jueves, octubre 15, 2009

HABLEMOS DE CAMBIO CLIMÁTICO: BLOG ACTION DAY 2009

Hoy es el Blog Action Day. Un día en el que los bloggers de todo el mundo se unen para reflexionar sobre un mismo tema. Afortunadamente, trascendente y de alcance internacional. Que para escribir perogrulladas y necedades ya está el resto del año y toneladas de inútiles blogs-basura.

En una sociedad cada vez más conectada, con gran facilidad de acceso a ingentes cantidades de información de calidad, este tipo de efemérides cada vez deberían pasar menos desapercibidas. Una ciudadanía mental y políticamente responsable, moderna y con presencia en la Red, puede y debe participar en tales debates. Por eso, desde Ex Profeso nos hemos sumado a la iniciativa.

En esta edición, el Blog Action Day está dedicado a uno de los grandes temas de nuestro tiempo: el cambio climático. Porque la degeneración del planeta es evidente, empírica: se ve, se huele, se toca. Y aún así, no hacemos nada. Es como si estuviéramos ensimismados ante la cuenta atrás de un reloj, esperando a que llegue a cero, y sabiendo lo que pasará cuando eso ocurra. Y aún así, sí, no hacemos nada. Dejamos el tiempo pasar…

Seamos honestos, casi nadie de nosotros hace lo suficiente por el medio ambiente. Lo que, es verdad, a estas alturas ya debería repugnarnos. Pero, seguramente, peor es no ser consciente del calado del problema. En este crucial asunto, la ignorancia, real o simulada, casi resulta más dañina. Porque para promover una movilización cualquiera, perentoria en este caso, es condición sine qua non conocer de primera mano el hecho motriz que merece que ésta se desencadene. Hace falta, pues, mucha pedagogía. Como en ocasiones encontramos, magistralmente, en el cine.

Hace pocas semanas cumplí con algo pendiente: ver el largometraje Tierra.

Me quedé fascinado, porque es un documental realmente vibrante. La calidad de sus imágenes roza lo sublime: enternecen y conmueven cualquier conciencia, por escéptica que ésta sea. Y guarda en su guión una gran virtud: sin necesidad de cargar las tintas sobre quiénes tienen o no la culpa del creciente desastre, sin necesidad de señalarnos a todos como los grandes devoradores de la diversidad de nuestro planeta, y sin necesidad de abrumar al espectador con una inabordable riada de argumentos científicos, muchos incompresibles, la película da, certeramente, en el clavo. Uno termina sacando las necesarias conclusiones sin la presencia en pantalla de mayores artificios.

En ningún momento de la cinta aparece representado, directa o indirectamente, el ser humano. El protagonismo absoluto es para esos otros seres que conviven con nosotros, con quienes compartimos el planeta, y a quienes, eso sí queda claro, estamos haciendo la vida imposible. Tierra nos abre los ojos. Nos enseña una realidad paralela a la nuestra, que existía ya mucho antes de que nosotros, los humanos, nos creyéramos seres extra naturales, superiores. Al margen.

Es evidente que otras películas de género similar han recibido mayor pleitesía, recibiendo premios ciertamente obscenos. Y sin embargo ésta, Tierra, emociona como ninguna otra. Y, seguramente, sea más efectiva en su mensaje. Pues si siempre encontraremos quienes rebatan los argumentos de Una verdad incómoda, seguramente nunca toparemos con detractores de lo expuesto en Tierra.

La película, a fin de cuentas, tiene un objetivo fundamental: que nos demos cuenta de esas maravillas, grandes y pequeñas, que vamos a perder por culpa de nuestra egoísta y miope actitud. Tierra es, realmente, pedagogía de la buena.

lunes, octubre 12, 2009

KOSOVO VS. AFGANISTÁN

El Ejército ha tenido una especial prominencia mediática durante la última semana. Y no porque nos llamara la atención que sus jerarcas hicieran malabares con los dineros para que el desfile del 12 de octubre fuera más barato que de costumbre. La noticia era otra: un nuevo “caído” ha engrosado la lista de bajas en Afganistán.

Y la cuestión no es menor. Ya van 88 muertos.

Son muchos. Imaginemos sus ataúdes, uno detrás de otro, en orden milimétrico, como en esas fotos censuraras por el ejército americano en la etapa de Bush. Entonces nos daremos cuenta de la dimensión de esa lista, del “coste humano” de la misión.

Pero no es necesario dar pábulo a tan macabras imágenes, ni tan siquiera mentalmente. Podemos tirar de estadística e interpretar algunas cifras.

Llevamos en Afganistán casi 8 años. Los primeros soldados llegaron allí en enero del 2002. El grueso del contingente ha ido variando mucho, pero la media se sitúa aproximadamente en los 800 efectivos. Hablamos, entonces, de una las misiones internacionales más significativas en la historia de nuestras fuerzas armadas.

Comparémosla con la que, según el consenso de casi todos, es la misión más importante. La de la KFOR, en Kosovo. El contingente allí ha sido muy similar, y se mantuvo durante 10 años. Hasta hace muy poco. Contando los relevos, han pasado por Istok más de 23.000 militares.

Pero sólo murieron 10.

88 frente a 10. Si la entidad de las misiones es similar diplomática (cuentan ambas con el visto bueno de la ONU y de la OTAN) y militarmente (ambas eran una misión en son de paz), los datos chirrían atronadoramente.

El Gobierno siempre defiende, y con razón, que la misión de Afganistán nada tiene que ver con la de Irak. Se han esgrimido argumentos más que elocuentes. Se equivocan, por tanto, quienes insisten en desgastar al Gobierno por esta vía. Pero el Ejecutivo también se equivoca gravemente cuando, igual de tozudamente, insiste en que en “la misión tiene un carácter pacífico y de reconstrucción”.

Y es aquí donde entramos ya en resbaladizo terreno de las sutiles incoherencias. Escuchamos a miembros del Gobierno defender estoicamente lo anterior, pero a la vez advertir machaconamente que la misión “es extremadamente peligrosa”. A la vez, hablan de una incesante y muy meritoria labor de reconstrucción de nuestros pequeños marines, pero ya hemos visto a la ministra de Defensa insinuar que pronto se debería salir de allí. O sea, dejando a medias esa labor de reconstrucción. Vamos, el trabajo sin hacer, para que lo hagan los afganos.

La estrategia del doble discurso, como en otras áreas del Gobierno, se está agotando. Cuesta argumentar que la misión es “de paz y de reconstrucción” con 88 muertos enterrados. Claro, la pesada cifra exige entonces el matiz de la peligrosidad extrema de la misión. Pero entonces, si tanto riesgo hay para los soldados, volvemos al principio: entonces la misión no es tan pacífica como se dice.

Al Gobierno quizá le convendría hacer un buen ejercicio de sinceridad: convenir que nuestra estancia allí es muy cara y que pone en riesgo bastantes vidas. Porque, a la larga, los eufemismos son menos rentables políticamente que reconocer a tiempo las verdades incómodas. Sobre todo cuando los números son tan incontestables.

martes, octubre 06, 2009

¿A QUÉ HUELE... LA DEMOCRACIA PODRIDA?

Improviso estas líneas con el estómago hecho un ovillo.

La desclasificación de sólo una tercera parte del sumario del caso Gürtel ha revelado que la porquería que tiene el Partido Popular debajo de sus alfombras es mucha más de la que intuíamos. Y eso que ya teníamos bastante.

Una vez más, esa “clase política” que nos gobierna (o desgobierna, según se mire), demuestra que es capaz de cosas propias de la ciencia-ficción (de hecho, alguno se auto bautizó como "Don Vito", como el de El padrino). Los documentos judiciales demuestran, con sólo leer un puñado de páginas de las 17.000 publicadas, que nuestra mediocre democracia es, junto con la berlusconiana, la más prostituida de las naciones europeas.

Comentaba hace un momento con un entendido en relaciones internacionales, compañero de batallas laborales, que de revelarse en la prensa inglesa, francesa o norteamericana tan sólo la décima parte de los detalles que presenciamos aquí en el día de hoy, el escándalo alcanzaría cotas inimaginables, épicas. Y tiene razón. Hay precedentes de ello, y por mucho menos. O prácticamente por nada.

Pero aquí, no dimite nadie. Ni pide disculpas a lo votantes. Y cuesta que alguno de estos traficantes de influencias acabe en la cárcel, por increíble que parezca.

Y entre la ciudadanía, las reacciones tampoco son las mejores. Unos porque han decidido, seguramente hace ya tiempo, abstenerse de la participación y/o discusión política. Y otros porque, más allá de la indignación espontánea y visceral tras ver o leer la crónica de turno, su reacción no va más allá de eso, de un enfado epidérmico.

En ambos casos, la sociedad falla. Y los políticos, sabedores de ello, de que la calle no se solivianta ya casi por nada, siguen (y seguirán), campando a sus anchas por su particular cortijo político.

Y para muestra, un botón. Las impresentables declaraciones de Mariano Rajoy, recién salidas del horno: "Vamos bien, con ilusión y con cierto sentido de la indiferencia ante algunas cosas".

Menudo sinvergüenza.

jueves, octubre 01, 2009

LA DICTADURA SILENCIOSA

Hace unas semanas, se me encargó recoger las declaraciones de una mando intermedio del Gobierno de España. Lo que comúnmente en la profesión se llama “hacer un canutazo”. Traducido para los legos: una pequeña entrevista, no más de 4 ó 5 preguntas (si hay suerte y tiempo), directas, al grano, casi siempre de pie, abordando a la persona a la salida de una reunión de trabajo, o en un impasse cualquiera, en el que, “amable y desinteresadamente”, atiende al periodista. Tales entrevistas express sirven para, luego, coger unos segundos de las declaraciones obtenidas e introducirlas, casi siempre, dentro de una noticia. Trabajo fácil, aparentemente. Pero sólo aparentemente.

Y no porque escoger y plantear las preguntas sea un trabajo extraordinariamente sesudo para el plumilla de turno, en este caso, un servidor. Sino porque, obtener la respuesta, precisamente, a lo que se pregunta, resulta muchas veces una tarea frustrante, cansina, y casi siempre imposible. El político es el pr
ofesional de la no-respuesta o de la evasión constante, de la huída hacia delante. Su objetivo es no contestar, y si no puede, al menos intenta pasar de puntillas por el asunto planteado, sin hacer ruido, que casi parezca que no ha contestado. Que su respuesta sea tan insulsa e insípida que no sea material periodístico aprovechable.

El caso es que la entrevistada es una perfecta cumplidora del perfil del político contemporáneo, posmoderno diríamos. Sirve para un roto, pero también para un descosido. Es de esas mujeres “discretas”, tímidas y poco habladoras, con nula capacidad oratoria y con la respuesta aprendida de antemano desde hace un rato. Y que, aún sabiendo del apremi
o del periodista, y de que son las 20.30h de la tarde, pasa diez minutos maquillándose antes de salir en la tele (tal cosa nos transmitió su jefe de prensa –otro día, prometido, escribiré sobre tales sujetos y sobre los gabinetes que dirigen, no me lo invento). Y aclaro antes de seguir: no interprete el lector que tal descripción es machista, porque no lo es. Me remito a la realidad. Y conste también que muchísimos políticos varones son también discretos, tímidos, poco habladores, con nula capacidad oratoria y con la respuesta aprendida de antemano. Y que también se maquillan para salir guapos en la tele, por supuesto. Por tanto, que la protagonista de esta historia sea mujer es sólo una casualidad. Pero quien se sienta incómodo, que ponga en su lugar, imaginariamente, a un hombre. Porque el resultado será el mismo.

Sigo. Una vez dispuesta la entrevistada, el periodista pregunta. Y no eran preguntas brillantes, en absoluto. Sólo resultonas, con afán de obtener cuanto antes la información en forma de dato o de opinión, según se diera el caso. Pero peores fueron las dos primeras respuestas, mediocres y estandarizadas. Absolutamente previsibles. Pero la tercera era la última y cuestión principal. Tal era: “¿er
an suficientes los policías?” Tres veces, tres, tuvo el periodista que preguntar. Para obtener, tres veces también, faltaría más, la misma respuesta: “Eran los que se acordaron”. Aún ahora dan ganas de volver a preguntar: “¿pero, ese número de policías que se acordó, era suficiente? ¿Sí, o No?” Y ya sabe el querido lector la respuesta que obtendríamos por cuarta vez…

El periodista, tan demonizado a veces, y con razón, por hacer mal su trabajo, casi siempre está indefenso ante tal demostración de caradura dialéctica. Es bastante común creer que uno no plantea las preguntas bien, o que le falta agresividad, o simplemente un puntito de experiencia extra para ejercer
mejor su papel de “sacacorchos”. Pero esa es una idea que ya hace tiempo que he descartado. El mal es extendido. La pena es que sólo lo conocemos quienes lo sufrimos, y muy pocas veces explicamos a la opinión pública que sus políticos se niegan, rotunda y salvajemente, a rendir cuentas por un trabajo por el que se le paga jugosamente todos los meses, y cuya labor, además, y en teoría, no es precisamente intrascendente. El ciudadano cree muchas veces que la prensa está tan aliada con los partidos políticos (es verdad en muchos casos, pero no en todos) que, directamente, las preguntas incómodas no existen. O que muchos periodistas sólo se limitan a recoger la palabrería partidista del vocero político de turno (aunque esto a veces es más común de lo que debería, también es verdad…).

Pero, insisto, no siempre el periodista tiene la culpa, sino que topa con un sistema defensivo (tolerado muchas veces, incomprensiblemente, por la propia prensa) que protege al politicucho de turno. Y él, claro, encantado de parapetarse detrás. Y lo grave es que tal sistema, observo con pánico, se está reforzando. Ya no es que haya una trinchera que el periodista debe saltar. Sino que hay ya una muralla, bien alta y con contrafuertes, con foso delante, con almenas y con
gente disparándote flechas envenenadas desde lo alto. Que se le pregunten a mi buen compañero, y mejor periodista aún, que sufrió un episodio, hace unos meses, que nos dejó helados a todos.

Pero no hace falta llegar a semejantes extremos. Hay otras modalidades “defensivas” bastante innovadoras. Ahora el clásico (eso sí que es viejo…)
“no comment”, ante una pregunta poco favorable, es insuficiente. Ahora, los políticos tienen la moda de responder a otra pregunta que, imaginariamente, su “yo periodista” les ha dictado mentalmente. Y es a ese amigo invisible, créanme, a quien responden. Miren si no a Rajoy respondiendo que “en Valencia apoyan el proyecto Madrid 2016” cuando una periodista le preguntó sobre “el caso Gürtel”. O miren a González-Pons hablando de “la subida de impuestos” cuando la pregunta era para recoger su opinión sobre “los tránsfugas que le dieron al PP la alcaldía de Denia”.

A veces, en un ataque de vergüenza, quiero imaginar, los políticos deben de considerar que ese sistema evasivo no les deja muy bien parados. Por eso, han optado por, directamente, evitar que se les pregunte. Pero, y he aquí el gran negocio, sin renunciar a colocar su mensaje en los medios. Así, han nacido los videocomunicados, que remiten ya sin vergüenza alguna
a las redacciones. Ya hemos visto a ministros, Presidentes de Comunidades Autónomas, secretarias de organización de partidos políticos etc. etc. salir en vídeos, editados por los propios partidos, y hablando (haciendo teatro, mejor dicho), en una supuesta rueda de prensa (que no existe, no es tal cosa), en la que miran hacia los dos lados para dirigirse a un supuesto grupo de personas que le están escuchando (que no existe tampoco). Y si organizar semejante circo no es factible, entonces convocan una rueda de prensa sin preguntas. Eso que se llama una declaración institucional. Y ya para ser más modernos que nadie, los políticos usan “las nuevas tecnologías”, “emulando a Obama”, para hacerse, de vez en cuando, una suerte de videoblog en la que los “actores políticos” pueden aparecer paseando por la playa, relajadamente, pero a la vez “difundiendo su mensaje”.

Todo esto debería estar prohibido. Pero no lo está. Y los políticos se encuentran cada vez más cómodos en este perverso y desigual sistema. Pero lo peor de todo, es que la prensa está (mal)viviendo con todos esos materiales, con los que el poder, interesadamente, le está alimentado. Y, muy desgraciadamente, cunde entre la profesión periodística esa infausta idea de “mejor no morder la mano que te da de comer”. La dependencia de la prensa de esos materiales es cada vez mayor: hay mono. La mordaza es terrible. Y, si lo pensamos bien, no nos estamos haciendo ningún favor. Ni a nosotros, ni a la democracia. De la que, yo sigo creyendo, somos nosotros más garantes que nadie.