martes, junio 02, 2009

PERO QUÉ HIJO DE PUTA

La situación es bastante sencilla, frecuente y tan antigua como el propio ser humano, por desgracia: veo algo que me gusta y que no tengo, o algo que se me antoja necesario, inalcanzable, vendible o canjeable y sin más... lo cojo. Me lo llevo. No es mío, pero lo robo, lo hurto, lo afano – por ser políticamente correctos utilicen el eufemismo que prefieran – y dejo al legítimo propietario con cara de tonto y con un cabreo de tres pares. Hay infinidad de modalidades y variantes, desde el castizo y clásico carterismo o robo al descuido hasta el desfalco de altos vuelos, todo sofisticación, pasando por el consabido “déjamelo que te lo devuelvo mañana” y si te he visto no me acuerdo – material para otro texto igual de extenso que este, quizás –. Hay quien haría del mangante de pro, el callejero de toda la vida, un retrato lastimero y romanticón: que si la necesidad, que si la universidad de la calle, la picaresca, las infancias hurtadas, el “arte” de birlar y demás mandanga. No señores, no. El que roba, sea cual fuere la modalidad, cuantía y naturaleza de lo robado es un tremendo hijo de puta. De las motivaciones, eximentes y casuística particular ya se encargan – o al menos deberían – las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y nuestro anquilosado sistema judicial y penitenciario. Dulcificar o falsear la realidad es un error. Y les cuento un caso que me toca de cerca, a ver si así entienden mejor lo que les digo.


Noche de viernes en una zona bien de Madrid – Chueca, para más señas –. Restaurante bien de la zona bien. Pareja de novios que eligen una mesa de dos para cenar algo. Apenas pasados los entrantes, él – periodista de profesión y queridísimo amigo de servidor – extiende la mano para rescatar algo de su bolso – bandolera o reportero para las fashion victims – y no lo encuentra. No es que no encuentre lo que buscaba, es que el bolso no está. Esfumado, desaparecido, birlado, en definitiva. Nudo en el estómago, palidez facial, búsqueda desesperada en el suelo y aledaños de la mesa, inquisidoras preguntas a los vecinos comensales y responsables del restaurante. Resultado: encogimiento de hombros, cabreo y pesadumbre. Cena a tomar por saco y disgusto de los gordos. Punto pelota.


La víctima empezó a utilizar este útil complemento – el reportero – gracias a mis insistentes sugerencias y, tras descubrir sus bondades, se convirtió en una extensión de sí mismo de manera definitiva. Por ello, me fastidia aún más si cabe el desagradable incidente. Me pongo en su lugar y, como diría él mismo, “el hígado me canta La Traviata”. El hijo de puta de turno... Perdón... El mangante de turno tirará de cartera y de móvil – del propio bolso si el diseño y el color son de su agrado – y a otra cosa mariposa. Lo que el cabrón no sabe – ni maldita falta que hace, ¡qué coño! – es que en ese bolso, como en el mío propio, van el cuaderno de notas y la agenda de un periodista. Además del dinero, la documentación y el teléfono, un indeseable se ha llevado sin permiso sus herramientas de trabajo. A eso hay que sumar la sensación de impotencia, de profanación de la intimidad, el cambiar la cerradura de casa, las gestiones, el papeleo y las ganas irrefrenables de pillar al cabrón y reventarle la cabeza a patadas. Ni necesidad, ni crisis, ni hostias. Quien no se dedique a esto no sabe lo importante que es y lo que cuesta – en tiempo y en esfuerzo – forjar una agenda de contactos y tener siempre a mano tus anotaciones, reflexiones, borradores... Por eso, lo único que queda es el derecho al pataleo y mi solidaridad con la víctima. Eso y que, si existe algo así como la justicia poética, al responsable se le caigan las manos a cachos. Por hijo de puta.


Fdo. Bertuccio
El Faro de Alejandría

1 comentarios:

trouroblaugrana dijo...

a ver si un dia escribes algo sobre futbol en mi blog!

saludos crack