miércoles, noviembre 18, 2009

NUEVA ENCUESTA: ¿Qué opinas de que se haya pagado un rescate por el "Alakrana"?

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Si quieres matizar tu opinión, o hacer cualquier otra reflexión sobre este u otro asunto, puedes dejar tu comentario en esta misma entrada.

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martes, noviembre 17, 2009

CRÓNICA DE UNA INJUSTICIA. SÓLO DE UNA...

Hace algunas semanas, realizando un reportaje sobre los refugiados medioambientales, conocí a Serigne, un joven senegalés. Y enseguida me di cuenta de que esa entrevista me iba a dejar mucho poso. No sólo para el reportaje, cuyo testimonio le dio vida y rostro humano. Sino porque, toda su historia, todo su relato, tuviera que ver directamente o no con el contenido de la información, era de muchos kilates.

Cuando (sobre)vivía en Senegal, Serigne era pescador, como casi todos los jóvenes nacidos en la costa de su país. La pesca allí sigue métodos tradicionales, y es absolutamente artesanal. Así ha sido durante generaciones.

Hasta la suya. Me contó Serigne que, en cuestión de un puñado de años, se fueron quedando sin pescado. El caladero ya no daba de sí. Estaba esquilmado. Y los culpables, me dijo con toda la razón, son los buques de pesca europeos. Entre ellos, los españoles. Esos barcos de pesca industrial han arrasado los bancos de peces. Sin miramientos. Con voracidad.

Serigne, con un discurso muy pausado, tranquilo, más propio de un analista cualquiera que de una víctima, me narró cómo, aun con todo en contra, él y los suyos intentaron luchar por su modo de vida. Sabían que, a medida que los peces escaseaban, más lejos de la costa había que ir a pescar. Y, por tanto, mayor heroicidad requería el oficio. Porque no es fácil, ni nada conveniente, irse muy lejos con cayucos de madera infraequipados con unos viejísimos motores fueraborda. Eso, si las barcas no funcionan, simplemente, a remo.


Aún así, los intrépidos pescadores, como Serigne, se lanzaban a jugarse la vida todos los días. A intentar competir con los grandes buques occidentales. Algunos llegaban a empeñar todo lo que tenían para equipar sus cayucos con motores más potentes. Aún así, claro está, derrota total frente al expoliador.

Así que, sin pesca, dos opciones: reciclarse profesionalmente, como decimos nosotros en los países “modernos”, o marcharse. Serigne, me decía, intentó optar por lo primero. Aunque veía, casi a diario, cómo sus vecinos se subían a una patera para llegar a Europa y buscar trabajo. Pero él se resistió durante bastante tiempo. Era consciente de que esa opción era “un suicidio”.

Pero al final, se embarcó.

Eran 94 personas en una balsa. Apenas comida, apenas agua. Su guía, inútil en el mar, un GPS casi sin batería. Ocho días flotando…

Pero llegan a Tenerife. Quién sabe si acompañados de esos amables titulares que alguna parte de nuestra mentecata prensa les dedica: “Nueva oleada de sin papeles”; “Continúa la llegada masiva de pateras”; “100 ilegales más llegan……”, etc. etc. Como marca el protocolo, son detenidos. Y se tramita su orden de expulsión, que como casi siempre se queda en nada.

Definitivamente, como otros muchos, se queda aquí, en España. Paradójicamente, intenta ganarse una segunda oportunidad en la misma Europa que ha expoliado los caladeros de su país, robándole su modo de vida. Pero me dice que muy pronto él y sus compañeros se dan cuenta de que Europa, de paraíso laboral, tiene poco. Y de buena gente, debe de andar justa. Cuenta que sufrió todo tipo de abusos. Le contrataban ilegalmente durante un mes y no le pagaban, por ejemplo. Y eso, más de una vez. Y amargamente maldecía su suerte: “¿Qué iba a hacer, si no tengo los papeles? No puedo ni poner una denuncia…”. Porque encima, si lo intenta, el que va al calabozo es él, y no el verdadero delicuente.

Ahora Serigne es uno de esos manteros que “trafica con la propiedad intelectual de los artistas”. Esos que vemos echar a correr con el saco a cuestas cuando la policía se acerca a ellos “cumpliendo su deber”. Serigne es uno de esos “negros de mierda que vienen a quitarnos el trabajo”. Serigne me concede la entrevista a escondidas, en un patio cerrado, porque si no: “la policía, si nos ve, me va a detener otra vez”. Serigne es un esclavo del siglo XXI, que vive en un piso con otra decena de africanos. A Serigne, durante los últimos 37 años, no le hemos dejado vivir.

Aún así, gracias a una ONG, está estudiando. Y demuestra, doy fe, una capacidad reflexiva y oratoria a años luz de la del vulgar español, ese que a veces le denigra. Su mirada es inteligente. Serigne no es ningún inconsciente. Y menos, ignorante.

Por eso, cuando le pregunté por su familia (mujer, hijos, hermanos, padres, tíos, primos… El concepto de familia allí, en África, “es más amplio”, me dijo), le vi categórico:

“No quiero que vengan. No quiero que pasen por lo que yo estoy pasando aquí”.

Y se me heló la sangre.

martes, noviembre 10, 2009

¿ME PONE CUARTO Y MITAD DE TALENTO, POR FAVOR?

Recientemente, por uno de esos azares que deparan el calendario y el destino, hemos asistido a la desaparición, casi simultánea, de tres personalidades destacadas del mundo de la cultura: José Luis López Vázquez, Francisco Ayala y Claude Lévi-Strauss. En apenas tres días nos hemos quedado sin un grande de las tablas y el celuloide nacional, sin uno de los escritores más importantes del panorama literario en castellano, último de la denominada Generación del 27, y sin uno de los pensadores e investigadores más relevantes del siglo XX, padre de la Antropología moderna – que se dice pronto –.

Por fortuna, los tres han fallecido dejando a sus espaldas dilatadísimas trayectorias vitales y profesionales en sus respectivas disciplinas; la muerte les ha sorprendido, imagino, con relativa serenidad y como cruel aunque inevitable consecuencia de la despiadada ley que impone la Naturaleza. Evidentemente, cada uno de ellos ha tenido en vida seguidores y detractores, afrontaría críticas y elogios con mayor o menor fortuna. A partir de ahora,
sus obras hablarán por ellos y, como dicta el refranero, el tiempo pondrá a cada quien en su lugar. No pretendo ofrecer aquí un obituario, ya que otros más y mejor preparados que yo se han encargado de ello en días pasados. Sí quisiera, sin embargo, enlazar el triste acontecimiento con alguna que otra reflexión.

Debido a la proximidad en el tiempo de los fallecimientos, ha quedado más patente de lo habitual el hecho de que
asistimos al ocaso de una prolífica y talentosa generación, cuyos éxitos serán difícilmente igualables en el futuro. Y ésta es, quizás, la clave del asunto. Al dolor por la pérdida humana y personal, se une un incómodo sentimiento de vacío al comprobar que no existe relevo generacional posible que trate de rellenar, siquiera una parte del hueco que queda tras la partida de personajes de esta envergadura. Como es lógico, los logros actuales no adquirirán toda su dimensión hasta dentro de varios años.; aún no tenemos la perspectiva apropiada para sopesarlos. No obstante, viendo las condiciones en las que se está desarrollando esa generación – a la que yo mismo pertenezco – y las trazas de la que la sigue, no hay muchas razones para ser optimista.

Puestos a etiquetar – nefasta moda, por cierto –, abogaría por denominar a los hijos del
baby boom de los 70 como la Generación del Desencanto. La mía es una generación pletórica de energía, fuerza y talento a la que, a edad temprana, se le abrió la puerta del futuro, de la prosperidad y el éxito. Con la efervescencia propia de la juventud, tratamos de asir todo aquello a lo que se supone que teníamos derecho, procuramos igualar y superar a nuestros modelos, esos que alcanzaron su plenitud a inicios y mediados del siglo XX. Era el nuestro el reino de la oportunidad y la posibilidad, con unos referentes morales y profesionales bastante definidos, con independencia de cuál fuera nuestra área de interés.

Y en algún momento, el escenario cambió.
Las puertas antaño abiertas, hoy se cierran a cal y canto. La ilusión es sustituida sistemáticamente por el miedo y la desesperanza y, lejos de procurar utilizar el talento que poseemos – que no es poco – para prosperar, nos limitamos a sobrevivir, con el horizonte del futuro ubicado apenas unas semanas o meses delante de nuestra vista. Los años pasan, la efervescencia juvenil se transforma en conformismo y, como guinda de este descorazonador pastel, asistimos a la natural desaparición de nuestros referentes, tal y como hemos comprobado en días pasados. El caldo de cultivo para nuestro desarrollo no es nada propicio. Y no trataré de realizar vaticinios sobre las generaciones venideras, pues no tengo afán de futurólogo.

No se trata tan sólo de un negro panorama laboral o un entorno de crisis económica – ese término que, de tan manoseado, ha perdido todo significado para muchos –. Considero innegable el
progresivo y acelerado declive al que asistimos, manifestado en áreas tan dispares como la política, la economía, la educación y la fijación de uno los valores no negociables, unas líneas maestras que deben conformar el armazón de nuestra sociedad con vistas al futuro. Además, muchos observamos con desesperación cómo las esferas de la creación artística, la cultura, el pensamiento y la reflexión soportan constantes muestras de menosprecio y ninguneo; la falta de atención que parecemos mostrar hacia otro de los pilares esenciales de nuestra sociedad es alarmante. Nos limitamos a arañar la superficie sin profundizar ni analizar absolutamente nada. Y la combinación de una juventud desencantada y sin un futuro claro con una sociedad carente por completo de referentes y base cultural – entendiendo la Cultura en su sentido más amplio, más allá de subvenciones y medidas cortoplacistas para salir del paso –, puede configurar un peligroso explosivo, cuyo instante de detonación es incierto, aunque posea una capacidad de devastación difícilmente medible. A la generación responsable de reconducir la situación le están arrancando a zarpazos las ganas de actuar, mientras el tiempo pasa, ajeno a todo. Quizás sólo quede recurrir a la política del avestruz, escondiendo la cabeza. Cuando en el futuro nos rasguemos las vestiduras, convendrá saber qué hemos hecho mal. Aunque sea tarde.

Fdo:
Bertuccio
El Faro de Alejandría