jueves, octubre 30, 2008

LA POLÍTICA EXTERIOR ESPAÑOLA Y EL MERECIDO RECHAZO DEL G-20

No nos merecemos estar en el dichoso G-20, estoy íntimamente convencido. Pero trataré de motivar mi aseveración, para que el lector no tenga la sensación de que se halla ante una malévola diatriba de mal patriota. Aunque un servidor, aclaro, tiene siempre presente una idea: no hay mejor patriota que quien mira a su país y sabe reconocer sus defectos. Del mismo modo que no es buena madre aquella que sólo ve en sus hijos supremas cualidades, sin querer ver ninguna de sus lacras.

Por ello, sí, ratifico: se nos castiga sin G-20 y poco podemos rechistar. Entre otras cosas porque la culpa es solamente achacable a nosotros mismos. La política exterior española de las últimas legislaturas ha sido tan abominable
mente errática que de ella sólo hemos podido obtener sonoros disgustos. O peor aún: espantosos ridículos. A pesar de ser una “potencia” económica, según atestiguan algunos datos, no hemos podido entrar en los exclusivos clubs de la esfera internacional. No formamos parte del G-8, ni se tiene previsto que entremos en el futurible G-13 ni tampoco, como ya se ha mencionado, formamos parte del G-20. Está claro, amigos, que no encontramos el punto G

Si la economía nos sonríe (o mejor dicho, nos sonreía...), es claro, entonces, que es la política lo que nos falla. Y la política, en la esfera internacional, ha sido siempre un factor absolutamente determinante para las relacion
es internacionales, no únicamente vertebradas por el dinero. Nuestros últimos gobiernos, de derechas e izquierdas, han despreciado la diplomacia y la política exterior. Hasta el punto, a veces, de desecharla flagrantemente. Con toda probabilidad, por total ignorancia y necedad. Los partidos mayoritarios no han compartido nunca objetivos en ningún escenario internacional. La descoordinación y la falta de un programa común son totales.

Nuestros últimos ministros de Exteriores reflejan todo lo anterior a la perfección. Muchos no podremos evitar cierto sonrojo al recordar que Abel Matutes (“The Godfather of Majorca”, leí de él una vez en la Vanity Fair norteamericana), Ana Palacio o Josep Piqué han sido nuestros representantes po
r el mundo. O que en la actualidad, nuestro ministro Moratinos pase tan desapercibido en todo el planeta como cualquiera de nosotros, amén de no ser capaz, bajo ninguna circunstancia, de decir algo cuando habla. De decir algo, señores, y no juntar palabras vacuas. Y miedo da que cualquier día de estos, porque toca limpieza general, nuestro Presidente llame a las filas de exteriores a Trinidad Jiménez o López Garrido, auténticos incompetentes en la materia, como ya han demostrado más de una vez.

Y qué decir de nuestros actuales líderes, los que en principio marcan la pauta y agenda… Aún recuerdo cuando Mariano Rajoy acudió al
programa de TVE “Tengo una pregunta para usted”. Allí dijo, ni corto ni perezoso, que Eslovaquia eran uno de los países modelo a los que debíamos imitar. O cuando, meses después, señaló que la política exterior de España en Europa debía imitar al tándem de los Kacinsky polacos, que por entonces hacían de las suyas. Pero los socialistas tampoco se han caracterizado por una política exterior realista en absoluto: Zapatero no ha sabido cuidar sus relaciones con la Unión (¿somos verdaderamente amigos de alguien?), tal y como hizo Felipe González (por cierto, qué casualidad, ahora presidente del grupo de sabios que estudia el futuro de la UE), que hizo de España, en los ochenta casi una potencia de tercera, una eje fundamental de Europa (nos codeábamos con Mitterrand, Khol, Palme…). Como tampoco ha acertado, en absoluto, en América Latina. Ni con Estados Unidos, por supuesto, que todavía nos la tiene jurada. Zapatero ha centrado su discurso en bonhomías excesivamente vagas (Alianza de Civilizaciones) que no han dado resultados concretos, y a estas altunas no ha comprendido que no todo el mundo debe ser tratado de igual a igual, ni tan siquiera respetado. Pensemos, sino, en el diferente trato dado a Obiang en España y en Reino Unido, por ejemplo. Y ya ni abramos el capítulo del vergonzoso capítulo de las Azores, Irak y demás desaguisados. Pero una pista definitiva de que la política exterior no es el fuerte de nuestros líderes, tan mediocres ellos, es la que sigue: ¿alguien recuerda durante la precampaña o campaña electoral una mínima, fugaz mención la política exterior? ¿Cuánto peso tuvo tal capítulo en los debates televisivos que tantos millones de españoles siguieron con morboso interés?

No hemos cuidado, ya señalamos en otras ocasiones, “la marca España”. ¿Qué piensan de nosotros europeos y latinoamericanos? ¿Y sabemos verdaderamente qué opinan de nosotros los norteamericanos que tan siquiera nos saben situar en el mapa? En fin, que se lo pregunten a McCain, fiel representante de buena parte de la clase política norteamericana, que no sabía quién era Zapatero (¿un zapatista? ¡Qué horror!), ni si España era país “aliado”. En definitiva, valoremos, sinceramente, si tenemos credenciales como para presentarnos en algún lugar y que se nos respete como potencia político-económica, que es por lo que reclamamos estos días un sillón en el G-20. Un experimento interesante sería, desde luego, consultar a los principales gabinetes de Exteriores de algunas de las potencias punteras y medianas. ¿Sabrían “explicar” con claridad cuál es la postura española en tal o cual materia? Apuesto mi honrilla a que no, amigos míos. Y eso es lo que nos seguirá condenando a la eterna inopia política en el escenario mundial, por muy ricos y guapos que seamos.

1 comentarios:

Bertuccio dijo...

Una pequeña pregunta que puede, a su vez, incitar a la reflexión: ¿Es sintomático el hecho de que ni el señor Zapatero ni el señor Rajoy sepan defenderse DE VERDAD Y CON AUTÉNTICA SOLTURA en más idioma que el castellano (y el gallego, en el caso de don Mariano)?

Independientemente de la formación, preparación y brillantez del cuerpo diplomático y de lo competente que pueda resultar un ministro de Asuntos Exteriores... si un primer ministro, presidente, mandatario de nivel, en suma, no es capaz de desenvolverse en dos - o incluso más - lenguas, además de la materna, queda patente que le interesa más bien poco lo que sucede más allá de sus fronteras (aunque es sólo una opinión)