Conozco a decenas de personas (y supongo que ustedes se encuentran en la misma tesitura) que, a estas alturas, todavía no saben qué hacer el próximo miércoles ante la convocatoria de la huelga general. Yo ya tenía una decisión tomada (no desde hace mucho, he de decir), pero por si me quedaba algún resquicio de duda, de indecisión, éste se ha extinguido por completo al recibir la dichosa notificación: seré un “servicio mínimo”. Así que ya, quiera o no, tengo que ir a trabajar.A mí me han solucionado la papeleta, pero no a ese montón de amistades a las que aludía, que deben, libremente, tomar una decisión. Mojarse, tomar postura. Hacer pública su sensibilidad ideológica. Y, créanme, en nuestros días, tal cosa resulta cada vez más incompresiblemente embarazosa.
En primer lugar, porque al trabajador se le exige pronunciarse por dos opciones a cada cuál menos estimulante. Le dicen al currante: “escoja entre Guatemala o Guatepeor”, ¿está usted con ZP, o con los sindicatos? Haga huelga, y alinéese con los sindicatos más inmovilistas, acomodados, elitistas y conservadores de toda la historia de la democracia. Y encima, como tarifa por unirse la fiesta, quédese sin un día de sueldo. O vaya usted al tajo, y colabore con que el Gobierno se crea que de verdad su vergonzosa reforma laboral es la cuadratura del círculo, y el Presidente el Sursum Corda de la economía. Lo dicho, menuda papeleta.
Las causas de la indecisión ciudadana son perfectamente entendibles. Los sindicatos hace ya tiempo que derrocharon la poca credibilidad que les quedaba dándole un apoyo incondicional al Gobierno, en el que no había mácula de crítica, por dulce que fuera. Tampoco han sabido llevar a su terreno el “diálogo” social, amén de que, es evidente, hace mucho tiempo que los sindicatos están más preocupados de mantener los privilegios de sus “liberados”, que de mejorar los derechos de los verdaderos trabajadores. Con este cuadro, un currante del montón dice que a los sindicatos les pueden dar toneladas de tila y morcillas.
Además, si entre la cúpula de nuestros más laureados sindicalistas, hay, y es público, notorio y confirmado, amigos personales del Presidente del Gobierno, el trabajador enseguida detecta la impostura: los sindicatos tienen las mismas ganas de montar “un huelgón” como los trabajadores de currar hasta los 70. Convocar una huelga con meses de retraso respecto a la aprobación en las Cortes de la reforma laboral, nos dio pistas a todos de que, en el supuesto tira y afloja entre el Gobierno y los sindicatos, las cartas están marcadas… “Juguemos a lo nuestro, pero que nadie pierda”.
Y si los sindicatos no convencen, menos lo hace el Gobierno. Cuando habla Zapatero, poco falta para que suba el pan. Su credibilidad es poco menos que caricaturesca. La frase de Esperanza Aguirre es desafortunada, ningún dirigente político debería expresarse en esos términos. Y no seré yo el que esparza mis simpatías ni por ella ni por su partido. Pero creo que, en el fondo de la cuestión, tenía razón. Ni el PSOE ni ZP nos van a sacar de ésta. Tampoco el PP, dicho sea de paso.
Aunque en Moncloa aún consultan esos manuales de marketing político, en el que sus brillantes hacedores (sí, ya saben, esos que se dedican a vender naderías…) aconsejan, ante una efeméride crucial para cualquier Ejecutivo, guardarse algún anuncio llamativo para el último momento. Un “golpe de efecto”, le llaman. Una suerte de “October surprise” (la sorpresa de Octubre), en nomenclatura norteamericana. En este caso, el gobierno deja para el último Consejo de Ministros antes de la huelga la aprobación y el anuncio de dos “sorpresas” (anunciadas hace meses, por otra parte): que los más ricos van a pagar más (pero sólo un poquitín más), y que las pensiones mínimas subirán un 1% (pero otros 6 millones seguirán congeladas). Ambos “golpes de efecto” habrán conseguido convencer a los más ilusos de que el Gobierno sigue teniendo algún rastro de socialismo, y de que no se merece “un huelgón”.
En mi opinión, los indecisos, que son muchos, irán a trabajar. Porque al final, en un contexto de crisis metastatizada, mantener el sueldo íntegro y el miedo a las represalias empresariales son los argumentos más trascendentales, disquisiciones ideológicas aparte. Así que vaticino que la huelga será un fracaso estrepitoso.
Y aunque milagrosamente no lo sea, ¿alguien se cree que el Gobierno tocará una sola coma de su reforma laboral?









0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada