lunes, julio 27, 2009

REALIDADES PARALELAS O FICCIÓN PERIODÍSTICA

Hojeo con mayúsculo estupor las portadas de los periódicos del 22 de julio. Nuestros diarios nacionales volvieron a demostrar, en letras grandes y a todo contraste, la mediocridad epidémica que pudre a nuestro periodismo nacional. Y quizá mediocridad no sea la palabra más certera, en este caso, para definir el espectáculo de sensacionalismo, partidismo o pegajoso patriotismo brindado a los ciudadanos desde nuestras cabeceras principales.



Se antoja deplorable comprobar la irremediable involución periodística que se da en nuestros diarios de referencia. Y ya da igual si hablamos de medios conservadores o progresistas. Las simpatías políticas, a la hora de mensurar la calidad periodística, no resultan, casi nunca, verdaderamente determinantes. Periodistas, editorialistas o columnistas son igual de groseros, torpes y tendenciosos independientemente del medio en cuestión o de la idea que quieran transmitir. Evidentemente, hay excepciones. Aún se leen magníficas piezas periodísticas en varios diarios, pero cada vez escasean más. En general, empieza a oler mal.

Comencemos por la banda izquierda. Público, ese panfleto hecho a medida de los jóvenes de mente más vacía, adalid del progresismo más “moderno” (pero teñido, muchas veces, de la "caspa" más aberrante) y ejemplo de sensacionalismo y demagogia, se destaca con una noticia de impacto. O perdón, seamos rigurosos: con una no-noticia de impacto. Anuncian, o casi festejan, con serpentinas y confetis, que los españoles podemos pitar/silbar al Rey en señal de protesta o desaprobación. So pretexto de una insulsa y rutinaria sentencia, quieren alimentar los deseos republicanos de su joven comunidad de lectores. La clarividencia de los editores de Público se sale de las tablas: destacan la obviedad. En España, desde 1978, es perfectamente legal y legítimo silbar al Rey, o a quien sea, como forma de crítica pública no violenta. Y no hace falta, en absoluto, que sea un tribunal quien certifique tal derecho, englobado dentro de la libertad de expresión. Se ha silbado al Rey en multitud de actos públicos durante décadas. Una de las últimas veces, por ejemplo, a su llegada al estadio de Mestalla para presenciar la final de la Copa del Rey. Y hasta la fecha, nadie ha ido a la cárcel por pitar al Rey. Pero, según parece, estas valoraciones previas no debían de estar sobre la mesa cuando la dirección de Público configuró su portada.

El País, quizá el mejor periódico de nuestro panorama mediático, flojea cada vez más. En el último año, ha apostado por convertirse en el alter-ego de El Mundo. Su misión parece, más que informar, destruir la reputación del Partido Popular. A toda costa. Y siguiendo esa tendencia, así publica su noticia de portada, para seguir elevando a categoría de Watergate el caso gürtel. Hace mucho que la intensidad crítica de sus editoriales hacia las medidas del Gobierno se ha quedado en el limbo. Su número de páginas de Internacional decrece de manera alarmante. Su foco de atención se circunscribe, casi exclusivamente, en la política nacional. O más que en la política, se detiene en el cotilleo político nacional. Y, además, comienza a resultar ciertamente repulsivo el número y calidad de sus filtraciones exclusivas… Ya no sólo airea sin remilgos los sumarios de media Justicia española, sino que, probablemente, haya pagado cantidades mareantes de dinero para conseguir imágenes de mucha carnaza. Véanse, sino, las fotos de la villa sarda de Berlusconi… ¿Era lo más conveniente para el diario? ¿Respeta su estilo?

Y si posamos nuestra atención en la prensa de la banda derecha, la visión ya resulta totalmente desoladora. Tiran de los bajos instintos de sus lectores para, si se puede, vender algún periódico más. Las portadas de ABC, El Mundo y La Razón quieren zarandear al lector, cogerle por la solapa, y gritarle, con inaudita indignación: ¡es que no ves que el (des)Gobierno de Zapatero acaba de herir de muerte a nuestra integridad territorial! Poco menos que ha vendido nuestra alma al diablo, eso vienen a decir. La hipérbole da grima. Elevan al rango de histórico e irremediable el supuesto error de Zapatero al permitir que Moratinos pise la Roca tras 300 años de cabezonería patriótica. Gibraltar, ese peñón que, objetivamente, no guarda ningún interés para nosotros, se convierte, de un día para otro, en el foco informativo más importante. Por mí, que se lo queden los ingleses. Sólo es un paraíso fiscal de piedra.

Opiniones políticas aparte, tómese como referencia las portadas de los diarios generalistas ingleses como manera más objetiva para saber que Gibraltar no debe ser más que una mera anécdota donde poner el foco periodístico. Si el cacho de piedra gibraltareño es asunto de tan capital trascendencia para nuestro país, si lo que está en litigio guarda, según parece, importancia objetiva, se ajusta a la lógica, desde luego, que para los ingleses la discusión supusiera preocupación equivalente, y sería entendible también que, por ende, los medios británicos hubieran destacado en sus portadas su “victoria diplomática”. Porque, a juicio de los sesudos analistas españoles, eso es lo que lograron los ingleses con la visita de Moratinos a su "Rock". Si, según cuentan los diarios de nuestra derecha, hemos servido en bandeja de plata nuestra renuncia a la soberanía de Gibraltar, ¿por qué no destacan en sus portadas los rotativos ingleses semejante hazaña? ¿Cómo es que no gritan, exultantes, “God Saves de Queen, Gibraltar is British”? ¿Cómo no se regodean con la torpeza española? ¿Es que no celebran la última y definitiva constatación de su conquista? Tal debería ser su actitud, supuestamente. Y no cuesta demasiado imaginar lo que sucedería en nuestras cabeceras si se diera la situación a la inversa.

Sin embargo, en las portadas de la prensa inglesa, no hay ni rastro del encuentro Miliband-Moratinos-Caruana. Ni una pista. Nada. Cero.

http://kiosko.net/uk/2009-07-22/general.html

Preguntemos, entonces, a ciudadanos en general, y a editores de ABC, La Razón y El Mundo en especial, si no deberían extraer conclusiones al respecto.

Desde Ex Profeso sí entresacamos una. En España, sufrimos un serio problema de “ficción periodística”. Nuestra prensa apuesta por fidelizar a sus lectores, talibanizarlos. Los prefieren crédulos, carne de seguidismo. Sin osar romperles sus esquemas preconcebidos. Y si para ello hace falta ajustar la realidad, las noticias, a tales prejuicios, no duelen prendas. Lo hacen las cinco cabeceras. Siempre. Todos los días.

Y tal es el retorcimiento, la transfiguración de la realidad que ejercen estos medios, que, directamente, generan una nueva, paralela. Resulta desconcertante coger El Mundo y comprobar que su investigación paralela del 11-M sigue coleando, y mucho. Y uno ya no sabe por dónde van ahora los tiros. Atonta leer El País y comprobar que, más allá de lo que dé de sí la crónica del día, siempre será portada el caso gürtel, como si no hubiera nada más relevante para sacar como noticia principal. Alucina ver las portadas, chabacanas y estridentes, de Público.

Los medios acostumbran a sus lectores a una realidad prefabricada, unidimensional y monocolor, ajustada a cuatro consignas inamovibles. Y no hay cosa, convendrán conmigo, más anti periodística que esto. Y el compendio de portadas del pasado 22 de julio fue todo un muestrario de ello. Menudo espectáculo.

martes, julio 14, 2009

EL PAPEL DEL PERIODISTA

Qué gran duda: ¿debemos dar a la gente lo quiere, o tenemos que dar a la gente lo que debemos darle? ¿Nos comportamos como el padre que corrige a su hijo a pesar de que éste no le recompense con sus mejores simpatías, o como el otro padre que consiente a su hijo lo que proceda con tal de que las cosas le resulten más llevaderas y fáciles? ¿Colaboramos con el pan y el circo, u optamos por derrocarlo?

Pero, un momento. Otra gran duda: ¿por qué dudamos precisamente de esto? ¿Es que acaso no deberíamos tener tales disyuntivas claramente resueltas? ¿Por qué las esencias mismas del periodismo se tambalean sin razón? ¿Proceden estas preguntas a estas alturas?

Si la gente no quiere que hagamos periodismo, tendrían dos opciones. Una, dejar de vernos/leernos/escucharnos, lo que supondría que podría vivir sin nosotros tranquilamente y satisfacer sus necesidades “informativas”, del tipo que sean, por su cuenta. O dos, que demande (si puede) un cambio de modelo periodístico más acorde con sus intereses. De las dos opciones, la mejor para el supervivencia del verdadero periodismo, en principio, sería la primera, pues, a pesar de contar con menos proyección, permitiría mantener su naturaleza intacta. La segunda, resultaría una claudicación, una cesión, ante unos intereses ciudadanos por la actualidad totalmente inconstantes, insondables y, a veces, intratables. Los periodistas harían mero seguidismo en función de las modas, de lo que le interesa a las masas, renunciando a una de sus máximas fundamentales: apostar por el interés público (“que no es lo mismo que lo que al público le interesa”, decía uno de mis antiguos profesores) y por la pluralidad temática. Algo que, respondiendo solamente a las demandas ciudadanas, es imposible de cumplir. Por cierto, a renglón seguido, preguntémonos: ¿quién demonios es el “ciudadano medio”, el “ciudadano común”, ese que siempre debemos tener en mente? ¿De verdad podemos hablar de semejante estandarización de la audiencia? ¿Es que a todo el mundo le interesa lo mismo? ¿O es que nos resulta más fácil que a todos les interese lo mismo?

Aquellos que propugnan un periodismo más “pegado a la calle”, “más cercano”, en el que el “ciudadano común” se vea “identificado”, no acaban de explicar cuál es el baremo, medio o vía para conocer cuáles son los verdaderos intereses de la audiencia. Y más allá de poder testarlos en la propia calle, en conversaciones de peluquería o taberna, no existe la certeza objetiva de cuáles son. Y los niveles de audiencia, en general, son un instrumento pobre y con serias dudas sobre su eficacia, a pesar de lo que digan los expertos. Pero, y aunque de verdad existan modos de obtener los verdaderos temas de interés de nuestros seguidores, al final llegaríamos a la conclusión de siempre: a la gente le interesa lo que le entretiene, si no, no quiere saber nada. A la gente le interesa lo fácil de digerir, lo difícil, lo desecha. A la gente le interesa lo que va con sus esquemas, lo que no, lo rechaza. A la gente le interesa lo que tiene cerca de casa, si no, lo descarta. Haciendo exclusivamente periodismo “de calle”, la mirada periodística adolecería de una miopía incurable.

Hoy en día, es políticamente incorrecto apostar por un periodismo clásico. Ese que era mucho más activo, que seleccionaba o tamizaba la realidad y se la servía, con mayor o menor acierto y vistosidad, a los ciudadanos. Era un intento, sí, de divulgar, de hacer pedagogía, en cierto modo. Sin las ataduras de las demandas ciudadanas. Muchos creen que ese modelo es poco menos que clasista, paternalista. Incluso alguno se atrevería a calificarlo de fascista. Sin embargo, echando la vista atrás, el nivel periodístico (en cualquier formato) de hace décadas respecto al de ahora no tiene comparación posible. La profundidad de tratamiento era colosal tomando como referencia la de hoy en día. Un abismo nos separa. Ahora, todo es epidérmico. Huimos de lo complejo. Da pavor pensar que ese “ciudadano medio” cambie de canal o que sea tan ignorante como para no entender nada de nuestro mensaje. Ese pensamiento pesa como una losa, nos está lastrando cada día más. Y no hay visos de cambio, de recuperar el oficio. Nos estamos rindiendo antes de intentarlo, muchas veces aduciendo que otros lo probaron y el resultado fue poco menos que desastroso. Cuando a veces no es verdad, todo depende de la vara de medir.

Hoy en día, hemos olvidado el papel educativo y formador del periodismo. Hoy existe una injustificada obcecación por “reflejar” la realidad del ciudadano. En absoluto se hace el esfuerzo por mostrarle otras realidades que le resulten “ajenas”. O por explicarle el interés objetivo que aflora tras un acontecimiento alejado de sus coordenadas espacio-temporales. Todo por no caer en ese denostado paternalismo, un estúpido complejo. Porque, en realidad, muchas veces, como decía el inefable John Reith, es la propia gente la que no sabe lo que le interesa o necesita. Y muchos miran a los medios de masas buscando alguna respuesta, alguna opinión o reflexión razonable para llenar sus propios vacíos… A veces, sí, el ciudadano confía en el medio para saber, para conocer, y no sólo acude al mando a distancia buscando solamente evasión o entretenimiento fácil y grosero. Esa parte de la audiencia, grande o pequeña, da igual, es directamente ninguneada. Existe la convicción entre los principales mandamases de los medios de comunicación de que esa porción de ciudadanos no resulta rentable. Cuando, ciertamente, un periodista de verdad debería saber que es precisamente esa parte de la audiencia la más sensible, la más jugosa y la más agradecida. La que mejor valora nuestro trabajo. Es un error prescindir de esa audiencia.

Los periodistas más “modernos” apuestan, directamente, por el espectáculo. Cada vez más informaciones periodísticas están camufladas tras una pátina de entretenimiento. El infotainment (infausto concepto) prolifera sin aparente remisión. Periódicos, telediarios, radios o páginas web equiparan ya, parece que sin dudas, la presentación de un futbolista con la masacre de cientos de personas en China. Estos titulares comparten espacio y visibilidad, sin diferencias de rango. Audiovisualmente, se dedica el mismo tiempo a la anécdota, por ser divertida o morbosa, que a la información de peso, si es que la hay. Y sí, hacemos creer al ciudadano que es igual de importante la presentación del futbolista que una de las masacres más importantes desde Tiannanmen. No les ayudamos a distinguir, porque hemos perdido la perspectiva. El ciudadano cree que si los medios organizan y ordenan así el espacio informativo, es porque existe justificación para ello. Y la vez, cuando los medios nos acostumbramos a que la audiencia consuma la información de esa manera, creemos que es porque así la quieren recibir. Una peligrosa espiral. Sobre todo para aquellos periodistas que, desgraciadamente, no tienen claro cuál es su verdadero y esencial papel.

Sí, el papel del periodista. Al final, eso es lo que está cambiando. Nos estamos convirtiendo en contadores de chistes, de anécdotas, de frikadas… Como bien dice un amigo mío, “nos convertimos en contadores de historietas de ascensor”.

Estamos perdiendo el rumbo y el juicio. Hemos perdido los papeles.

miércoles, julio 08, 2009

CARTAS: REPENSANDO EL PERIODISMO

Ex Profeso publica los extractos de un intercambio epistolar entre dos periodistas: el editor de este sitio, y un amigo personal y del oficio. Son líneas sinceras que reflejan pensamientos que se produjeron paralelamente a la vorágine informativa desatada el pasado día 25 junio con la muerte de Michael Jackson. Ex Profeso las considera lo suficientemente interesantes como para compartirlas con sus lectores.
(…) me parece interesante ver lo rápido que va todo... Cómo la humanidad entera conoce una noticia en tiempo récord... Y cómo, incluso, una página web, tirando a "cutre", es la primera en dar la noticia y servir de fuente para todos los demás. Internet, fue más rápido. Twitter, Facebook, y demás redes, corrieron más que nosotros, los periodistas.
En realidad, me da un poco de miedo comprobar esto. No por el hecho en sí de que la información fluya fácil y se “democratice”... Sino porque ya no tiene ese “filtro” profesional y honesto que deberíamos darle los profesionales de eso que llaman (¿o llamaban?) periodismo... Sí, una página web, “cutre”, ganó la partida. Lo anunció antes y acertó. Era verdad. Amigo, las fuentes ya no sólo las tenemos los periodistas. Ya no tenemos el monopolio de “saber” antes que nadie y “contar” antes que nadie. Creo que eso ya se ha terminado. Sólo nos queda aceptarlo.
Recalco: no es que de antemano este cambio de modelo informativo me parezca mal, honestamente. Todavía hay que ver cómo evoluciona. Pero es que no tengo muy claro si este sistema va a ser mejor o no... La información puede ser compartida (de hecho se comparte más que nunca), puede correr mucho (y lo hace como jamás en la Historia)... Pero, ¿ya nadie la “controla”? ¿Nadie, de verdad, va a sentarse a tamizar (honestamente, por supuesto), a filtrar, a profesionalizar? ¿A poner un poco de sentido común, sangre fría, un punto de experiencia, un punto de saber contar...? Si nos fijamos, la confirmación, la de verdad, de la muerte de MJ llegó cuando llegó: un buen rato después de que medio mundo ya diera la noticia por hecha. Que estaba hecha, es cierto... Pero, ¿y si llega a ser que no? ¿Entonces qué? ¿Aceptamos simplemente que la vorágine nos engulló y nos quedamos tan anchos? ¿Lo desmentimos tan rápido como lo dimos por cierto? Claro, y cuanto antes, no vaya a ser que el vecino lo desmienta antes que nososotros… (…)

Aitor Lourido, periodista.

(…) Llevo tiempo experimentando cierta sensación de vértigo al comprobar que no podemos competir con las nuevas tecnologías, ni en velocidad ni en versatilidad. Por desgracia, los responsables de una gran cantidad de medios de comunicación tradicionales tratan de acercarse a la velocidad de reacción de cualquier página web de aficionado, que sólo tiene que hacer de difusor, de altavoz, sin importar el qué, el por qué y el cómo (entre otros).

En esa vorágine, en esa huída hacia adelante, atropellamos o soslayamos justo lo que nos diferencia de cualquier ciudadano: los conocimientos específicos, la forma de tratar la información que llega, el trato directo con la fuente (cuando es posible)... A pesar de todo, tienes razón en lo que comentas: ya no tenemos el monopolio. Y no se trata de haberlo perdido y de recuperarlo, eso ya no será posible. Se trata de que a nadie le importa (creo que no lo suficiente) la calidad de la información.

El reverso tenebroso de la gratuidad y democratización que ha traído la red es que esa calidad carece de importancia para el gran público. No importa si algo es verdad o no: como lo consigo al instante y gratis, no me paro a pensar si lo que me están contando puede ser verdad o no. Todos hemos olvidado (los periodistas los primeros, por desgracia) la máxima de la confirmación de un extremo noticioso. El tiempo que pierdo en comprobar, analizar, contextualizar y publicar es justo el tiempo que usa mi rival para ponerse por delante de mí saltándose esos pasos. Eso en el caso de que compitas con un medio. No te digo nada si el "competidor" es un ama de casa que se aburre, o una jovencita que lo único que quiere y necesita es un instante de fama, un aumento de visitas en su blog o muchos amigos en su Facebook.

Puede que muchos entendidos nos traten de llevar la contraria, que será cuando yo responda "Entonces, ¿por qué la Wikipedia es la primera fuente de consulta, muy por encima de otras fuentes clásicas?" Pocos se paran a pensar en lo que es y cómo se construye la Wikipedia (El diario el País publicaba algo interesante al respecto hace unos días). (…) El modelo está cambiando, las empresas están cambiando; las referencias, los modos de trabajo y relación. Todo está cambiando a más velocidad y con más gravedad de lo que somos capaces de asimilar.

Cuando el barco se hunde no me paro a pensar si es porque hay una vía de agua o porque el barco está mal construido. Sólo sé que me ahogo y que las ratas, que son listas, abandonan también la nave, nadan más rápido que yo. Siempre dices que el periodismo pervivirá, que siempre se necesitará un punto de vista profesional, frío y de calidad. Ojalá. Yo llevo tiempo dudándolo porque me demuestran a diario que los máximos responsables de medios, los políticos, la sociedad no quiere esos puntos de vista, no nos quieren, Aitor. Sólo necesitan "máquinas" jóvenes sin ideales, sin inquietud, listas para dar 20 al precio de 5, con la boquita cerrada y la cabeza gacha. Prefieren ratas que naden rápido a ingenieros que construyan mejores barcos (…).

César Brito, periodista.