
Así que muchos, con ánimo de encontrar información más completa y rigurosa, nos sumergimos en el marasmo mediático. En vano. Al final es verdad. Mucha autocomplacencia, mucha unidad, mucho regodeo, pero nada de autocrítica. Y todos, aparentemente, contentos con el “cierre de filas”.
Esa euforia socialista, sincera o simulada, tanto da, hace un daño incalculable a nuestra democracia. Y muy en particular a la izquierda española (motor indiscutible de la anterior). El panorama que deben de haber dibujado los socialistas en su mente no se corresponde en absoluto ni con la realidad ni con las necesidades a corto plazo de nuestro país. El partido socialista ha apostado por vivir de unas rentas que ya no existen: Zapatero (“ZP”), como producto de marketing, ya no vende nada. Su talante, sonrisas y gracioso movimiento de cejas ya no sirven para campear temporales. Tampoco vale ya la estrategia de amedrentar al electorado con la idea de que con el Partido Popular en La Moncloa retrocederíamos en el tiempo 30 ó 40 años (aunque así fuera…). La porción más progresista de nuestro país exige algo más, y está dispuesta a retirarle el voto al partido socialista si no hay un cambio de discurso más que elocuente. Y sobre todo, con buenos fundamentos ideológicos y con proyectos concretos. Las naderías ya no alimentan a nadie. Y el PSOE debe de intuirlo, por lo que resulta todavía más temerario hacer oídos sordos a ese palpitar.
Tras este comité federal, observamos con espanto una realidad perversa: el PSOE es “ZP”, y “ZP” es el PSOE. Nunca antes, dicen los que de verdad conocen lo que se mueve en el patio político, el partido socialista había estado tan supeditado al poder de un secretario general. Nunca. Hace diez o quince años, si repasamos las hemerotecas, más de un articulista denominaba a Felipe González como “el faraón” por, según se argumentaba, el poder personalísimo que ejercía sobre el partido y sobre el Gobierno (aunque esto resulta una exageración, como el tiempo se encargó de demostrar… Y los guerristas también). Pues hoy, el PSOE tiene “nuevo faraón”. Y este parece que sí que ejerce de verdad… Y con el beneplácito de todo el partido. O al menos, de sus primeros espadas. Dato: 31 discursos se escucharon este fin de semana en el comité. Más que nunca, dicen. Pero ninguno se desvió ni un milímetro del argumentario oficial.
Se quejaban los socialistas de los congresos “a la búlgara” organizados por el PP. Hace poco más de un año, Rajoy salió reelegido presidente del partido con un apoyo cercano al 90%. Lo peor, se decía, es que nadie concurrió a la carrera por el liderato del partido, salvo el propio Rajoy. Y eso que las desavenencias internas populares han sido públicas y notorias durante los últimos años. Todo buen demócrata dudó entonces de la idoneidad de la situación en la que fue reelegido Rajoy. Porque la ausencia de crítica, o las lealtades irrazonadas (o directamente impostadas), son los peores enemigos de una democracia sana. Comprenderán ahora los socialistas, sobre todo “ZP”, que las críticas ahora cambien de dirección y se centren en su vergonzante espectáculo de este fin de semana.
“ZP” no sale reforzado, no nos engañemos. Los apoyos recibidos son sólo un obsceno brindis al sol. Porque el apoyo que vale, el de la calle, se va difuminando, quieran verlo o no. Suerte tendrá “ZP” si no se le solivianta el corral con una huelga general, o algo similar… Ni siquiera la prensa que le ha sido más afín durante los últimos cinco años va ahorrarse críticas, que interesadas o no, vengativas o no, harán daño igualmente y minarán la imagen de “ZP” y del Gobierno.
Así, negro panorama se le avecina al PSOE, y por extensión, a nuestra democracia. El partido que lleva el timón obvia los murmullos malsonantes e, inconcebiblemente, sólo oye cantos de sirena. Y justo ahora, es esa una actitud necia que puede salirnos muy cara.









