Llevo un par de semanas disfrutando de un cinefórum particular. He seleccionado una docena de películas en las que un periodista, o el periodismo en sí mismo, es el protagonista principal de la cinta. Algunas ya las había disfrutado. Otras han sido un agradable descubrimiento. En verdad, esta es una de esas actividades que uno organiza sin pensar demasiado, y que están más bien dictadas por extraños pálpitos viscerales. Y suele suceder que la temeridad de lo impulsivo acaba conduciéndonos a conclusiones desagradables. Y en este caso, así ha ocurrido. La verdad se me ha desvelado incontestable: ya sólo queda buen periodismo en el cine.El periodismo es un oficio decadente. Su esencia misma se ha desnaturalizado, porque está renunciando a su labor primigenia y cardinal: informar. Hoy, la obsesión de la mayor parte de los medios se centra en el entretenimiento. Se ha malinterpretado torticeramente esa tríada de labores que, según se dice, debe observarse para que el periodismo merezca tal nombre: informar, formar y entretener. Actualmente, la preponderancia de esto último fagocita a lo primero, y que ni decir tiene que también a lo segundo, que ya sólo mencionan, por inercia y sin convencimiento, los más tiernos educandos universitarios. Es algo que les corean sus propios profesores, pero que muchos ni tan siquiera comparten. Ya desde las propias aulas se fomenta (y se premia), tanto en forma como en fondo, lo espectacular y lo ameno en detrimento de lo formal y lo reflexivo. Hay demasiado prosélito de que el periodismo debe huir del modelo público de hace apenas 20 años. La nueva escuela periodística asume que lo nuevo del oficio pasa por generalizar lo distendido y los contenidos relajados, intelectualmente sencillos, cuando, en realidad, lo verdaderamente innovador a día de hoy sería apostar por todo lo contrario. Porque, sencillamente, de eso ya no queda prácticamente nada en el panorama mediático. Paradójicamente, la renovación del periodismo pasa por recuperar sus más añejas esencias. Ese es el revulsivo. Y es una oferta para la que hay una demanda latente.
Hablábamos del cine de película. Ese en el que los periodistas saben distinguir la verdadera noticia de la mera anécdota. Ese en el que sus personajes aún tienen suficiente arrojo para discutirles a sus jefes lo que es o no es noticia. Ese en el que, en definitiva, el periodista ejerce su oficio sin complejos. Y no hay orgullo en ello. El personaje sólo hace su trabajo, normalmente sin muchas más aspiraciones. El periodista aún sabe hacia donde camina, y no ha perdido de vista para quién y para qué trabaja.
En este caso, contraviniendo a lo comúnmente aceptado, el periodismo de película, la ficción, supera a la realidad. El periodismo de verdad, el que se practica fuera del glamour de la pantalla, supura complejos, miedos y mucha resignación. Carece del más mínimo vestigio de valentía. Lo asfixia un yugo de intereses económicos y políticos, que evita que el periodista pueda cumplir con eso que Horacio Verbitsky dejó por escrito:
“Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa, de la neutralidad los suizos, del justo medio los filósofos y de la justicia los jueces. Y si no se encargan, ¿qué culpa tiene el periodismo?”
Por eso, cuando veo Todos los hombres del Presidente, no puedo más que resignarme. Hoy, ¿quién destaparía un Watergate? O me pregunto, ¿quién actuaría como el bueno de Lowell Bergman, en El dilema? O quién se ve capaz de jugarse un mano a mano con un jeque político, tal y como lo hacía Ed Murrow en Buenas noches y buena suerte? Y lo que se antoja más descorazonador es que todos estos son casos de la vida real llevados a la pantalla. Casos periodísticos antiguos, que funcionan en el cine como si fuesen las piezas de un museo: se conservan como únicos.
Me embarga más que el escepticismo cuando trato de imaginarme a un periodista en ejercicio moviéndose bajo La sombra del poder, dispuesto a denunciar
sus abusos y perversiones. No sólo por el yugo anteriormente aludido, sino porque en la profesión abunda la autocensura. Constato, cada día, que ya no son necesarios los teléfonos rojos para que en una redacción se cambie un titular, se rebaje una crítica, o se eche un poco de azúcar en una crónica. Hoy el periodista ya sabe, per se, lo que puede y no puede decir. O cómo debe o no debe decirlo. Tan bien han hecho las estructuras del poder su trabajo censor durante décadas que ya somos los propios periodistas quienes les hacemos la labor, consciente o inconscientemente. Y este es un cáncer que se extiende, que deja al oficio en estado terminal.El periodismo ya no es incómodo para nadie. Y, si lo es, es porque el propio medio de comunicación es altavoz del interés de un tercero, normalmente teñido con algún color político. Cuando no hay, directamente, algún objetivo económico por parte del grupo empresarial que sostiene al medio. En cualquiera de los casos, cuando se extingue el coyuntural interés de unos o de otros, el periodismo ya no tiene nada que decir, y vuelve a su actual labor preponderante: el infotaintment. Y desde los medios públicos, la exagerada, impostada e histérica pretensión de alcanzar la equidistancia política está provocando un efecto secundario completamente destructivo: la pérdida de la independencia periodística.
En términos cinéfilos, los periodistas actuales perdemos el tiempo prestando atención al Mcguffin, en un ejercicio de autoengaño masivo que, a los únicos que está beneficiando, es a aquellos cuyo eterno mutismo nunca puede significar nada bueno.









5 comentarios:
Tienes razón Aitor. En todo. Lo que ocurre es que el mundo ha cambiado, para mal, sí. Pero ha cambiado y como ciudadana, periodista y docente que "asume" que el argumentario clásico del periodismo se desvanece, se ha desvanecido ya -al mismo ritmo que el ciudadano ya no lo es-, apunto un sólo camino: el slipstream para el periodismo tradicional. En el mainstream, ya lo hablamos alguna vez, el periodismo de servicio es de los pocos que puede mantener las rutinas "profesionales" clásicas aunque, paradógicamente, a las palabras de Verbistky ahora hay que quitarles el "alguien" y ponerle el "todos" -que aunque no es "unos pocos", es la misma mierda, sí-.
El resto...lo que tú dices, intereses parciales y contra eso, bien lo sabes, no hay tu tía...
En fin.
María G.
Enhorabuena por tu página te deseo suerte en el concurso "Premios 20blogs" :-P puedes pasarte si quieres por nuestro blog y echarle un vistazo http://humordecosecha.blogspot.com/
si te gusta también puedes votarnos xD
Saludos
Buena suerte para el concurso de 20 minutos. Y que éste sirva sobre todo para que todos conozcamos nuevos sitios interesantes.
Un saludo
http://www.desdelaputrida.blogspot.com/
Hablando de periodismo,este oficio se ha convertido en el más peligroso de México y sobre todo de Chihuahua y cuando lo haces de manera crítica y objetiva eres presa de la censura... así es amigos en cirtos estados de México aún hay censura y precisamente por eso cree mi blog.
Te envio un cordial saludo desde Chihuahua, Chih. México.
He estado visitando los blogs que participan en la categoría "Actualidad" de los "Premios 20 blogs". Deseo mucha suerte y muchos votos para tu blog y aprovecho para invitarte a visitar mi blog para que lo conozcas y si es de tu grado me des tu voto. http://lablogoteca.20minutos.es/laecita-blog-mi-derecho-a-la-libre-expresion-18859/
¡Buenas! Hemos visto que este blog también participa en los premios 20 blogs y nos hemos pasado para echarle un vistazo, nosotros también nos presentamos en la categoría de viajes http://lablogoteca.20minutos.es/blog-de-viajesnet-331/0/
Y no hemos querido irnos sin antes dejar un comentario.
Saludos y mucha suerte en el concurso, aunque la cosa está complicada...
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