Suele pasarle a la juventud española que, de un día para otro, se le hincha la vena y se erige como punta de lanza de las reivindicaciones sociales. Pero este repentino cambio de actitud, que va de la pasividad más absoluta a la revuelta callejera, suele tener, a corto plazo, fecha de caducidad. Y los resortes que la activan son muchas veces variopintos y legítimamente discutibles. Un perfecto ejemplo para ilustrar esta afirmación es el autodenominado movimiento antibolonia. Ha germinado sin saber muy bien por qué y sus bases ideológicas son tremendamente difusas, amén de haber surgido atropellada e improvisadamente ante la acuciante presión de un calendario irrevocable, cuya fecha tope para la implantación del EEES es el año 2010.
Resulta curioso cómo es precisamente ahora, y no antes, cuando se produce el grueso de las manifestaciones antibolonia, nacen las plataformas opositoras y se promueven las consultas democráticas para conocer la opinión que sobre el proceso tiene el estudiantado. El documento base que puso en marcha Bolonia se firmó en 1999. En una década, los estudiantes han vivido absolutamente ajenos a él. En parte por su poca divulgación, competencia de las administraciones, pero sobre todo por el poco interés que los universitarios suelen desplegar por su propio periplo académico. España, ya se sabe, no puede presumir de una sociedad universitaria especialmente despierta y proactiva. Más bien de todo lo contrario.
Por ello, no extraña que el movimiento antibolonia haya tardado tanto en reflexionar sobre el futuro de la universidad española. Porque en el fondo, no le preocupa seriamente. Más bien, este movimiento opositor, que tanto ruido ha metido en los últimos meses, está secuestrado ideológicamente por movimientos de izquierda radical, de corte anarquista y antisistema, que han utilizado la oposición a Bolonia como un mero pretexto para recuperar cierta resonancia social. Baste escuchar o leer algunas de las reivindicaciones que tales grupos hacen públicas, a veces durante la ocupación ilegal de edificios públicos, método recurrente de los antibolonia para llamar la atención mediática.
Además de plantear una oposición barullera, tardía e improvisada, la falta de conocimiento sobre la materia y la deslavazada argumentación de sus líderes de opinión, ensalzan la sinrazón del movimiento antibolonia. Toneladas de demagogia y simplezas lo rebajan a lo caricaturesco. Esgrimen el secuestro de la universidad por parte de las voraces empresas privadas, afirmando contundentemente la desaparición del modelo público y gratuito. Sin más matices, tal sentencia es una perogrullada de grueso calibre. A un debate serio, profundo y universitario sobre un asunto de esta magnitud no se puede acudir con argumentos de brocha gorda. Si no se quiere, claro, quedar en evidencia.
La universidad española lleva décadas lastrada por un grave problema de financiación. Entre otras cosas, porque los alumnos pagan unas tasas bajísimas en comparación con otros países vecinos. Y porque, además, su modelo de desarrollo se ha demostrado insostenible, tratando de mantener prácticamente un campus universitario por provincia. La falta de fondos es acuciante y la calidad de la enseñanza sigue cayendo. Además, resulta ciertamente inconcebible que en España, tan sólo el 2,8% de las empresas colabore con la universidad, según datos del Consejo de Estado. A todas luces, no parece un porcentaje razonable si se pretende que España aproveche los, a día de hoy, pocos talentos que guarda en sus academias.
Bolonia es una oportunidad para reconducir la situación, y no un perverso plan cuyo fin es acabar con la universidad. Presumiblemente, Bolonia, bien aplicado (la cuestión es si en España se aplicará bien...), traerá más beneficios que desventajas. Más recursos puede ser sinónimo de saneamiento y de más calidad. Tocará dirimir, en todo caso, en qué (y por qué) gastar el dinero. Ese debate admitirá todo tipo de posturas, evidentemente. Pero antes de llegar a ese punto, no podemos sentar cátedra proclamando estentóreamente la invalidez de Bolonia.
Además, Bolonia introducirá interesantes cambios en el modelo pedagógico y de trabajo del alumnado. Primará, en teoría, el trabajo personal y el nivel de implicación de cada universitario, de tal forma que, de alguna manera, se promueve un sistema basado en la meritocracia, y no en la ley del mínimo esfuer
zo, ahora imperante en un sistema que homogeneiza extremadamente a los estudiantes. En esa misma línea, el nuevo sistema alentará a la especialización de cada alumno, instándole a la realización de un máster. También se reduce la carga teórico-magistral de las licenciaturas (luego, "grados") y facilita la libre circulación de los estudiantes por todas las universidades europeas (homologando sus títulos en todos los países), ambas cosas tradicionales reivindicaciones del alumnado. En suma, pocos argumentos se encuentran para negar, a bote pronto, las bondades de Bolonia. Y menos cuando los argumentos esgrimidos son, de nuevo, verdaderamente torpes y endebles, como que los estudiantes tendrán "mucho trabajo" (odiosa idea para el universitario medio español, recuerden lo de la ley del mínimo esfuerzo).Los estudiantes salen a la calle a protestar. Incluso, protagonizan, como hace tiempo que no ocurría, alguna buena tángana con la policía, en la que no falta la sangre. La pregunta es si tanto escándalo, moretones y carreras callejeras valen la pena cuando seguramente la mayor parte de ellos no se han sentado a repensar Bolonia. Muchos confiesan que no conocen apenas nada del proyecto, y sólo se guían por las consignas prefabricadas, vacías de contenido. Convendría invitarles a que practicaran el sano ejercicio de la lectura y se documentaran un poco. Aunque en realidad, tal actitud ni siquiera se fomenta en el día a día de la universidad española.
Claro está, Bolonia aún tiene muchas cosas por concretar y por decidir. Como por ejemplo, cómo podrán acceder a los másteres aquellos que tengan menos recursos económicos: ¿aumentarán las becas? Tampoco está claro que en España se vean los primeros resultados a corto plazo. Todo apunta a que el profesorado, también terriblemente acomodado en el actual sistema, no es el más preparado para adaptarse los cambios introducidos por el EEES. Incluso los plazos, a día de hoy, se antojan poco realistas para completar debidamente la adaptación. Apenas 138 títulos se han amoldado de los 2.000 que deben hacerlo.
En cualquier caso, y sin perder de vista estas reservas, el movimiento antibolonia no debe hacernos perder la perspectiva. Y seguramente se disuelva por sí solo, como otra moda pasajera cualquiera. La pena es que los jóvenes universitarios españoles no tengan la suficiente capacidad de autocrítica para zafarse de ellas. O lo que es lo mismo: poder pensar por sí mismos y no ser manipulados. Y dejémosles una pregunta en el aire: si tienen dudas sobre Bolonia, ¿por qué no ser alterbolonia, en lugar de ser, sistemáticamente, antibolonia?









