jueves, septiembre 25, 2008

CRISIS INTERNACIONAL. ESTADOS UNIDOS, REFERENCIA DEL DEBATE

Cuando el Tío Sam hurga en sus principios más íntimos, revisa su mismidad más elemental, el resto del mundo debería, cuanto menos, prestar la mayor de las atenciones, pues tal examen de conciencia siempre irá más allá de la anécdota y a todos nos afectará más de lo que en un primer momento se pueda intuir. Cuando eso ocurre, y está ocurriendo estos días, medio mundo debería contener la respiración y observar ansiosamente las conclusiones y argumentos que de tales reflexiones se deriven. Porque cuando la primera potencia del planeta, política, económica y militarmente hablando, experimenta un debate introspectivo de las dimensiones del que se produce estos días no es algo de lo que el resto de los mortales deberíamos mantenernos al margen.

En los Estados Unidos, llevan semanas, si no meses, discutiendo sobre las causas y consecuencias de la crisis económica internacional, en buena medida germinada en tierra norteamericana a partir de la crisis de las hipotecas subprime de hace ahora un año. Pero el descalabro financiero de las últimas dos semanas ha precipitado el debate. Los principales bancos financieros del país han quebrado, o han estado a punto de hacerlo durante las últimas fechas, y otros de sus “campeones nacionales” sobreviven a la crisis en una situación absolutamente precaria. La economía se frena, y el miedo a la subida del desempleo (pocas veces superior al 5%, esto es, pleno empleo) han obligado a la Administración Bush a tomar seriamente cartas en el asunto.

El gobierno americano ha salvado a más de un banco durante los últimos meses con el dinero del contribuyente. Eran casos aislados, contados, no de la envergadura de las últimas acciones que ha promovido la administración en los últimos días. La quiebra de Lehman Brothers precipitó la última gran decisión del equipo de Bush: inyectar en la economía estadounidense, donar a los Bancos, más de 700.000 millones de dólares. Una cantidad astronómica, gigantesca. Del calibre de lo que se lleva gastado en la guerra y ocupación de Irak. Presenciamos una carísima operación rescate por parte de la Reserva Federal de los principales agentes financieros y empresas del país. Una intervención estatal en toda regla. No hay precedentes similares desde el New Deal de Roosevelt.

El debate arrecia, al igual que durante los primeros duros años treinta. Tanto republicanos como demócratas discuten si tal medida estatal, intervencionista, socava las esencias mismas de la idiosincrasia estadounidense, asentada en el libre mercado, en un “estado mínimo”, casi invisible a la hora de regular la economía doméstica. Los favorables a la medida puesta en marcha aseguran que ésta es “temporal”, e implementada con el ánimo de evitar un mayor “desastre económico nacional”, que terminaría debilitando, incluso, el estatus norteamericano como potencia del mundo. Aseguran que el dinero del contribuyente no se despilfarrará. Los detractores, sin embargo, casi todos firmes defensores del modelo neoliberal, se han escandalizado histriónicamente en público. Han tachado el plan de “socialista” y de “antiamericano”. Y probablemente en muchos casos esos son los dos peores calificativos que se puedan dedicar a alguien en los Estados Unidos. En determinados ambientes, no se deben de alejar mucho del rango del verdadero insulto. Son, de hecho, exactamente los mismos epítetos con los que se recibió al New Deal y se obsequió a Roosevelt hace casi 80 años. En eso, parece evidente, Estados Unidos apenas ha cambiado. Ni pretende hacerlo, seguramente.

Lo que se debate en EE.UU., por tanto, adquiere gran relevancia. No solamente, como piensan algunos, porque se trate de un interesante debate interno justo antes de las elecciones presidenciales de noviembre. No. Este no es un episodio más de la carrera electoral. Considerarlo así degradaría la cuestión injustificada y equivocadamente. Esta es una mera coincidencia circunstancial, sin más. Lo que en EE.UU. se debate es cómo hacer frente a la crisis, qué salidas plantea y permite el modelo capitalista que precisamente ha sido detonante de la misma. Se habla y discute encarnizadamente sobre el modelo, el sistema. Se están aireando sus flaquezas e inconvenientes, lo cual, normalmente, resulta todo un anatema. Hasta los candidatos a la Casa Blanca han suspendido sus campañas para detenerse a observar la cuestión junto al Congreso y el Gobierno. Porque saben que la crisis la heredará alguno de ellos. Y han aparcado sus intereses partidistas para estudiar y tomar postura sobre asuntos sensibles: ¿debe el Gobierno sufragar, con el dinero de todos, la quiebra de los ricos? Si Estados Unidos es el país del “dejar hacer” en economía, ¿por qué intervenir ahora, no es ésta la gran incoherencia? En un país sin garantías sociales para los más desfavorecidos, ¿conviene acudir en la ayuda de los que más tienen? ¿Por qué el gobierno salva a unas empresas y a otras no? ¿Cabe aceptar este tipo de medidas “socialistas”? ¿Son éstas la solución a la crisis, o el mercado se recuperará por sí solo, “dejándole hacer”? ¿Sigue, irremediablemente, la economía dominando sobre la política? ¿Puede que ahora sea al revés? Cuestiones capitales son éstas las que tienen ocupados a los políticos estadounidenses.

Eso sí, que nadie espere que de aquí se renueve el modelo económico yanki. No van a renunciar a ello, forma parte de su naturaleza. Seguirán defendiendo el liberalismo extremo. Y lo harán con sus incoherencias clásicas: aplicándolo y defendiéndolo cuando interese. Apoyarán los aranceles en algunos lugares, en algunos sectores; seguirán blindando su mercado a terceros según convenga; o tendrán que aceptar, en momentos de flaqueza, la intervención estatal directa. Los antiamericanos siempre verán en estas prácticas malévolas y diabólicos procederes. Sin embargo, más allá de ello, debemos reconocer que es en los Estados Unidos donde este tipo de debates alcanza verdadero empaque. En Europa, el debate, muchas veces maniqueo, adolece de superficialidad. España, como siempre, es un claro ejemplo de ello. Europa está a merced de las decisiones a tomar por el tío Sam (no en vano, observemos las reacciones nuestros mercados bursátiles al respecto), le sigue a rebufo. Que se lo pregunten, sino, al BCE, que más de una vez sus decisiones se han mediatizado extraordinariamente en función de la actitud de la Fed, incluida su última inyección de Euros. Europa, además, apenas alcanza a lograr un limitado acuerdo de mínimos sobre medidas comunes a tomar. Y desde luego, la prioridad de nuestros políticos, en contra de los estadounidenses, no pasa por analizar profundamente la cuestión. En el viejo continente, sobre todo en algunos países, se prefiere jugar a saber quién tiene la culpa de lo que ocurre, como si existiera un único malhechor al que poder demonizarle para sacar por ello algún rédito electoral.

Estados Unidos, aun que escueza a más de uno, nos está dando una lección política, de interés general. Recordemos que la campaña electoral se ha suspendido. Como decíamos al comienzo, deberíamos prestar más atención a lo que allí se habla. Ellos han optado por coger el toro por los cuernos, se han sentado a hablar, a discutir, a pesar de las diferencias, y han puesto el debate en primera línea, en la calle. Allí los ciudadanos debaten sobre qué deberían hacer con su dinero. Aquí, en Europa, Comisión, Parlamento y otras instituciones están absoluta y vergonzosamente perdidos, y a merced, como siempre, de lo que ocurre al otro lado del charco. Si tenemos que confiar en que el gran pusilánime, Trichet, o a que los Veintisiete (sí, veintisiete países!) se pongan de acuerdo en tomar medidas, la crisis, ya de puro aburrimiento, se habrá marchado.

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Actualización, 26/09/08, 10:00h

Según las últimas informaciones, la ayuda de 700.000 millones de dólares está en suspenso, congelada. Durante esta madrugada, hora española, la reunión entre Gobierno y los candidatos a la Casa Blanca de ambas partidos no han alcanzado un acuerdo que ratificara el plan Bush. La oposición proviene del propio partido del Presidente.

Tal y como explicábamos en el artículo, los neoliberales, mayoritariamente republicanos, siguen mostrándose extraordinariamente reticentes ante una medida intervencionista de tal calibre. Según algunos detalles que han trascendido, ha sido el propio John McCain, que en principio había dado luz verde a la operación rescate, el que ha puesto el “no” sobre la mesa.

Por el momento, los mercados europeos han abierto sesión con ostensibles pérdidas, cuando solamente se lleva una hora de sesión. Lo cual confirma, efectivamente, que el mundo entero está pendiente de las acciones a tomar en los Estados Unidos para desatascar su sistema financiero. Y que Europa está a merced de las medidas norteamericanas, lo cual no hace más que poner de manifiesto su inferioridad y debilidad respecto al gigante americano.

lunes, septiembre 22, 2008

LAS ENCUESTAS DE EX PROFESO. ARCHIVO.



EX PROFESO pregunta: ¿quién es el máximo responsable de que prolifere la telebasura?

- Las propias Tv´s : 61% (8 votos)
- La audiencia: 38% (5 votos)




EX PROFESO pregunta: ¿sustituirán los blogs al periodismo clásico o tradicional?

- Sí, claramente: 33% (4 votos)
- Sí, desgraciadamente:
- No, o eso espero: 33% (4 votos)
- No, claramente: 33% (4 votos)




EX PROFESO pregunta: ¿quién ganará las elecciones generales?

- PSOE: 71% (5 votos)
- PP: 14% (1 voto)
- Otros: 14% (1 voto)

EX PROFESO pregunta: ¿quién quieres que gane las elecciones estadounidenses?

- John McCain: 17% (1 voto)
- Barack Obama: 83% (5 votos)
- Me da igual: 0% (0 votos)


EX PROFESO pregunta: ¿Qué opinas de que se haya pagado un rescate por el "Alakrana"?

- Me parece perfectamente, era lo que había que hacer: 9% (1 voto)
- Me parece bien, pero sólo por esta vez: 0% (0 votos)
- No lo tengo claro, quizá había otras opciones: 45% (5 votos)
- Era la peor opción. Hemos cedido a un chantaje: 45% (5 votos)

domingo, septiembre 21, 2008

DE LAS FILTRACIONES Y EXCLUSIVAS. LA CREDIBILIDAD PERIODÍSTICA EN JUEGO


Llevamos varios días siendo testigos, y partícipes se me antoja que también, de una polémica adusta, poco concluyente: la filtración del vídeo del accidente del avión estrellado en Barajas el pasado día 20 de agosto. Medios de comunicación poco simpatizantes con el diario de Prisa han tachado la exclusiva con los peores calificativos. Se habla de los “manejos” de Fomento para filtrar “interesadamente” la información a un medio aliado. Sin embargo, no es ésta la versión del periódico. El informador que consiguió el acceso al vídeo, Francisco Mercado, defiende su trabajo en un artículo publicado hoy en El País. Del mismo se entresacan llamativas conclusiones y argumentos, algunos acertados y otros no tanto. Bien merecería, claro está, un reposado análisis. Sin embargo, por abreviar, destacamos solamente una cita:

“La paradoja llega cuando el material obtenido es reproducido, en muchos casos sin citar la procedencia ("tenemos unas imágenes o unas grabaciones...", "hoy hemos conocido"), por muchos medios audiovisuales que, sorprendentemente, organizan una campaña de presión sobre el Gobierno y el juez instructor para denunciar que ese material que vampirizan gratuitamente procede de una "filtración interesada".

Esto no es nuevo. El mal perdedor llama exclusiva a lo propio y filtración a lo que publica la competencia.”

Tiene razón: la guerra de las exclusivas provoca envidias y malas artes entre los compañeros de profesión. Es constatable una y otra vez. El más reciente ejemplo puede retomarse de hace tan sólo unos meses, y del que Ex Profeso, privilegiadamente, cuenta con información destacada. La polémica, por aquel entonces, germinó cuando TVE supo con exactitud cuándo y en qué lugar de Francia iba a ser detenida buena parte de la cúpula dirigente de ETA. También aquellos días la televisión pública fue objetivo de la misma naturaleza de desmanes a los que se refiere el compañero de El País. Muchos periodistas, sobre todo dirigentes de los servicios informativos de otras cadenas, sabedores expertos del funcionamiento del flujo de información antiterrorista, incurrieron en graves dislates hacia los profesionales de TVE. Y conviene repetirlo: lo hicieron teniendo garantías de que no había sido una filtración de Interior ni de los servicios de seguridad del estado. Ex Profeso, al igual que otros medios de comunicación mucho más potentes que esta humilde bitácora, sabe, a ciencia cierta, que aquella información fue obtenida directamente de una fuente no relacionada estrictamente con la lucha antiterrorista. Los directores de todos los servicios informativos de los principales medios nacionales obtuvieron de la boca de TVE cumplida y caballerosa palabra de que la exclusiva no era proveniente de una filtración de Interior. Aún así, fue voluntad del resto de medios, siendo éste un terrible gesto, cargar las tintas contra la honestidad periodística de la cadena pública. Y repetimos: a sabiendas de que lo vertido no era cierto ni contaba con base real alguna. Aquí dejamos este capítulo, pues no sería conveniente que Ex Profeso revelara más datos.

Sí, así es el periodismo de altos vuelos, el de despachos y llamadas cruzadas entre mandamases. Aquél que olvida a menudo su papel de responsabilidad para con la sociedad. Que olvida la honestidad, la ética. Desprestigiar a “la competencia” resulta muchas veces prioritario frente al derecho de cita, el contraste informativo o la oferta complementaria de datos, tres recursos de los que puede servirse el medio “perdedor” en la “carrera” por la “exclusiva”. Y también, por qué no decirlo, la sincera felicitación o reconocimiento a un trabajo bien hecho, que pudiera ser referencia para los profesionales en general, se supedita a la estrategia comercial de los medios, enraizada en la máxima: al enemigo ni agua. Lo que cuenta, a la sazón, es destruir el mérito ajeno. Todo esto es lo que hemos visto, otra vez, con la exclusiva de El País.

Parto de la base, lo habrá intuido el lector, de que Francisco Mercado dice la verdad. Por una razón fundamental. El País, periódico al que él mismo representa, cuenta en su haber con una gran reserva de credibilidad, ganada a pulso durante años, y no tiene que lamentar verdaderos sonrojos como los sufridos por otras importantes cabeceras nacionales, que en sus recientes investigaciones paralelas no ha conseguido más que una serie de ridículos y desmentidos absolutamente inapelables. Por ello, Mercado ha de contar con un mínimo de credibilidad. Pero además, es altamente probable que colegas de profesión de Mercado, amigos incluso del mismo, conozcan con un buen puñado de pistas la procedencia de la exclusiva. Como es probable también, como señala Mercado, que muchos otros hayan tratado de pulsar esa tecla sin éxito.

Hablamos a fin de cuentas, queridos lectores, de la credibilidad. Ese granero del que cualquier periodista ha de alimentarse cada día, y que va llenando esforzadamente a lo largo de años de arresto y oficio. Muchas veces, créanme, arisca, triste y costosísima tarea supone tal labor. Desde Ex Profeso no tenemos el honor de conocer a Mercado, pero queremos, antes de difamarlo, como hacen otros compañeros, otorgarle, a él y a su periódico, el don de la veracidad. Y lo hacemos porque, a pesar de todo, aún creemos en el periodismo y en la integridad del oficio. O por lo menos, en algunos de los que lo desempeñan. ¿O de verdad hemos de pensar que ya nadie juega limpio? ¿Somos ya todos un hatajo de canallas?

Negaríamos deshonestamente la mayor si desde este foro dijésemos que las “filtraciones interesadas”, los favores, no existen. Es más, hay verdaderos traficantes de información. Tal vicio ha podido detectar en actitudes ajenas el que esto escribe, a pesar de su modesta trayectoria. Y, otros, con vasto recorrido, y sin duda mayor influencia, parecen corroborarlo (Gabilondo opina sobre la presencia de periodistas españoles en Burdeos, durante la detención de la cúpula de ETA, al 1’19’’). Para desgracia de la profesión, el mercadeo de favores es uno de los cánceres que en mayor medida amenaza su supervivencia. Aún así, Ex Profeso no se unirá nunca a una campaña mediática de desprestigio sistemático a un compañero por un ataque de envidia, celos o, que también se da, por autoconciencia repentina de la mediocridad y limitaciones propias.


[NUEVA ENCUESTA PARA LOS LECTORES, CONSULTAR SECCIÓN EX PROFESO PREGUNTA. PUEDE DEBATIRSE SU TEMÁTICA EN LOS COMENTARIOS DEL PRESENTE ARTÍCULO]

domingo, septiembre 14, 2008

LA EDUCACIÓN PATRIÓTICA: GENERADORA DE MONSTRUOS

A esto, la educación al servicio de la patria, del estado o de “un pueblo”, han recurrido y recurren aquellas élites de poder que, tratando de inocular a las masas sus idearios nacionalistas, hacen de la educación una torticera herramienta al servicio de intereses partidistas. Esto es, sin lugar a dudas, una de las mayores atrocidades a cometer por cualquiera de las tiranías que han existido o que están todavía por venir. Propia, claramente, de regímenes totalitarios.

Podrían traerse a colación un buen puñado de citas ilustrativas sobre ello. Sin embargo, ahorraré al lector el esfuerzo de su aprehensión, entre otras cosas porque a buen seguro quien haga seguimiento de estas líneas tendrá en su haber personal más de un discurso demostrativo de la cuestión. Es preferible en este caso, no obstante, acomodar a la presente disertación la anécdota, no sólo verosímil ni creíble, sino real, con la que no hace mucho una fuente me obsequió. El episodio se desarrolla en Madrid, durante el mes de Septiembre, pocas semanas antes de que el nuevo curso universitario eche a andar. En una Facultad de Ciencias de una Universidad (repárese en el significado de esta palabra, gracias) madrileña (obviaremos qué Facultad y qué Universidad para ahorrarle el escarnio público), tienen lugar unos cursos de iniciación para los alumnos recién aterrizados en el sistema universitario. Estos son los denominados “cursos cero”. Sirven para atemperar los nervios de los iniciados, poner al día sus conocimientos y allanarles el camino en su nueva experiencia.

En una de las aulas, los jóvenes estudiantes se afanan en resolver complejos problemas. Reciben, claro está, la ayuda, consejos y consabidas explicaciones de una profesora. Todo discurre con normalidad, como en cualquier otra aula de una Universidad española: todos, y a la vez ninguno, parecen entender lo que se les comunica. Lo que rompe el discurrir habitual de la clase es la intervención pública de una de las educandos. Aseguró, firmemente, que no entendía nada. Lo cual, para muchos podría ser todo un gesto de honestidad y humildad poco común en nuestros días. No todo el mundo está dispuesto a reconocer sus propias limitaciones, eso queda mal, es poco “cool”. Pero en realidad lo interesante del asunto descansa en saber, más que el qué, el porqué no entendía nada la joven aprendiz.

“Es que a mí siempre me han explicado eso en euskera, y entonces no entiendo esos términos. Hay tecnicismos que yo sólo he conocido en euskera”.

La estudiante que pronunció tal aseveración tiene 18 años recién cumplidos, vive en un país desarrollado y en pleno siglo XXI. Sin embargo, es el producto de una educación propiamente tribal que ha cercenado buena parte de su desarrollo mental y limitado su entendimiento con el más común de sus semejantes, por culpa de un modelo de enseñanza que tiene únicamente por objetivo ensalzar las peculiaridades de una lengua minoritaria y poco útil, que sirve además de punta de lanza de un movimiento político, muchas veces, de dudosa legitimidad: el nacionalismo vasco.

Susodicha criatura es un monstruo del sistema. Fuera de la Ikastola, donde probablemente acomodaron su educación al molde de los intereses del poder, fuera de su terruño, que algunos orgullosamente denominan Euskadi y al que demencialmente otorgan 7.000 años de antigüedad, esta joven chica no es ni será nada más que nada. O, como mucho, una clara ilustración de una aberración ideológico-política, incompresible a la vista de muchas mentes más allá de nuestras fronteras. Será, tristemente, el ejemplo de una decadencia, de un experimento atroz, de una pobre y maltrecha travesura partidista permitida, sostenida, apoyada y respetada por nuestro sistema político-social.

Es evidente que no es un ejemplo aislado. Es evidente que proliferarán exponencialmente durante los próximos años. Hace poco, el gobierno vasco volvía a preguntarse sobre la eliminación de las escuelas públicas del modelo educativo “A”, el que usa como lengua vehicular y curricular el español. Aseguran que “no funciona”. En Galicia, esta legislatura conjunta PSOE-BNG nos ha legado las Galescolas, una suerte de engendro indescriptible inspirado en las Ikastolas vascas. En Cataluña, a las autoridades educativas les preocupa más que los alumnos inmigrantes, venidos de fuera o nacidos en España, aprendan antes y con mayor solvencia la lengua “autóctona” que la común del estado.

Dentro de pocas generaciones, el panorama educativo, ya de por sí deficiente por otras cuestiones, promete ser mucho peor que deprimente y alarmante, que ya lo es. Y es una incógnita si algo de lo aquí dispuesto preocupa a los españoles. También lo es si algún político de buena fe optará por levantar la voz ante tal escándalo. Y asimismo, si el propio sistema educativo y sus integrantes (desde la escuela de primaria hasta la Universidad) se revuelven o no ante semejante dislate. Pero lo que sí tenemos es una certeza: no podemos seguir así. “Roma se quema”.

miércoles, septiembre 03, 2008

VOLVER A EMPEZAR

Extraño es, he de confesar, el cosquilleo que invade mi sentir cuando, tras seis meses de retiro, se reencuentran mis oxidados pensamientos con esta mi propia revista cibernética. Ya saben ustedes, viejos o circunstanciales lectores, que los reencuentros, sobre todo si son entre aquellos que bien se conocieron tiempo ha, tienen una característica ambivalente: provocan ilusión, pero a la vez también un desasosiego de difícil sostenimiento espiritual.

Sí, me refiero a aquello que, comunmente, suele entenderse como “el no saber qué decir”. Y “el no saber qué decir”, amigos, deriva, dependiendo de cada ser, en discursos de los más variado y variopinto. Si es que tal episodio se da, siempre hay quien opta, y a veces sabiamente, por mantener la boca cerrada, emitiendo un silencio, una callada, que por poder, muchas veces habría de pasar a los anales de la retórica clásica. Y es que el silencio, a veces, es el discurso más elocuente. Pero, como bien les he señalado poco más arriba, queridos lectores, de cada uno depende cómo comportase en la situación en la que yo y mis vagas disertaciones nos hallamos. A este quien les escribe, tras seis meses de ausencia, la opción que le seduce es la de hablar, o sea, no callarse, no provocar más silencios. Prefiero, tras tanto tiempo, obsequiarles con nuevas palabras. Si bien éstas, por el momento, para qué ocultarlo, poco les están diciendo. A la espera están, intuyo, de recibir alguna explicación. Alguna excusa, siquiera, que sacie sus intensas ganas de conocer qué ha tenido a este humilde escribiente alejado de su otrora, y quién sabe si ahora, fiel comunidad de pensadores. En realidad, hay muchas razones, pero a la vez ninguna concreta. Ni siquiera puedo convencerme a mí mismo de que el conjunto de todas ellas lleguen aún a conformar una sola de verdadero peso. Por tanto, sí, decidido está, no voy a tratar de frustrar sus ávidas ansias de saber con fútiles rodeos, con insípidas argumentaciones. Opto, ya les he dicho, por ofrecerles nuevas palabras, aunque todavía nada les estén contando nada de provecho verdadero. Ya se habrán percatado ustedes, sagaces lectores, de que rayando la trigésima línea todavía no saben lo esencial de este discurso: no conocen ni su temática, ni su fin. Les digo, de verdad, que no piensen en ello. Lo que ahora dispongo línea tras línea, repito, no es más que una nueva oferta semántica, una rociada de palabras nuevas, distintas, desconocidas, que les hagan olvidar esa manida y gastada enunciación que durante seis meses ha encabezado estas páginas, aquella que todavía hasta antes de ayer osaba referirse tozudamente a una jornada de esas que, algunos pseudoliteratos, o vayan ustedes a saber quién, dieron en llamar “fiesta de la democracia”.

De verdad, les confirmo, que esta hemorragia verbal aquí desplegada tiene por objeto renovarles las vistas cuando asomen amablemente sus conciencias a esta revista virtual. Ciertamente, este comienzo seguramente provoque desorientaciones varias a más de uno, que todavía se mantendrá a la espera, con todavía algún remanente de ilusión, para saber qué se contará de provecho en tal despliegue verbal. Ante tal actitud, tomo licencia para recordar que, ahora, esto no el que importa. Lo que importaba era decir algo, volver a empezar una relación dejada en suspenso seis meses atrás. Ya se señalaba al comienzo que ante “el no saber qué decir” cabía, o bien callarse, o bien decir algo. En este caso, quien a ustedes se dirige opta por decir algo. Pero en ningún momento, en tal norma general a la que acabamos de aludir, se especifica de qué ha de versar lo dicho. Y puede, claro está, no tener porqué versar sobre nada. Honestamente, recalco, creo que lo importante, a día de hoy, era volver a dirigirles la palabra y borrar de la cuenca de su retina aquello de lo agridulce y lo silencioso. Tocaba, convendrán conmigo, “romper el hielo”, como dicen algunos.

Sigo sin contarles nada, sí. Cabe preguntarse cuantos habrán abandonado ya la estéril lectura de estos párrafos. Y es que algunos, más que las despedidas, deben llevar mal los reencuentros. Aunque, en este caso, tal idea puede ser asumible, me hago cargo de ello. El caso, redundo ya, es decir algo, matar, aniquilar a “el no saber qué decir”. Aunque para ello haya que recurrir a tan mediocres artes discursivas como la aquí ejercitada. Si bien, habría un tal Cicerón, o un Aristóteles, ahora no recuerdo bien, que quizá presente ahora entre nosotros, dijera, tranquilo y lapidario: “aquel hombre que no sea capaz de hablar ininterrumpidamente durante una hora no merecerá ser escuchado”. O algo así. De lo que permito concluir, y acomodar a mis particulares intereses, que saber decir algo, aunque en propiedad nada se diga, también recoge cierto mérito. Ahora bien, no es la intención del que les obliga a continuar la lectura utilizar a los grandes retóricos clásicos para enaltecer su propia estima. De hecho, y como contrapeso, diré que muchos otros grandes oradores, o escritores, han señalado, tan sabiamente como Cicerón o Aristóteles, que quien su discurso termina con una cita, mediocre ha sido su relatar.

Y como este discurso aquí termina, también pueden ustedes, faltaría más, aplicar tal máxima a todo lo aquí expuesto. Espero, amigos míos, fieles o circunstanciales lectores, que este reencuentro de algo les haya servido de algo. Como mínimo, de renovada salutación.

Otro día prometo contarles algo.

martes, septiembre 02, 2008

PUEDO PROMETER Y PROMETO...

...que, aunque no es que me lo esperase, no me sorprende para nada. Al menos no en un país como el nuestro. Por lo visto, según publican algunos periódicos de tirada nacional, los dos partidos mayoritarios, PP y PSOE, andan a la gresca para apropiarse – tal cual suena, así de crudo y rastrero – de la memoria del ex presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, actualmente aquejado por la enfermedad de Alzheimer y retirado desde hace tiempo de la escena política española.

Al parecer, Ángel Luis Alonso, alcalde popular del pueblo abulense de Cebreros, lugar de nacimiento de Suárez, elevó una petición al Congreso de los Diputados para solicitar que se dotase de contenidos a un museo en la localidad, destinado a honrar su figura, su memoria y el proceso político de la transición. La vicepresidenta segunda, la también popular Ana Pastor, se desplazó el pasado mes a Cebreros para valorar el asunto. Así las cosas, el diputado socialista por Ávila, concejal también en el citado ayuntamiento, Pedro Muñoz, ha hecho lo propio, enviando un extenso escrito – de dieciséis folios, ni más ni menos – denunciando lo que a juicio de los socialistas es un “proyecto sectario”, que el propio Suárez jamás aceptaría por no ser un “homenaje unitario”.

Por no enredar las cosas y resumirlas un poquito, en román paladino. Suárez no ha fallecido. Al contrario, vive su terrible enfermedad con una dignidad y discreción que pasman, por lo inusuales, gracias al calor de su entorno y a un estudiado y conveniente aislamiento público. A pesar de ello, la gentuza de la clase política – nunca un término se ha alejado tanto de su significado etimológico primigenio – ya se está disputando, como una manada de buitres, un mérito que no les corresponde, un protagonismo hurtado sin permiso y todas las futuras palmaditas en la espalda por un homenaje que nadie ha solicitado.

Si Adolfo Suárez conservase hoy la memoria que le ha robado la enfermedad, a buen seguro llamaría a capítulo a ambas partes, muy en la línea del espíritu dialogante del que fue mascarón de proa en tiempos complejos para, con el gesto serio pero conciliador, decirle a quien quisiera escucharle “Vamos a no hacer el gilipollas, señores”. Usando otras palabras, seguramente, pero manteniendo claro el mensaje. También me pregunto qué pensará de todo esto Adolfo Suárez Illana, hijo del ex presidente y, hasta ahora, portavoz público y mediático de la familia. Por lo que a mí respecta, de encontrarme en su lugar y comprobar la respuesta de algunos payasos políticos a su dignidad, educación, sentido común y respeto en una situación delicada en lo político y en lo personal, no me quedaría más que sentir vergüenza y desprecio por quien nada tiene que ver con el ex mandatario de Unión de Centro Democrático (UCD). Aprovecho para manifestar públicamente mi admiración y reconocimiento al Sr. Suárez Illana, quien, a pesar de no pertenecer al mundo de los medios de comunicación, nos ha regalado a todos una de las imágenes más importantes del año – con tintes yo diría que históricos –, con motivo de la reciente visita de los monarcas a su residencia particular y que habla por sí misma, erigiéndose lo que sí que considero un auténtico, sencillo y digno homenaje hacia su padre.

Y es que éste es un defecto típico de los españoles. Carecemos de memoria, a pesar de que se nos llena la boca con ella – memoria histórica, memoria autonómica, etc. – y, cuando tenemos una espléndida oportunidad para hacer las cosas bien por alguien, sin cuyo trabajo y dedicación no seríamos lo que somos hoy, justo entonces, más anchos que largos, nos rebozamos en la mierda como cerdos en una charca, preocupados, sobre todo, por no perder nuestro sitio en la foto. De poder hacerlo, el Sr. Suárez se haría un esguince en la mano de darnos tantas collejas. A todos.

Fdo. Bertuccio

El Faro de Alejandría