viernes, enero 21, 2011

SOBRE ‘WIKILEAKS’, O DE CUANDO NOS OLVIDAMOS DE HACER PERIODISMO

Al Comandante en Jefe de las fuerzas aliadas para la invasión de Europa en la Segunda Guerra Mundial, el general norteamericano Dwight Eisenhower, le preguntaron qué importancia le otorgaba al papel jugado por la resistencia civil francesa durante la batalla de Normandía. Y respondió: “Mejor de lo esperado, peor de lo anunciado”.

Su lacónica y extraordinariamente diplomática sentencia no ha pasado a la historia con especial lustre, es verdad. Y desde luego, algunos años después, bien tuvo que recurrir a mejores proezas dialécticas para conseguir alcanzar la presidencia de su país. Sin embargo, más de 60 años después, aquella deslucida respuesta se aviene perfectamente para expresar lo que supone la simultánea sensación de complacencia y decepción cuando, ya con las pulsaciones mediáticas más pausadas, hacemos balance de la que se ha denominado “la filtración más importante de la historia”. O el “cablegate”. O “la revolución periodística del siglo XXI”.

Calmada la vorágine, y aparentemente la difusión informativa de nuevos detalles, llega el momento, en frío, de relativizar tales hipérboles. Periodísticamente hablando, pocas son las novedades que nos han brindado los diarios agraciados con la posibilidad de exprimirle los jugos a esos 250.000 documentos del cuerpo diplomático de EE.UU. Aunque quienes sostienen públicamente tal postura suelen sufrir todo tipo de afrentas. Al menos, eso se ve y se escucha en no pocas tertulias. Y sin embargo, una razón incontestable les asiste: en su mayor parte, ni las novedades publicadas son tal cosa, ni las presuntas primicias responden a hechos inéditos. Y quien perciba lo contrario, probablemente adolezca de desmemoria o desinformación. Algo que, en cualquier caso, curan las hemerotecas.

El diario El País no se contuvo en su artificioso ejercicio de convencer a los lectores de que, allá donde posaran la vista, encontrarían aquellas claves nunca expuestas para entender el mundo que les rodea. La cúpula directiva del periódico no cejó en su empeño de publicitar el material aludiendo a las “mentiras”, “falsedades” y “doble moral” de los gobiernos del mundo, en especial de los más poderosos. Y aún habiendo una pequeña parte de razón en tal planteamiento si nos atenemos a casos muy concretos, alguno ciertamente jugoso (y en el que España está directamente implicada), en general esa premisa se antoja artificial. Sobre todo, porque no se insistió lo suficiente en un aspecto capital: que los cables, y por ende la “información” desvelada, no es más que el único y exclusivo punto de vista que la diplomacia estadounidense tiene de cada asunto, y no una verdad incontestable, axiomática. Y en no pocas ocasiones los titulares de las informaciones de El País obviaban tal consideración, induciendo probablemente al error. Es misión del diario hacerle entender al lector que los cables diplomáticos son opiniones, informaciones subjetivas no contrastadas. Así pues, se admiten numerosos matices a todo lo expuesto en ellos. En definitiva, los materiales publicados nos ayudan a entender qué piensa EE.UU del mundo, pero nada más. En esos justos y estrictos términos debemos comprender lo divulgado. Y no siempre se observaron estas salvedades.

Y nadie negará que poder contar, con comillas, lo que EE.UU cree o considera sobre personas, instituciones o avatares varios, resulta periodísticamente significativo si contemplamos las matizaciones anteriores. Pero, aún así, había más ruido que nueces en el “cablegate”. Y patente quedó cuando fue el propio diario el que, en un alarde sensacionalista un tanto irritante, optó, el primer día, por airear los más morbosos detalles de la vida privada de algunos de los más controvertidos actores políticos internacionales: Berlusconi, Putin, Sakozy, Gadhafi … Quizá convenga no olvidar que el diario El País apostó por estrenar sus “primicias” especulando acerca de la exuberante enfermera del líder libio, del carácter autoritario de líder francés, de las juergas privadas del Il Cavaliere o, incluso, sobre los presuntos problemas mentales de la presidenta de Argentina. Cuando un medio de comunicación, hipotéticamente perteneciente al ala seria de nuestra prensa, recurre a tales chismorreos y bajos instintos como aperitivo del “cablegate”, quizá fue porque, en esos 250.000 documentos, no había más que media docena de informaciones relevantes y verdaderamente desconocidas. Y si no es así, debemos acusar a El País de urdir un ejercicio de amarillismo nada justificable.

De la filtración rescatamos algunos asuntos interesantes: el espionaje de EE.UU en la ONU, o el doble discurso del gobierno y la justicia españoles sobre el “caso Couso” o el conflicto del Sáhara Occidental. Pero apenas son pequeños islotes en el océano de publicaciones, la mayoría insípidas. Se pretendió barnizar cada artículo con una pátina de “virginidad periodística” que justificara como noticia lo que, hablando estrictamente, no lo era. De tal forma se nos relataron episodios acerca de la nuclearización de Irán, la corrupción africana, el terrorismo internacional o de la incipiente democracia sudamericana. Y en ningún caso se aportó dato alguno que no fuera ya previamente conocido, o intuido, por cualquier espectador interesado por la realidad internacional. Incluso muchos detalles ya se habían leído en crónicas anteriores del propio diario, años atrás. Por tanto, a nadie solventemente informado debiera sorprenderle la postura oficial que tiene EE.UU sobre la mayoría de los asuntos de los que se informó. Y si el verdadero interés de la información radica en la mayor o menor crudeza con la que los diplomáticos se refieren a cada asunto (no olvidemos que los cables no dejan de ser informes privados), entonces, como ya señalamos, la utilidad de la información es sólo limitada. O si se prefiere: la esencia de los cables difundidos no descansa en qué cuentan, sino en cómo lo cuentan.

Lo cual desemboca en conclusiones incómodas para los que con tanto ahínco y fervor defienden la trascendencia de las filtraciones periodísticas de Wikileaks. Por varias razones. La primera, que debemos asumir que el periodismo sigue derivando hacia lo que no es, donde prima la forma respecto al fondo, la fuente sobre el dato, el artificio frente al hecho, y donde la noticia arranca en quién o cómo lo dice, y no en qué o por qué lo dice. Y en segundo lugar, los que consideran este tipo de filtraciones auténticas “revoluciones periodísticas” olvidan las esencias genuinas de este decadente oficio. El periodista vive de lo que investiga por sí mismo (y no tanto de lo que ¿interesadamente? le filtran), de su capacidad para interrelacionar hechos, para contextualizarlos y asearlos literariamente para hacer el mundo un poco más inteligible. Y sobre todo conviene no olvidar, por si acaso, que no pocas genialidades periodísticas han germinado en base a lo que, según nos dicen, ya ha pasado de moda: los datos que son públicos. Esos que están todos los días al alcance de cualquiera, pero en los que sólo el buen periodista se detiene. Aunque, claro, para ese tipo de periodismo, menos glamouroso y espectacular, hace falta algo que ya se nos antoja extraordinario: saber mirar.

Eso es periodismo, y de mérito. Wikileaks es sólo márketing.