Hay gestos y detalles cuya obscenidad sobrepasa todos los límites. Y los peores son siempre, evidentemente, los que uno no espera. Porque al fin y al cabo, a veces, la inquina de lo aguardado se cura con simple mentalización. Cuestión de práctica.
Pero no es así, como les digo, con los hechos sobrevenidos, que noquean de semejante manera cuerpo y mente que uno no puede menos que pasar un rato mirando al infinito, con la mente desmayada, como si la respuesta estuviera en la letra pequeña de un cartel minúsculo que raya el horizonte, y que en el que quizá esperamos encontrar alguna explicación a la ignominia observada. Pero casi nunca hay suerte.
Tal cosa me ocurrió el sábado pasado. Salí de un restaurante del centro de Madrid tras degustar un menú del día sin alardes, resultón. No había más alternativa, comprobando que la carta no entendía de crisis ni de déficits. Tras serpentear un rato por las calles de Chueca, finalmente asomo a la Gran Vía, justo por uno de sus extremos, donde “la centenaria” se funde con la calle Alcalá. Por cierto, ésta última cinco veces más antigua, diez veces más larga e infinitamente más relevante que la celebrada Vía, y nadie le ha dedicado fastos equivalentes. Hasta con las calles se cometen injusticias.
Les decía, perdonen la digresión, que mis andares a la Gran Vía me llevaron. Y fue allí cuando, invetiblamente, sufrí mi particular espasmo mental. El gris oscuro del asfalto había dado paso a un hortera y chillón azul eléctrico. Ni rastro de la calzada. Estaba tapada con una alfombra, o moqueta, o lo que fuera. Era como un tapete de póker, o una cubierta de billar, pero imagínenselos en azul, no en verde. Y no hablamos de un tramo. Hablamos de una moqueta de 1.400 metros de largo, por unos, calculo, 25 de ancho, que nacía junto al Círculo de Bellas Artes y moría en la misma Plaza de España.
Una vez recuperado del asombro y tomadas unas fotos, acudo presto a por algunas respuestas. Dialogo brevemente con un agente del orden:
Para “que la gente esté”.
Tras ciertas maledicencias que brotaron de mi boca (sin el guardia presente ya, tranquilos), intenté recuperar la vía del razonamiento. Y concluí que la moqueta no podía estar ahí solamente “para que la gente esté”. Por ello, confieso, una serie de peregrinas ideas rebotaron en mi cabeza durante algunos minutos, mientras caminaba Gran Vía arriba. Quién sabe, quizá el asfalto sea delicado. O que el Sol le sienta mal a la pintura de los pasos de cebra. O quizá quieran proteger vaya a saberse qué. Todo absurdo, cierto. Pero me parecía menos descabellado que la opción de “para que la gente esté”.
Sigo andando calle arriba y encuentro unos folletos editados por el Ayuntamiento. Leo con avidez en busca de una argumentación que me devolviera la fe en la especie a la que pertenezco. Quizá hubiera detrás de todo aquello una brillante razón que se me escapara, algo digno de lucidez. Pero pronto descubro que tapar una calle entera con moqueta es más un acto poético que práctico… Decía el folleto:
Así se justifica que una calle acabe “vestida” con unos 35.000 metros cuadrados de tela. Y bueno, puede que haya otra razón: los centenares y centenares de veces que se podía leer la palabra “Movistar” en los laterales de la moqueta. Publicidad por doquier en tiempos de consumo débil.

Colocar esa moqueta, “para que la gente esté” y para creer que tenemos el cielo bajo nuestros pies, habrá costado, créanme, unos cuantos miles de euros. Y se me antoja irrelevante si los ha pagado el Ayuntamiento, o Movistar, o han ido a medias. La enjundia del asunto no es quién paga la cuenta, sino que, efectivamente, se paga. Y el contexto en el que se hace. Presuntamente, nos encontramos sumidos en la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial. O desde el Crack del 29, opinan otros. Y sin embargo, podemos permitirnos caminar por calles enmoquetadas. Quizá para regalarnos la falsa impresión de que paseamos por palacios, y a manos llenas. Que nadamos en la abundancia, y que para una fiesta patronal, todo es poco. ¿Lo que sea para olvidar la crisis? ¿Tapamos alguna vergüenza bajo las alfombras? ¿O es que, simplemente, la crisis va por barrios?
Quizá el año siguiente saquemos brillo a las alcantarillas.
Pero no es así, como les digo, con los hechos sobrevenidos, que noquean de semejante manera cuerpo y mente que uno no puede menos que pasar un rato mirando al infinito, con la mente desmayada, como si la respuesta estuviera en la letra pequeña de un cartel minúsculo que raya el horizonte, y que en el que quizá esperamos encontrar alguna explicación a la ignominia observada. Pero casi nunca hay suerte.
Tal cosa me ocurrió el sábado pasado. Salí de un restaurante del centro de Madrid tras degustar un menú del día sin alardes, resultón. No había más alternativa, comprobando que la carta no entendía de crisis ni de déficits. Tras serpentear un rato por las calles de Chueca, finalmente asomo a la Gran Vía, justo por uno de sus extremos, donde “la centenaria” se funde con la calle Alcalá. Por cierto, ésta última cinco veces más antigua, diez veces más larga e infinitamente más relevante que la celebrada Vía, y nadie le ha dedicado fastos equivalentes. Hasta con las calles se cometen injusticias.
Les decía, perdonen la digresión, que mis andares a la Gran Vía me llevaron. Y fue allí cuando, invetiblamente, sufrí mi particular espasmo mental. El gris oscuro del asfalto había dado paso a un hortera y chillón azul eléctrico. Ni rastro de la calzada. Estaba tapada con una alfombra, o moqueta, o lo que fuera. Era como un tapete de póker, o una cubierta de billar, pero imagínenselos en azul, no en verde. Y no hablamos de un tramo. Hablamos de una moqueta de 1.400 metros de largo, por unos, calculo, 25 de ancho, que nacía junto al Círculo de Bellas Artes y moría en la misma Plaza de España.
Una vez recuperado del asombro y tomadas unas fotos, acudo presto a por algunas respuestas. Dialogo brevemente con un agente del orden:

- Buenas tardes.
- Buenas tardes, dígame.
- ¿Va a haber algún acto aquí?
- Sí, por San Isidro.
- Ah, claro. ¿Pero es un desfile o…?
- No, no. Habrá conciertos a partir de las seis.
- Ah, es que como veo esto puesto, a lo mejor era por algo especial…
- No, no. Es para que la gente esté.
Para “que la gente esté”.
Tras ciertas maledicencias que brotaron de mi boca (sin el guardia presente ya, tranquilos), intenté recuperar la vía del razonamiento. Y concluí que la moqueta no podía estar ahí solamente “para que la gente esté”. Por ello, confieso, una serie de peregrinas ideas rebotaron en mi cabeza durante algunos minutos, mientras caminaba Gran Vía arriba. Quién sabe, quizá el asfalto sea delicado. O que el Sol le sienta mal a la pintura de los pasos de cebra. O quizá quieran proteger vaya a saberse qué. Todo absurdo, cierto. Pero me parecía menos descabellado que la opción de “para que la gente esté”.
Sigo andando calle arriba y encuentro unos folletos editados por el Ayuntamiento. Leo con avidez en busca de una argumentación que me devolviera la fe en la especie a la que pertenezco. Quizá hubiera detrás de todo aquello una brillante razón que se me escapara, algo digno de lucidez. Pero pronto descubro que tapar una calle entera con moqueta es más un acto poético que práctico… Decía el folleto:
“Se dice de Madrid al cielo, y por una noche será el cielo de Madrid el que baje a la tierra para ponerse a los pies de sus habitantes con una grandiosa alfombra que, de la mano de Movistar y festejando los cien años de la Gran Vía, cubrirá todo su recorrido de punta a punta. Durante cinco horas, miles de ciudadanos la verán con otros ojos y la pisarán con otro espíritu (…)”
Así se justifica que una calle acabe “vestida” con unos 35.000 metros cuadrados de tela. Y bueno, puede que haya otra razón: los centenares y centenares de veces que se podía leer la palabra “Movistar” en los laterales de la moqueta. Publicidad por doquier en tiempos de consumo débil.

Colocar esa moqueta, “para que la gente esté” y para creer que tenemos el cielo bajo nuestros pies, habrá costado, créanme, unos cuantos miles de euros. Y se me antoja irrelevante si los ha pagado el Ayuntamiento, o Movistar, o han ido a medias. La enjundia del asunto no es quién paga la cuenta, sino que, efectivamente, se paga. Y el contexto en el que se hace. Presuntamente, nos encontramos sumidos en la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial. O desde el Crack del 29, opinan otros. Y sin embargo, podemos permitirnos caminar por calles enmoquetadas. Quizá para regalarnos la falsa impresión de que paseamos por palacios, y a manos llenas. Que nadamos en la abundancia, y que para una fiesta patronal, todo es poco. ¿Lo que sea para olvidar la crisis? ¿Tapamos alguna vergüenza bajo las alfombras? ¿O es que, simplemente, la crisis va por barrios?
Quizá el año siguiente saquemos brillo a las alcantarillas.









3 comentarios:
Saludos, Aitor. Woody me ha traído hasta aquí.
Me ha encantado tu comentario: qué poco entienden los políticos que hay que dar ejemplo, más allá de los gastos superfluos (que también).
saludos
Por l que cuentas, parece que es solo:
una ocasion de desviar fondos por parte del ayuntamiento, y
una ocasion para la publicidad por parte de movistart.
No le busques sentido, no lo tiene.
Rose: gracias por tu visita. Sí, la verdad es que lo de dar ejemplo, en este país, nunca será "deporte nacional". Y menos entre los políticos.
Dale saludos a Woody de mi parte. Sabe que le estimo.
Un abrazo.
Palomi: a veces decimos muy a la ligera que las cosas no tienen sentido... Yo el primero. Pero en el fondo, todo tiene sentido, aunque a nosotros se nos escapen las verdaderas esencias del asunto... Y a veces casi mejor para nuestro salud.
Todo tiene sentido, sí. Aunque no del común.
Gracias por tu comentario.
Saludos.
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