miércoles, junio 24, 2009

A TORTAS POR EL GALLEGO: UNA GUERRA DE NECIOS

El Partido Popular de Galicia ha tirado de su mayoría absoluta en la cámara gallega para aprobar una moción que ha levantado ampollas. Se rediseña la Ley de Función Pública para eliminar el examen obligatorio de gallego para acceder a una plaza en la administración.

Las críticas nacionalistas (incluidas algunas que se esconden tras las siglas del PSOE), han cargado contra la medida, ofertando a la opinión pública todo un catálogo de improperios. Así han calificado BNG y PSOE la medida:
- como un "atentado"
- como una apertura a “un desembarco" de personas de fuera que "no conocen la lengua y la cultura" de la comunidad gallega
- como un "ataque al corazón de Galicia"
- como un "exterminio y atentado" al gallego
- como "el 18 de julio contra el gallego"
- como “una normativa que falsea la realidad".
- como “la primera vez que un gobierno aprueba una medida en contra del gallego en la historia de Galicia”

Y añaden, por si acaso, que “no van a participar de esta farsa”.

Ante tal muestrario de necedades, uno se pregunta cómo es posible que todavía alguien dude de que el bipartito mereciera la derrota electoral. Su política lingüística fue, y continúa siendo, de un sectarismo salvaje, sin precedentes en la región. A rebufo del modelo vasco y catalán, los nacionalistas trataron de imponer a la comunidad gallegohablante su particular estilo, una suerte de jerga sólo conocida y utilizada por ellos mismos. En un afán de diferenciar al máximo la sonoridad y ortografía del gallego respecto al castellano, implementaron una serie de cambios normativos ridículamente justificados etimológicamente. Forzaron artificialmente la transformación del gallego en una lengua más “particular”, más “propia”. Más enxebre, en definitiva. Aun sabiendo que el nuevo gallego, el oficial, poco tenía que ver con el que usa el común de los hablantes. Y todo esto, de un día para otro. Ellos, defensores a ultranza del idioma autóctono, no tuvieron reparos en prostituirlo y supeditarlo a sus intereses partidistas e ideológicos. Eso sí que fue “falsear la realidad”, eso sí era “una farsa”.

BNG y PSOE aprobaron el proyecto de las galescolas, infausta idea, como punta de lanza de su proyecto de hacerle la guerra al castellano o, si se prefiere, al bilingüismo. Las galescolas, al igual que las ikastolas vascas, no son más que el intento de eliminar de la cotidianidad del alumno gallego el primer idioma del estado, el único vertebrador. Y de ser, además, un vivero de simpatizantes ideológicos de los que el movimiento ya se servirá en un futuro.

Esa es la política lingüística de BNG y PSOE. Ese el verdadero “atentado”, tanto a los derechos constitucionales como al sentido común. Dicen que temen un “desembarco” de foráneos, lo cual sólo cabe interpretarse como un miedo al mestizaje de culturas, a la convivencia de ideas y sentimientos. Un tenebroso razonamiento, desde luego. Parece que mantener la región limpia de extraños parlantes de raras lenguas, les quita el sueño. Además de, por supuesto, tener claro que tales “extranjeros” son un hatajo de ignorantes, necios e indocumentados, incapaces de llegar a comprender “la lengua y la cultura gallega”, tan complejas e insondables para los no oriundos…

De nuevo, la “izquierda” vuelve a meter la pata. Sin duda por la cada vez más vasta ignorancia de sus líderes, que sólo funcionan con lemas prefabricados y demagogos. Resulta deplorable que nuestra izquierda haya adquirido las formas de nuestra terrible derecha. Y su discurso es irreconocible. ¿Cómo justificar así este tribalismo lingüístico? ¿Cómo mantener que es el mejor modelo de desarrollo? ¿De verdad es para la economía de la región la mejor de las apuestas? ¿Cuántas oportunidades perderá Galicia de prosperar este sistema idiomático? ¿Por qué tanta alergia al bilingüismo? ¿Es que tener una lengua propia se sube tanto a la cabeza que se pierde la perspectiva? ¿Es que nadie reflexiona más allá y es capaz de observar lo que ocurre cuando se talibaniza una cultura?

La riqueza lingüística es uno de los mayores tesoros de un país. Y debe mantenerse y cuidarse. Pero nunca colocándola por encima de los derechos y las obligaciones de los ciudadanos, o del interés general. El gallego y el español son cooficiales en Galicia, por supuesto. Y así debe ser. Pero, o se tiende al equilibrio, o la preponderancia artificial de cualquiera de ellos, por una u otras razones, sería un triste y vergonzante episodio. En ese sentido, la propuesta del PP podrá ser más o menos discutible ateniéndonos a tal reflexión, pero resultan inaceptables las brutalidades dialécticas vertidas por sus adversarios políticos que, lejos de proponer alternativas viables para una comunidad en la que necesariamente los hablantes de dos lenguas deben entenderse, se afanan en alimentar, como otras muchas veces (y ya cansa, oiga), un victimismo decimonónico auténticamente deleznable.

martes, junio 02, 2009

PERO QUÉ HIJO DE PUTA

La situación es bastante sencilla, frecuente y tan antigua como el propio ser humano, por desgracia: veo algo que me gusta y que no tengo, o algo que se me antoja necesario, inalcanzable, vendible o canjeable y sin más... lo cojo. Me lo llevo. No es mío, pero lo robo, lo hurto, lo afano – por ser políticamente correctos utilicen el eufemismo que prefieran – y dejo al legítimo propietario con cara de tonto y con un cabreo de tres pares. Hay infinidad de modalidades y variantes, desde el castizo y clásico carterismo o robo al descuido hasta el desfalco de altos vuelos, todo sofisticación, pasando por el consabido “déjamelo que te lo devuelvo mañana” y si te he visto no me acuerdo – material para otro texto igual de extenso que este, quizás –. Hay quien haría del mangante de pro, el callejero de toda la vida, un retrato lastimero y romanticón: que si la necesidad, que si la universidad de la calle, la picaresca, las infancias hurtadas, el “arte” de birlar y demás mandanga. No señores, no. El que roba, sea cual fuere la modalidad, cuantía y naturaleza de lo robado es un tremendo hijo de puta. De las motivaciones, eximentes y casuística particular ya se encargan – o al menos deberían – las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y nuestro anquilosado sistema judicial y penitenciario. Dulcificar o falsear la realidad es un error. Y les cuento un caso que me toca de cerca, a ver si así entienden mejor lo que les digo.


Noche de viernes en una zona bien de Madrid – Chueca, para más señas –. Restaurante bien de la zona bien. Pareja de novios que eligen una mesa de dos para cenar algo. Apenas pasados los entrantes, él – periodista de profesión y queridísimo amigo de servidor – extiende la mano para rescatar algo de su bolso – bandolera o reportero para las fashion victims – y no lo encuentra. No es que no encuentre lo que buscaba, es que el bolso no está. Esfumado, desaparecido, birlado, en definitiva. Nudo en el estómago, palidez facial, búsqueda desesperada en el suelo y aledaños de la mesa, inquisidoras preguntas a los vecinos comensales y responsables del restaurante. Resultado: encogimiento de hombros, cabreo y pesadumbre. Cena a tomar por saco y disgusto de los gordos. Punto pelota.


La víctima empezó a utilizar este útil complemento – el reportero – gracias a mis insistentes sugerencias y, tras descubrir sus bondades, se convirtió en una extensión de sí mismo de manera definitiva. Por ello, me fastidia aún más si cabe el desagradable incidente. Me pongo en su lugar y, como diría él mismo, “el hígado me canta La Traviata”. El hijo de puta de turno... Perdón... El mangante de turno tirará de cartera y de móvil – del propio bolso si el diseño y el color son de su agrado – y a otra cosa mariposa. Lo que el cabrón no sabe – ni maldita falta que hace, ¡qué coño! – es que en ese bolso, como en el mío propio, van el cuaderno de notas y la agenda de un periodista. Además del dinero, la documentación y el teléfono, un indeseable se ha llevado sin permiso sus herramientas de trabajo. A eso hay que sumar la sensación de impotencia, de profanación de la intimidad, el cambiar la cerradura de casa, las gestiones, el papeleo y las ganas irrefrenables de pillar al cabrón y reventarle la cabeza a patadas. Ni necesidad, ni crisis, ni hostias. Quien no se dedique a esto no sabe lo importante que es y lo que cuesta – en tiempo y en esfuerzo – forjar una agenda de contactos y tener siempre a mano tus anotaciones, reflexiones, borradores... Por eso, lo único que queda es el derecho al pataleo y mi solidaridad con la víctima. Eso y que, si existe algo así como la justicia poética, al responsable se le caigan las manos a cachos. Por hijo de puta.


Fdo. Bertuccio
El Faro de Alejandría

lunes, junio 01, 2009

MAITEILORISRICH

Entre vapores calurosos, aunque deseando la llegada del estío a pesar de todo, me debato entre varios temas sobre los que escribir. No sé si reflexionar sobre la fama que fagocita personas hasta destruirlas,en referencia al caso de la infortunada Susan Boyle quien, tras hacerse planetariamente famosa en 24horas, gracias al programa “Britain's got talent” y al YouTube, quedó en segundo puesto del concurso televisivo y tuvo que ser ingresada en un psiquiátrico al sufrir una crisis; quizás debería hablar de grandezas hechas añicos, pensando en el fútbol y en un Betis en segunda división, o en el proceso de madurez que todo ser humano experimenta con el paso de los años, relacionándolo con la controvertida Ley del Aborto que el Gobierno pretende modificar.

Y sin embargo, hay una imagen, entrevista a lo largo del fin de semana, que me importuna como una mosca cojonera y me impulsa a darle al teclado: El secretario de Transportes norteamericano, Ray LaHood, visitó España para conocer las bondades de la Alta Velocidad ferroviaria española y aprenderde ellas; José Blanco, con las comisuras de los labios a la altura de las sienes ante los agasajos de este “Mr. Marshall posmoderno”, acompañó al mandatario en un viaje Madrid-Zaragoza mientras intercambian detalles, confidencias y comentarios. Posteriormente, comparecencia conjunta de LaHood y Zapatero después de la visita del primero a La Moncloa, para conocer a los responsables empresariales del sector, cargos políticos del ministerio de Fomento y demás fauna. Más piropos y parabienes para el AVE, del que LaHood aseguró que “sólo tiene maravillas”.

En el momento en el que escribo esto faltan seis días para las elecciones europeas y por mi ventana, abierta para mitigar el calor, se cuela la desapasionada voz de un “coche anuncio”, de estos que llevan acoplados un altavoz en el techo. La monserga enlatada repite sin cesar: “Este partido se juega en Europa. Vota Partido Socialista”. Y he aquí la madre del cordero, que diría aquel. De la escueta información entrevista en el telediario, con LaHood, Blanco y Zapatero como protagonistas, hubo un pequeño detalle que me llamó la atención: los auténticos protagonistas de la visita no fueron los políticos, sino los intérpretes y los responsables del protocolo institucional, que no cesaron de parlotear. En la comparecencia posterior a la excursión y la visita presidencial de marras, tanto Blanco como Zapatero lucían un ominoso “pinganillo” de traducción simultánea. ¿Por qué? Porque nuestros políticos son incapaces de desenvolverse utilizando la lengua de la pérfida Albión. Más allá de jeloumaifren, verigüel y maiteilorisrich... el sonrojo más absoluto.

¿Acaso extraña el escaso – por no decir inexistente – interés del electorado por los comicios europeos? Los máximos responsables de los destinos de España no les van a la zaga. Una potencia europea seria debería contar con políticos, en primer lugar, del máximo nivel intelectual, académico y profesional, segundo, con fluidez cuasi bilingüe en idiomas como el inglés y el alemán como condición indispensable – en este caso no cuentan para nada el catalán, el euskera o el gallego, de nula aplicación extramuros –, siendo deseable aunque no exigible la soltura en terceras y cuartas lenguas. Y por último, aunque no menos importante, un máximo mandatario debe conocer en profundidad la realidad de los países que lo circundan, así como la de aquellos que integran la Unión Europea en la que pretende ocupar una posición eminente – más allá del idioma, claro está –. De otro modo es imposible saber cuál es tu posición en el mundo, sin estos mínimos exigibles no podemos ni acercarnos a algo parecido a la geoestrategia o meter baza en política internacional. No creo que algo así lo vean estos ojitos, que se han de comer los gusanos. Al menos no en España. Aquí, las elecciones europeas no son más que un instrumento, un medio para alcanzar un fin: el desgaste del oponente político con las miras puestas únicamente en devenires domésticos. Aunque, eso sí, el AVE es la pera.

Fdo. Bertuccio
El Faro de Alejandría