Extraño es, he de confesar, el cosquilleo que invade mi sentir cuando, tras seis meses de retiro, se reencuentran mis oxidados pensamientos con esta mi propia revista cibernética. Ya saben ustedes, viejos o circunstanciales lectores, que los reencuentros, sobre todo si son entre aquellos que bien se conocieron tiempo ha, tienen una característica ambivalente: provocan ilusión, pero a la vez también un desasosiego de difícil sostenimiento espiritual.
Sí, me refiero a aquello que, comunmente, suele entenderse como “el no saber qué decir”. Y “el no saber qué decir”, amigos, deriva, dependiendo de cada ser, en discursos de los más variado y variopinto. Si es que tal episodio se da, siempre hay quien opta, y a veces sabiamente, por mantener la boca cerrada, emitiendo un silencio, una callada, que por poder, muchas veces habría de pasar a los anales de la retórica clásica. Y es que el silencio, a veces, es el discurso más elocuente. Pero, como bien les he señalado poco más arriba, queridos lectores, de cada uno depende cómo comportase en la situación en la que yo y mis vagas disertaciones nos hallamos. A este quien les escribe, tras seis meses de ausencia, la opción que le seduce es la de hablar, o sea, no callarse, no provocar más silencios. Prefiero, tras tanto tiempo, obsequiarles con nuevas palabras. Si bien éstas, por el momento, para qué ocultarlo, poco les están diciendo. A la espera están, intuyo, de recibir alguna explicación. Alguna excusa, siquiera, que sacie sus intensas ganas de conocer qué ha tenido a este humilde escribiente alejado de su otrora, y quién sabe si ahora, fiel comunidad de pensadores. En realidad, hay muchas razones, pero a la vez ninguna concreta. Ni siquiera puedo convencerme a mí mismo de que el conjunto de todas ellas lleguen aún a conformar una sola de verdadero peso. Por tanto, sí, decidido está, no voy a tratar de frustrar sus ávidas ansias de saber con fútiles rodeos, con insípidas argumentaciones. Opto, ya les he dicho, por ofrecerles nuevas palabras, aunque todavía nada les estén contando nada de provecho verdadero. Ya se habrán percatado ustedes, sagaces lectores, de que rayando la trigésima línea todavía no saben lo esencial de este discurso: no conocen ni su temática, ni su fin. Les digo, de verdad, que no piensen en ello. Lo que ahora dispongo línea tras línea, repito, no es más que una nueva oferta semántica, una rociada de palabras nuevas, distintas, desconocidas, que les hagan olvidar esa manida y gastada enunciación que durante seis meses ha encabezado estas páginas, aquella que todavía hasta antes de ayer osaba referirse tozudamente a una jornada de esas que, algunos pseudoliteratos, o vayan ustedes a saber quién, dieron en llamar “fiesta de la democracia”.
De verdad, les confirmo, que esta hemorragia verbal aquí desplegada tiene por objeto renovarles las vistas cuando asomen amablemente sus conciencias a esta revista virtual. Ciertamente, este comienzo seguramente provoque desorientaciones varias a más de uno, que todavía se mantendrá a la espera, con todavía algún remanente de ilusión, para saber qué se contará de provecho en tal despliegue verbal. Ante tal actitud, tomo licencia para recordar que, ahora, esto no el que importa. Lo que importaba era decir algo, volver a empezar una relación dejada en suspenso seis meses atrás. Ya se señalaba al comienzo que ante “el no saber qué decir” cabía, o bien callarse, o bien decir algo. En este caso, quien a ustedes se dirige opta por decir algo. Pero en ningún momento, en tal norma general a la que acabamos de aludir, se especifica de qué ha de versar lo dicho. Y puede, claro está, no tener porqué versar sobre nada. Honestamente, recalco, creo que lo importante, a día de hoy, era volver a dirigirles la palabra y borrar de la cuenca de su retina aquello de lo agridulce y lo silencioso. Tocaba, convendrán conmigo, “romper el hielo”, como dicen algunos.
Sigo sin contarles nada, sí. Cabe preguntarse cuantos habrán abandonado ya la estéril lectura de estos párrafos. Y es que algunos, más que las despedidas, deben llevar mal los reencuentros. Aunque, en este caso, tal idea puede ser asumible, me hago cargo de ello. El caso, redundo ya, es decir algo, matar, aniquilar a “el no saber qué decir”. Aunque para ello haya que recurrir a tan mediocres artes discursivas como la aquí ejercitada. Si bien, habría un tal Cicerón, o un Aristóteles, ahora no recuerdo bien, que quizá presente ahora entre nosotros, dijera, tranquilo y lapidario: “aquel hombre que no sea capaz de hablar ininterrumpidamente durante una hora no merecerá ser escuchado”. O algo así. De lo que permito concluir, y acomodar a mis particulares intereses, que saber decir algo, aunque en propiedad nada se diga, también recoge cierto mérito. Ahora bien, no es la intención del que les obliga a continuar la lectura utilizar a los grandes retóricos clásicos para enaltecer su propia estima. De hecho, y como contrapeso, diré que muchos otros grandes oradores, o escritores, han señalado, tan sabiamente como Cicerón o Aristóteles, que quien su discurso termina con una cita, mediocre ha sido su relatar.
Y como este discurso aquí termina, también pueden ustedes, faltaría más, aplicar tal máxima a todo lo aquí expuesto. Espero, amigos míos, fieles o circunstanciales lectores, que este reencuentro de algo les haya servido de algo. Como mínimo, de renovada salutación.
Otro día prometo contarles algo.









4 comentarios:
Cristo!
Eso es llegar con ímpetu o cual elefante en una cacharrería!!. Reconozco que me ha costado coger el hilo. No sé si es un mero ejercicio literario experimental o hay un mensaje detrás del post (que algo me barrunto). De momento es algo nuevo y refrescante, por la misma novedad. De todas formas es un placer tenerte aquí otra vez. No nos dejes... Capullito de Alheli. Un saludo
L.B.
Bienvenido!
Bienhallado!
Bien escrito!
Aunque no sea mucho lo dicho!
Bueno espero tener de nuevo ex-profeso y de nuevo lector jeje! tambien espero espero que todo vaya bien!
por si no lo sabes:
(Santiiii)
http://slirimia.wordpress.com/
abrazos
fidelísimo Lord: ya veo que no has tardado en reaccionar ante tal cháchara, jeje. En realidad, ésta tiene algo de ambas cosas: ejercicio literario y mensaje oculto. Porque, vale, no digo nada pero...¿de verdad que no digo nada?
querido jesús: gracias a ti también por visitar mi humilde lar cibérnetico. espero que los debates vuelvan a florecer por aquí. Desde luego, tal es mi intención y fin. Y... por la madre de todos los corderos!!!!!! ¿¿¿Santi tiene blog y yo sin saberlo??? Pero qué cosas!!! Lo que uno se pierde estando ausente de la red...
abrazos varios.
Jaja, tengo, tengo, después de años insistiéndome al fin tengo algo que decir, y es que mi trabajo me brinda la oportunidad de sumergirme en ciertos temas que por su interés he pensado ir recogiendo en un blog, y ahí que cada uno opine. Por lo demás, y aún abrumado por tu disertación etimológica (jaja), me alegro de que vuelvas por estos lares, por donde yo también espero pasar más a menudo.
A ver si nos vemos en breve, yo empiezo el 4 de octubre, pero no se como andaré.. así que ya hablamos. Un abraazo!!
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