martes, noviembre 17, 2009

CRÓNICA DE UNA INJUSTICIA. SÓLO DE UNA...

Hace algunas semanas, realizando un reportaje sobre los refugiados medioambientales, conocí a Serigne, un joven senegalés. Y enseguida me di cuenta de que esa entrevista me iba a dejar mucho poso. No sólo para el reportaje, cuyo testimonio le dio vida y rostro humano. Sino porque, toda su historia, todo su relato, tuviera que ver directamente o no con el contenido de la información, era de muchos kilates.

Cuando (sobre)vivía en Senegal, Serigne era pescador, como casi todos los jóvenes nacidos en la costa de su país. La pesca allí sigue métodos tradicionales, y es absolutamente artesanal. Así ha sido durante generaciones.

Hasta la suya. Me contó Serigne que, en cuestión de un puñado de años, se fueron quedando sin pescado. El caladero ya no daba de sí. Estaba esquilmado. Y los culpables, me dijo con toda la razón, son los buques de pesca europeos. Entre ellos, los españoles. Esos barcos de pesca industrial han arrasado los bancos de peces. Sin miramientos. Con voracidad.

Serigne, con un discurso muy pausado, tranquilo, más propio de un analista cualquiera que de una víctima, me narró cómo, aun con todo en contra, él y los suyos intentaron luchar por su modo de vida. Sabían que, a medida que los peces escaseaban, más lejos de la costa había que ir a pescar. Y, por tanto, mayor heroicidad requería el oficio. Porque no es fácil, ni nada conveniente, irse muy lejos con cayucos de madera infraequipados con unos viejísimos motores fueraborda. Eso, si las barcas no funcionan, simplemente, a remo.


Aún así, los intrépidos pescadores, como Serigne, se lanzaban a jugarse la vida todos los días. A intentar competir con los grandes buques occidentales. Algunos llegaban a empeñar todo lo que tenían para equipar sus cayucos con motores más potentes. Aún así, claro está, derrota total frente al expoliador.

Así que, sin pesca, dos opciones: reciclarse profesionalmente, como decimos nosotros en los países “modernos”, o marcharse. Serigne, me decía, intentó optar por lo primero. Aunque veía, casi a diario, cómo sus vecinos se subían a una patera para llegar a Europa y buscar trabajo. Pero él se resistió durante bastante tiempo. Era consciente de que esa opción era “un suicidio”.

Pero al final, se embarcó.

Eran 94 personas en una balsa. Apenas comida, apenas agua. Su guía, inútil en el mar, un GPS casi sin batería. Ocho días flotando…

Pero llegan a Tenerife. Quién sabe si acompañados de esos amables titulares que alguna parte de nuestra mentecata prensa les dedica: “Nueva oleada de sin papeles”; “Continúa la llegada masiva de pateras”; “100 ilegales más llegan……”, etc. etc. Como marca el protocolo, son detenidos. Y se tramita su orden de expulsión, que como casi siempre se queda en nada.

Definitivamente, como otros muchos, se queda aquí, en España. Paradójicamente, intenta ganarse una segunda oportunidad en la misma Europa que ha expoliado los caladeros de su país, robándole su modo de vida. Pero me dice que muy pronto él y sus compañeros se dan cuenta de que Europa, de paraíso laboral, tiene poco. Y de buena gente, debe de andar justa. Cuenta que sufrió todo tipo de abusos. Le contrataban ilegalmente durante un mes y no le pagaban, por ejemplo. Y eso, más de una vez. Y amargamente maldecía su suerte: “¿Qué iba a hacer, si no tengo los papeles? No puedo ni poner una denuncia…”. Porque encima, si lo intenta, el que va al calabozo es él, y no el verdadero delicuente.

Ahora Serigne es uno de esos manteros que “trafica con la propiedad intelectual de los artistas”. Esos que vemos echar a correr con el saco a cuestas cuando la policía se acerca a ellos “cumpliendo su deber”. Serigne es uno de esos “negros de mierda que vienen a quitarnos el trabajo”. Serigne me concede la entrevista a escondidas, en un patio cerrado, porque si no: “la policía, si nos ve, me va a detener otra vez”. Serigne es un esclavo del siglo XXI, que vive en un piso con otra decena de africanos. A Serigne, durante los últimos 37 años, no le hemos dejado vivir.

Aún así, gracias a una ONG, está estudiando. Y demuestra, doy fe, una capacidad reflexiva y oratoria a años luz de la del vulgar español, ese que a veces le denigra. Su mirada es inteligente. Serigne no es ningún inconsciente. Y menos, ignorante.

Por eso, cuando le pregunté por su familia (mujer, hijos, hermanos, padres, tíos, primos… El concepto de familia allí, en África, “es más amplio”, me dijo), le vi categórico:

“No quiero que vengan. No quiero que pasen por lo que yo estoy pasando aquí”.

Y se me heló la sangre.

2 comentarios:

César Brito dijo...

Gracias por contarlo, machote. Hacía tiempo que no me ponías el escroto de gallina. Y, de todo esto... RTVE... pues un minuto y medio. Fenomenal. En fin. Enhorabuena

BIO_LBL dijo...

Impresionante...
Las consecuencias de la verdadera crisis del planeta, la "ambiental" (entendida desde todas las ramas: social, económica, natural...) son una dura realidad.
Gracias por abrirnos los ojos, por permitirnos ver más allá de la perspectiva clásica de esta sociedad.
Me has dejado sin palabras, casi sin argumentos.
Un afectuoso saludo, como siempre.