jueves, noviembre 20, 2008

LARGAS COLAS, MUCHO FRÍO Y (DEMASIADAS) LÁGRIMAS

Más o menos –resumiendo y simplificando mucho, eso sí- esto es lo que hemos estado viviendo, a través de los medios de comunicación, estos días pasados. Se trataba de la iniciativa de José Moreno, conocido por muchos como "el Pocero bueno" o "el Robin Hood de Fuenlabrada". Desconozco los detalles pero, al parecer, este señor ofrece la posibilidad de adquirir una vivienda a un precio razonable a cambio de una inversión a fondo perdido en una cooperativa de propietarios. Lo ha hecho otras veces y le ha salido bien. La fama precede a este constructor con alma y algo de conciencia: en su última promoción hubo excedentes y, en lugar de embolsárselos, como haría todo hijo de vecino, los destinó a instalar aire acondicionado en los pisos recién terminados y entregados. Se supone que la gente confía en el buen hacer de este hombre.

En plena crisis, casi dos mil personas se agolparon frente al centro cívico de Fuenlabrada donde se formalizarían los trámites. No se sabía dónde se ubicarían los pisos ni si habría disponibilidad de suelo o no. A pesar de todo, los aspirantes estaban muy convencidos y organizados, llegando al extremo de dormir al raso, en tiendas de campaña y aguantando las bajas temperaturas durante días para no perder una oportunidad. El pasado sábado, los primeros afortunados firmaron el contrato y, a juzgar por la emocionada reacción de muchos de ellos... algo no funciona. Más que firmar un papel, pareciera que muchos hubiesen ganado el Gordo de Navidad. Después de noches en vela, mucho cansancio y un cúmulo de sensaciones – con la esperanza y la ilusión en los primeros puestos– casi ninguno podía contener las lágrimas.

Más allá del recurso fácil de los informativos y los periódicos en sus secciones de “Sociedad” e “historias de interés humano”. Más allá del envoltorio... ¿Se puede saber qué está pasando? ¿Qué estamos haciendo mal para que alguien reaccione de esa manera al lograr algo que, considero personalmente que es un derecho: el de poder dormir con un techo sobre la cabeza? No pienso debatirme en largas reflexiones sobre las reglas del mercado inmobiliario y la crisis internacional. No miro más allá de lo evidente. Lo que cae por su propio peso es que sucumbimos casi de rodillas, en pleno éxtasis de gratitud, al lograr algo que estoy convencido que nos corresponde por el mero hecho de ser seres humanos. Creo firmemente que tenemos derecho a no ir desnudos por la calle y cubrirnos ante las inclemencias del tiempo, tenemos derecho a poder alimentarnos para sobrevivir, a cambio de nuestro trabajo, si es lo que se nos pide. Tenemos derecho a una vivienda en la que cobijarnos. Tenemos derecho a vivir con dignidad y tratar de ser felices, en la medida de nuestras posibilidades, en definitiva. Puede que me equivoque, está claro, pero es algo en lo que creo, qué le voy a hacer.

Resulta que, cuando logramos conquistar uno de estos pilares imprescindibles, en lugar de asimilarlo con serenidad y continuar nuestro camino, debemos casi beatificar –debo reconocer que no sin razón– a una persona que parece tener algo de sentido común y logra no pensar sólo en sí mismo durante un rato. Sigo diciendo que algo no funciona y yo sigo sin entenderlo.


Fdo: Bertuccio
El Faro de Alejandría

sábado, noviembre 08, 2008

EL "TSUNAMI" NORTEAMERICANO

La onda expansiva del seísmo Obama tardará aún en extinguirse. Y no es para menos. Las implicaciones políticas y sobre todo históricas de que un afroamericano –mestizo para ser exactos– lidere el país más poderoso del planeta son mareantes. En principio, parece imposible que hace tan sólo cincuenta o sesenta años, en el mismo país, un negro tuviera que tomar un café en un local específico u ocupar un lugar determinado en el autobús. En ese sentido, la victoria de Barack Obama es, más que una “pica en Flandes”, la demolición de un vergonzoso muro racial y social. Efectivamente, el sueño del reverendo Luther King se vislumbra más cercano y las felicitaciones y reacciones positivas a su elección llueven por doquier desde los lugares más recónditos. Se trata de una lección que nos han dado a todos los ciudadanos norteamericanos y de la que debemos tomar nota, pues demuestra madurez política y valentía.

Más allá del aspecto racial –al que no resto ni un ápice de importancia– está la significación plenamente política. ¿Es Obama presidente por su color, únicamente? Sería una temeridad pensarlo, en mi humilde opinión. Creo que echando un vistazo a su biografía y trayectoria reciente, como bien ha apuntado Aitor Lourido, se disipan muchas dudas.

El presidente electo ha vivido, al menos unos años, fuera de Estados Unidos y “ha visto mundo”, su mezcla racial es también cultural, alejándolo un poco del endémico mal norteamericano del ombliguismo. Barack Obama ha leído el Corán, tiene una sólida y prestigiosa formación en derecho y economía y ha sido un convencido y activo militante de movimientos sociales y pro derechos civiles. Conoce de cerca las relaciones internacionales y es consciente de su importancia. A ello hay que sumar su indudable carisma y su admirable dominio de la palabra. Constatando algunos de estos hechos, aún siendo cautelosos para no caer en la loa fácil, hay que reconocer que posee las herramientas necesarias para marcar diferencias y hacerse un hueco en la historia. Hacerlo mejor que el presidente saliente no es nada difícil, por otra parte.

Es cierto
que no todo juega a su favor. Su juventud, en una sociedad y una clase política que valora en extremo la experiencia, puede ser un handicap. Del mismo modo, la herencia de George W. Bush no es nada cómoda –deben disculparme este manido “lugar común”–. Los retos a los que se enfrenta la Casa Blanca son muchos, ingratos, muy urgentes y de alcance global. Habrá que analizar con lupa el proceso de edificación del equipo de gobierno que acompañará al nuevo presidente, así como la orientación que dará a su política exterior, lo que definirá a fuego el papel que jugarán los Estados Unidos a medio plazo, en un momento como el actual, delicado en muchos aspectos. Es cierto que el terremoto Obama ha sacudido un país hasta sus cimientos pero, una vez superado el impacto racial y desprovisto de su capa carismática, habrá que sopesar lo que realmente importa, que es la política. Y, antes de terminar, una reflexión... un apunte un tanto agorero, quizás. Se han establecido últimamente arriesgados –y creo que inapropiados– paralelismos entre Obama y eminentes figuras históricas, como el citado Martin Luther King o John Fitzgerald Kennedy. Ambos personajes murieron asesinados.

Fdo: Bertuccio
EL FARO DE ALEJANDRÍA

miércoles, noviembre 05, 2008

SÍ QUE PUDO



La diosa Historia le contempla, y a todos sus coetáneos, que hemos sido testigos de su hazaña, también. Ayer la Humanidad entera, no sólo Estados Unidos, escribió una página con la tinta de la Justicia Universal. Por primera vez, tras cerca de 250 años de democracia, un negro es Presidente de EE.UU. Y, por qué no decirlo, Presidente del Mundo. No sólo por su poder fehaciente como inquilino de la Casa Blanca, sino porque, ciertamente, medio mundo votó ayer al senador de Illinois. Claro está, no con la papeleta, pero sí con sus mejores deseos. Por primera vez, la victoria de un presidente norteamericano tuvo celebraciones más allá de las fronteras estadounidenses. Pone los pelos de punta ver a pueblos africanos enteros (sobre todo de Kenia, el país de origen de su padre) festejando la victoria de Obama. Seguramente no sepan ni quién es, pero da igual. Uno de los suyos ha hecho algo importante en un mundo todavía de blancos. Eso lo saben y es suficiente.

Acaba de nacer un símbolo, no un mero mandatario. Si dejamos crecer ese símbolo, alcanzará lo emblemático. Casi lo trascendente.

Estados Unidos, ese país al que algunos vilipendian injustamente en muchas ocasiones, con muchos prejuicios y pocas certezas, ha vuelto a dar una lección ejemplar. Ha vuelto, como tantísimas otras ocasiones, a ser el pionero de lo mejor de la democracia y del, como ellos dicen, “mundo libre”. Sí, hace un puñado de décadas, el racismo campaba a sus anchas por la primera potencia del planeta. Pero, como señaló Bill Clinton hace pocos días, Estados Unidos ha cambiado drásticamente durante los últimos años. Incluso, dijo, en los últimos diez años. Y se ha demostrado. Debo alegrarme, desde luego, de haber defendido esto mismo ante aquellos que, de nuevo basados en prejuicios equivocados y pocas certezas, aseguraban que “Estados Unidos no está preparado para tener un presidente negro”. Tal tesis la hemos escuchado y leído reiteradamente en multitud de foros. Alegrémonos, ratifico, de que Estados Unidos ya no es mayoritariamente racista.

Barack Hussein Obama es, además, el prototipo del hombre hecho a sí mismo. Cumplidor del “sueño americano”, como allí han acuñado. Su biografía es extraordinaria, admirable en todo punto. Y eso ha de alimentar la confianza y la seguridad de que durante su mandato las cosas se harán debidamente bien, como ha prometido. Y yo le creo. Otros dicen que, paradójicamente, Obama, ahora mismo, ante sus formidables retos y promesas, no es más que una figura preparada para defraudar, decepcionar. Puede ser, seamos realistas. Al fin y al cabo, sus proyectos no son de fácil implementación. Pero, tras la salida de George W. Bush, ¿no queda ya, solamente, la opción de mejorar lo anterior? No es mera esperanza, es una evidencia.

Pero permitamos a la diosa Historia, con su siempre atinado y sopesado juicio, decidir qué lugar ha de ocupar en su Libro Barack Obama, el primer presidente negro de los Estados Unidos.