo aquí, siga zumbando el ruido de los aviones al pasar me parece un extraordinario sarcasmo de la madre Historia.

No sé qué más decir. Salvo que me alegro de que hoy
no suelten bombas.



Unas notas en mi Moleskine.
Coventry, Inglaterra,
24 de Mayo de 2010.

jueves, junio 17, 2010

BENEFICIOS DEL BANCO SANTANDER: 18.000 MILLONES. RECORTE DEL GOBIERNO: 15.000 MILLONES

El otro día se nos “cayó” del Telediario la siguiente información: el Banco Santander anuncia que este año volverá a tener unos beneficios de 8.900 millones de euros, un botín muy similar al del año pasado. Y eso, con crisis y todo. En total, echando cuentas, hablamos aproximadamente de unos 18.000 millones de euros en sus dos últimos ejercicios. Y recalco: son beneficios, no meros ingresos.

Pero la noticia ha pasado
de puntillas por los medios de comunicación. No sé si ha sido por un ataque de vergüenza ajena por parte de los editores, en cualquier caso trivial e innecesario, o porque los periodistas no hemos sabido contextualizar el dato. A veces, determinadas cantidades resultan difícilmente mensurables para el 99’99% de los mortales. Porque, hablándose de los beneficios de un banco, uno ya no sabe si eso es “mucho o poco”. Pero para eso están las comparaciones más mundanas, pedagógicas, mucho más comprensibles. Así, para saber que los beneficios del Santander son escandalosamente onerosos (no pierdan de vista la cuenta: 18.000 millones en dos años), baste repasar la cifra del “imprescindible ajuste” que se ha ingeniado nuestro Gobierno para reducir el déficit público: 15.000 millones antes de que termine el 2011.

Es decir, los beneficios del Banco Santander (sólo del Santander…)
superan con creces a los tijeretazos que el Gobierno le ha dado a la partida del gasto social. Ya sólo los beneficios del banco en este último ejercicio (los anunciados 8.900 millones) superan, y mucho, a los 5.000 millones que “debe” ahorrar el estado antes de que termine este 2010.

Atención: la
congelación de las pensiones se cifra, dice el Gobierno, en 1.500 millones. Es decir, Don Emilio podría pagar de su bolsillo la subida de las pensiones, y aún le sobraría una fortuna.

Les invito a que rebusquen informaciones sobre la cuenta de resultados de los grandes bancos desde el año 2008, año oficial del inicio “la crisis”. Y miren, concretamente, los de los bancos españoles. Y luego, entenderán lo terriblemente obsceno que resulta comprobar que mientras el sector público se ve “obligado” a recortar las pensiones y los salarios, echando cuentas “dolorosas”, los bancos tienen una agenda completamente distinta, y dibujan desde sus oficinas escenarios futuros rebosantes de opulencia, lucro y poder desmesurado. Y nadie dice nada. ¿Tendrá algo que ver lo bien que se lleva nuestro Presidente con Don Emilio?

Resulta aberrante, inmoral, que medio mundo baile al compás marcado por los planes de los banqueros y las “instituciones” que los representan. El FMI, el BM, el BCE, la Fed… O las agencias de calificación, como Moody’s, Ficht o S&P, son instrumentos
al servicio de los bancos. Exclusivamente. Juegan con sus reglas, y casi todos sus directivos provienen del sector financiero, en el que antes se han hecho multimillonarios. Y al que luego regresan para seguir ganando más y más.

Ese
contubernio de siglas es el que dicta las normas, sentencia a países, o impone recortes aquí o allá. Todo porque así lo exigen Los Mercados. Ese mastodóntico eufemismo en el que, anónimamente, se esconden quienes, con nombre y apellidos, controlan la riqueza y la influencia mundiales. Esos sacrosantos Mercados no son más que unos cuantos centenares de empresas, multimillonarias, que llevan décadas amasando fortunas inexorablemente, con crisis o sin ellas. Miren quiénes son los protagonistas del IBEX-35, del CAC 40, del DAX, del NASDAQ… Los protagonistas de Los Mercados son quienes ahí operan. Sus dueños, no precisamente filantrópicos mecenas, son Los Mercados. No se equivoquen: ni ustedes ni yo estamos en ese “juego”. Las medidas que se anuncian por el bien de Los Mercados no le incluyen a usted. Aunque supongo que ya se habrá dado cuenta.

Recientemente pude ver el retrato que
Oliver Stone hizo de Wall Street (1987), y en el que un solvente Michael Douglas interpreta a Gordon Gekko, un especulador sin escrúpulos, uno de aquellos “tiburones” financieros que por entonces, y exactamente igual que ahora, participaban del auténtico Monopoly mundial de los años 80. De hecho, él dice, con razón, que todo es un “juego”. “Yo no creo nada, sólo poseo”, espeta en un extraordinario diálogo, en el que anticipa lo que, ahora, en 2010, es nuestra inenarrable condena: “No serás tan tonto como para creer que esto es una democracia, ¿verdad? ¿Estás loco? Esto es el mercado libre”.

Y así, estos días muchos se echan las manos a la cabeza cuando se percatan de que el gobierno ya no es del pueblo, sino de
Los Mercados. Que la soberanía económica no pertenece a un estado, sino a un oligopolio internacional sediento de fortunas. Y lo peor, es que hemos hecho las reglas del “juego” tan a su medida que ahora parece que son inmutables.

Ya hace años que se debate sobre la necesidad de que la democracia y la política le recuperen el terreno a la economía. Si el gobierno mundial continúa regido por la regla del beneficio y la codicia particulares, es bien sabido que
las crisis se sucederán cada vez con más frecuencia y mordacidad. Conviene que empecemos a ponerle puertas al campo, aunque a algunos les parezca imposible. La tasa Tobin o un impuesto a los beneficios de los bancos serían un buen comienzo. Pero auguro que los políticos no querrán quedar mal con sus amigos.