Menos de un mes para la “fiesta de la democracia”, como dicen los cursis. Aunque más que una fiesta, puede convertirse en todo un “rosario de la aurora” para el perdedor, teniendo en cuenta que los principales contendientes llegan a la cita muy igualados y creyendo firmemente en la victoria. La desazón del derrotado no encontraría ni consuelos ni condolencias suficientemente reparadoras.
Tras el escrutinio y demás parafernalias, tres pueden ser los escenarios postelectorales que pueden darse. Podría ganar el PSOE y repetir Zapatero en la Moncloa. Ganar Rajoy, y comenzar así una etapa nueva llena de incertidumbre. O, como tercera opción, se contempla la “derrota” de ambas fuerzas políticas. Y esto último no es ninguna falacia. Es más, resulta, en opinión de Ex Profeso, y antes de comenzar la verdadera campaña electoral, siempre de efectos insondables, el resultado más probable. Pero vayamos por partes.
Las encuestas tienen poco valor. Simplemente porque las matemáticas, o el método científico que dicen seguir, nunca han sido verdaderamente válidos para estudiar los fenómenos sociales. Los comportamientos humanos no son mensurables, pónganse como se pongan los frikis del método. Ahora bien, sí son, aun limitadamente, un termómetro más para intuir las tendencias de los potenciales votantes. Y todas las encuestas dicen varias cosas. En primer lugar, que el PSOE sigue por delante, y es probable que sea el ganador de la elecciones en número de votos. Y por otra parte, que los ciudadanos creen que el ganador será, de facto (independientemente del voto emitido), el actual Presidente.
Pero los números dicen más. Y la historia de nuestra imberbe democracia también. La izquierda gobierna con altas participaciones, de lo contrario, la derecha se beneficia y puede incluso llegar a la Moncloa. De ahí que se comprenda la insistente alusión de los líderes del PSOE en llamar, en cada una de sus intervenciones públicas, a todos los ciudadanos a las urnas. Cuantos más mejor. Saben los socialistas que este país es mayoritariamente de centro-izquierda, si no por convicción, sí por intuición. Por tanto, aflora una de las cuestiones capitales: ¿se espera, en esta ocasión, una alta participación? Supongamos que con una campaña tan “emocionante” e igualada, la participación saldría beneficiada. Quién sabe si los españoles se inspiren en los norteamericanos, que acuden en masa a votar al observar, atónitos, las primarias más igualadas de las últimas décadas. Además, el voto femenino cuenta más que nunca. Después de una legislatura con tantos guiños a la causa feminista, las mujeres pueden ser una mina de votos muy rentable. Pero por otra parte, aunque esto no aparezca claramente en los sondeos, existe un importante porcentaje de votantes de izquierda en 2004 que se muestran decepcionados con la gestión de ZP. Probablemente, no vayan a votar. Este es el miedo de los socialistas, la desmovilización de su electorado potencial. En el año 2000, se registró la participación más baja desde 1979. El PP consiguió la mayoría absoluta con el 68,71% de participación ciudadana. Sin embargo, cuando la izquierda acude a votar, el PSOE es capaz de dar la vuelta a los resultados de las predicciones. Los ejemplos más claros se registraron en 1993 (76,44%) y 2004 (75,66%), donde el PP era el virtual vencedor de los comicios.
Evidentemente, hay otros factores que afectarán decisivamente al porcentaje de partici
pación final: la economía y la celebración (o no) de debates televisivos. Así, pues hay ciertos imponderables que nos impiden hacer una predicción solvente sobre el nivel de participación del 9 de marzo. Incluso la demagogia de la derecha, que habla de inmigración y economía con una tergiversación abominable y pone sobre la mesa propuestas que dejarían al propio Le Pen como un mero aprendiz, puede cambiar el voto de muchos. La cuestión será ver en qué sentido: si para castigar la extralimitación de la derecha, o para apoyar, acríticamente y por miedo, sus propuestas (algunas xenófobas). O incluso dicha actitud puede dejar a la gente en sus casas. También la intromisión del la Iglesia en la arena política y la participación a la baja en otras consultas electorales previas de carácter no general jugarán su papel. En cualquier caso, parece claro que el nivel de participación será fundamental para consolidar alguno de los dos primeros escenarios que establecimos anteriormente: victoria del PSOE o del PP con cierto margen para gobernar en solitario.
Pero la tercera opción es incluso más interesante, y pondría a nuestra democracia ante una prueba contundente para comprobar su solidez: la “derrota” de ambos partidos mayoritarios, el temido “empate técnico”, justo la situación en la que parece que nos encontramos ahora mismo, y que a ninguno le permitiría gobernar. Ni siquiera con aliados. Teniendo en cuenta lo igualado de la contienda preelectoral, siempre según los sondeos, y que la participación, por término medio, no superará el 71-72% (una media a la baja de las nueve convocatorias electorales anteriores), Ex Profeso no cree que el PSOE aumente su número de escaños, viendo más factible incluso un avance moderado del PP. Pero, ni el retroceso de uno ni las ganancias del otro serán suficientes para el provocar el vuelco electoral. El PSOE se verá afectado por el escepticismo del parte de sus votantes del 2004 y algunos españoles caerán en las demagógicas redes del discurso del PP. Así pues, podrían consolidarse resultados como los que siguen a continuación, considerando que el trasvase de votos se producirá entre los dos grandes partidos y que las formaciones más pequeñas mantendrán sus resultados inamovibles, a tenor de lo bipartidista que ha sido el debate político durante estos cuatro años:

Desde luego, estos resultados dejarían a España en una evidente situación de ingobernabilidad. El PSOE ha perdido aliados, por lo que resulta imposible un gobierno mínimamente estable. Y aunque los recuperara, una minoría tan ínfima respecto a la oposición popular traería muchas derrotas para el Gobierno a lo largo de la nueva legislatura, sabiendo que con cualquier mínimo apoyo el PP ya tendría más votos que los socialistas. Por su parte, el PP ni siquiera cuenta con aliados a día de hoy. Su visión de los nacionalismos periféricos hace imposible cualquier pacto. Al menos sobre el papel, y si los partidos catalán, vasco y gallego cumplen con lo dicho hasta ahora. En suma, los gobiernos en minoría serían inviables.
¿Y el “gran pacto de estado”? También. No sólo porque dos partidos con posturas tan terriblemente antagónicas en la mayoría de las materias no puedan pactar, por mera incompatibilidad. Sino porque, además, sería inaceptable. Una gran coalición de gobierno después de estos cuatro años resultaría la más clara evidencia de que la política ya no existe, y en su lugar sólo queda el mero reparto de poderes e influencias, independientemente de programas, convicciones y valores. Cuatro años de bronca tabernaria no podrían solucionarse en un par de negociaciones, apretón de manos y sonrisilla forzada. Y ale, a mandar. No soñemos, esto no es Alemania. Sobre todo porque la UCD no es el PP, ni Rajoy es Merkel, por mucho que se quiera fotografiar con ella (dos veces en pocos días). ¿Qué quedaría entonces? Pues semanas de bloqueo hasta consumir el tiempo legal que se establece para formar Gobierno. Y probablemente hubiera que repetir elecciones, implorando a la Providencia para que, en la “segunda vuelta”, las cosas quedaran más claras.
En definitiva, los resultados que arrojará el escrutinio de las próximas elecciones provocarán dolores de cabeza en los jerarcas de la política. Las nuestras son meras predicciones, acientíficas y gratuitas. La propia ley electoral, con su peculiar reparto de votos-escaños, puede hacer que el escenario postelectoral que aquí se ha planteado no resulte, finalmente, tan igualado. Pero hemos de contemplar esta posibilidad. Y de llegar, comprobaremos si nuestra democracia, de verdad, da la talla.
[NUEVA CUESTIÓN PARA LA PARTICIPACIÓN DE LOS LECTORES, EN "EX PROFESO PREGUNTA"]