El Ejército ha tenido una especial prominencia mediática durante la última semana. Y no porque nos llamara la atención que sus jerarcas hicieran malabares con los dineros para que el desfile del 12 de octubre fuera más barato que de costumbre. La noticia era otra: un nuevo “caído” ha engrosado la lista de bajas en Afganistán.Y la cuestión no es menor. Ya van 88 muertos.
Son muchos. Imaginemos sus ataúdes, uno detrás de otro, en orden milimétrico, como en esas fotos censuraras por el ejército americano en la etapa de Bush. Entonces nos daremos cuenta de la dimensión de esa lista, del “coste humano” de la misión.
Pero no es necesario dar pábulo a tan macabras imágenes, ni tan siquiera mentalmente. Podemos tirar de estadística e interpretar algunas cifras.
Llevamos en Afganistán casi 8 años. Los primeros soldados llegaron allí en enero del 2002. El grueso del contingente ha ido variando mucho, pero la media se sitúa aproximadamente en los 800 efectivos. Hablamos, entonces, de una las misiones internacionales más significativas en la historia de nuestras fuerzas armadas.
Comparémosla con la que, según el consenso de casi todos, es la misión más importante. La de la KFOR, en Kosovo. El contingente allí ha sido muy similar, y se mantuvo durante 10 años. Hasta hace muy poco. Contando los relevos, han pasado por Istok más de 23.000 militares.
Pero sólo murieron 10.
88 frente a 10. Si la entidad de las misiones es similar diplomática (cuentan ambas con el visto bueno de la ONU y de la OTAN) y militarmente (ambas eran una misión en son de paz), los datos chirrían atronadoramente.
El Gobierno siempre defiende, y con razón, que la misión de Afganistán nada tiene que ver con la de Irak. Se han esgrimido argumentos más que elocuentes. Se equivocan, por tanto, quienes insisten en desgastar al Gobierno por esta vía. Pero el Ejecutivo también se equivoca gravemente cuando, igual de tozudamente, insiste en que en “la misión tiene un carácter pacífico y de reconstrucción”.
Y es aquí donde entramos ya en resbaladizo terreno de las sutiles incoherencias. Escuchamos a miembros del Gobierno defender estoicamente lo anterior, pero a la vez advertir machaconamente que la misión “es extremadamente peligrosa”. A la vez, hablan de una incesante y muy meritoria labor de reconstrucción de nuestros pequeños marines, pero ya hemos visto a la ministra de Defensa insinuar que pronto se debería salir de allí. O sea, dejando a medias esa labor de reconstrucción. Vamos, el trabajo sin hacer, para que lo hagan los afganos.
La estrategia del doble discurso, como en otras áreas del Gobierno, se está agotando. Cuesta argumentar que la misión es “de paz y de reconstrucción” con 88 muertos enterrados. Claro, la pesada cifra exige entonces el matiz de la peligrosidad extrema de la misión. Pero entonces, si tanto riesgo hay para los soldados, volvemos al principio: entonces la misión no es tan pacífica como se dice.
Al Gobierno quizá le convendría hacer un buen ejercicio de sinceridad: convenir que nuestra estancia allí es muy cara y que pone en riesgo bastantes vidas. Porque, a la larga, los eufemismos son menos rentables políticamente que reconocer a tiempo las verdades incómodas. Sobre todo cuando los números son tan incontestables.









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