domingo, enero 27, 2008

YO, PERIODISTA

Sigo obsesionado con la trascendencia de mi profesión. Hace pocos meses amagué con una declaración más formal que sentimental de lo que consideraba era necesario para ser un periodista íntegro, honesto y útil. En esencia, abogaba por la reflexión sosegada y la maceración de ideas como recetas de trabajo del buen periodista. Alejarse de la rumorología y de la superficialidad argumental, obviar tópicos y mitos absurdos, en fin, huir de toda simpleza, suponen la primera letra del abecé. La segunda, quedaba apuntada en un artículo no muy posterior, que si bien no tocaba exclusivamente al periodismo, sí que fue el motor de susodicho artículo: la responsabilidad. La profesión periodística requiere de una diligencia tanto práctica como moral inenarrable. Así pues, reflexión primero y responsabilidad después. O al revés. No creo que aquí influya el orden de los factores.

Pero en realidad, creo que no es suficiente. Cualquier bienpensante supondría que aquel que cumpliera con lo arriba dispuesto estaría en condiciones de ejercer el periodismo con garantías de éxito y calidad. Sin embargo, esto no es así. Hace falta un tercer factor que se antoja ineludible para que los anteriores cobren validez. ¿Hablamos de tener un buen bagaje de conocimientos? En realidad no, pues eso se supone incluido en la capacidad de reflexión como condición necesaria para ejercerla. ¿Nos referimos, pues, a la inteligencia y riqueza de valores del ejerciente? Tampoco, pues el individuo responsable esto ostentará necesariamente. Lo que completa el abecé es la vocación. Sin esto, el resto queda irremediablemente invalidado. Vocación entendida sin cortapisas, aquí no sólo hablamos de querer ser periodista desde que uno comienza a hacer caligrafía. Eso ocurre con cualquier oficio imaginable. La verdadera vocación, en realidad, no es querer dedicarse a algo, sino ser algo. No hace mucho que di con la sutil diferencia. Y todo a raíz de conocer a más colegas de profesión, en ejercicio o en formación. En el fondo, la eterna pregunta que se plantea a los pequeños es la correcta: ¿qué quieres ser de mayor? Jamás se pregunta: ¿a que te gustaría dedicarte cuando crezcas? Lo de “¿a qué te dedicas?” surge después, en el mundo adulto.

Es harto difícil explicarlo, por lo que me conformo con plantearlo: nunca será lo mismo dedicarse al periodismo que ser periodista. En el mundo de hoy, abundan los primeros, y los segundos se extinguen. Y no es fácil distinguirlos, pues aparentemente hacen el mismo trabajo. Incluso a veces la calidad de los trabajos es pareja. Pero la labor con vocación tiene un extra: cree en su capacidad de cambiar los esquemas del lector, y cree que si los cambia en uno comenzará una reacción en cadena con grandes expectativas de mejorar la sociedad que le rodea. ¿Romántico y utópico? Sí, claro, casi demente. ¡Pero ay de aquél que no crea en ello y se dedique al periodismo…! ¡Maldígole! Mejor que se dedique a zurcir calcetines. En esta profesión debería salvaguardarse el ideal de cambio hacia una sociedad mejor. El periodismo, aunque muchos ya no lo crean, es el motor primero de ese cambio. Y es por eso precisamente por lo que quienes lo ejercen han de mostrarse reflexivos, responsables y vocacionales.

Me consta que hay mucho mediocre que dice “llevar el periodismo dentro”, y cosas por el estilo, y que estoy seguro de que suscribiría enteramente este artículo. Pero también sé que no tiene ni idea de lo que aquí se habla. Basta escarbar un poco para comprobarlo, doy sincera fe de ello. A veces sueño que reúno la suficiente mala leche como para espetarles, vehemente y tajantemente, con rabia: ¡Tú no eres periodista!

domingo, enero 20, 2008

FUERZA CENTRÍFUGA

Cualquier nación que se precie como democrática y saneada desde el punto de vista ideológico, debe asumir como imprescindible la presencia, en la arena política, de una fuerza conservadora responsable, cuyos planteamientos, valores y líneas de acción no tienen por qué ser compartidos, aunque sí deben considerarse como irrenunciables para el buen funcionamiento del sistema. Sin la existencia de varias fuerzas que se intercambien propuestas constructivas y puntos de vista contrarios, que vigilen el buen hacer del oponente, con el punto de mira alejado del sillón presidencial, es imposible – como hemos comprobado tristemente en la legislatura que concluye – desarrollar iniciativas provechosas para los intereses del país. Al menos sobre el papel, el planteamiento es correcto, aunque de imposible aplicación real.

Por otro lado, las dos fuerzas políticas mayoritarias en España, enfrentadas secularmente por programáticas, principios y tradición histórica, han iniciado desde hace tiempo una constante e imparable búsqueda de un “centro” que les aleje de posiciones demasiado polarizadas. Es bien sabido que los extremos no son nada buenos, por lo que los partidos mayoritarios, PP Y PSOE, tratan desesperadamente de encontrar una posición intermedia en el espectro ideológico, una atalaya que permita acoger al mayor número de votantes posible, al mismo tiempo que tachan al contrincante de inmoral, radical y “rompe patrias”. No se trata de desmontar estos últimos argumentos – de por sí bastante populistas y endebles – sino de analizar las posiciones de ambas formaciones a dos meses de las elecciones generales.

Y en esa línea de salida, el grupo más conservador del Congreso parece estar perdiendo la senda que le guíe al ansiado centro. A pesar de “suavizar” su discurso, en vista de que la ubre conspirativa no da más leche; aún tratando de hincarle el diente al flanco más débil del partido en el Gobierno – la política económica y la exterior, sin olvidar la antiterrorista, de eficacia proselitista probada –, en los últimos días ha quedado patente que, “aunque la mona se vista de seda, mona se queda” y que la campaña electoral va a estar plagada de momentos duros, al igual que el resto del ejercicio. Sobre todo, porque en el seno del Partido Popular se ha abierto, ya sin ambages, una lucha por un liderazgo que nunca estuvo demasiado claro, tras la designación “digital” del Sr. Rajoy a cargo del ex presidente Aznar; y en esa lucha, el sector más próximo al margen derecho se ha llevado el gato al agua, como ha quedado manifiesto tras la riña Aguirre – Gallardón.

El momento para solventar las desavenencias – que son casi históricas – no ha sido el adecuado; y tampoco se ha gestionado correctamente esta “crisis”, que nunca debió salir de los pasillos de Génova, y que puede suponer una seria zancadilla en la carrera hacia la Moncloa, justo ahora, cuando la distancia en intención de voto, según los sondeos, se había reducido drásticamente. Gallardón se ha quedado fuera de las listas electorales, aunque puede arrastrar tras de sí a un buen número de votantes de centro, moderados y representantes de la “otra derecha” de la que el alcalde de Madrid ha sido siempre garante, y que le ha hecho valedor de elogios incluso desde los sectores socialistas más recalcitrantes. A pesar de todo, Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy se han posicionado de manera inequívoca y, tanto en caso de victoria como de derrota electoral – escenario que se contempla como plausible incluso dentro del partido –, los populares sufren los efectos de su particular fuerza centrífuga, que les lanza hacia los extremos y que dificulta una renovación de planteamientos y de activos que cada vez se hace más necesaria. Creo que Aguirre, con intención o sin ella, ha golpeado con dureza en la línea de flotación de Rajoy, quien deberá reponerse pronto, pues la batalla será larga y las posibilidades de victoria, con episodios como éste, parecen más lejanas.

Fdo: Bertuccio