Cuando el Tío Sam hurga en sus principios más íntimos, revisa su mismidad más elemental, el resto del mundo debería, cuanto menos, prestar la mayor de las atenciones, pues tal examen de conciencia siempre irá más allá de la anécdota y a todos nos afectará más de lo que en un primer momento se pueda intuir. Cuando eso ocurre, y está ocurriendo estos días, medio mundo debería contener la respiración y observar ansiosamente las conclusiones y argumentos que de tales reflexiones se deriven. Porque cuando la primera potencia del planeta, política, económica y militarmente hablando, experimenta un debate introspectivo de las dimensiones del que se produce estos días no es algo de lo que el resto de los mortales deberíamos mantenernos al margen.
En los Estados Unidos, llevan semanas, si no meses, discutiendo sobre las causas y consecuencias de la crisis económica internacional, en buena medida germinada en tierra norteamericana a partir de la crisis de las hipotecas subprime de hace ahora un año. Pero el descalabro financiero de las últimas dos semanas ha precipitado el debate. Los principales bancos financieros del país han quebrado, o han estado a punto de hacerlo durante las últimas fechas, y otros de sus “campeones nacionales” sobreviven a la crisis en una situación absolutamente precaria. La economía se frena, y el miedo a la subida del desempleo (pocas veces superior al 5%, esto es, pleno empleo) han obligado a la Administración Bush a tomar seriamente cartas en el asunto.
El gobierno americano ha salvado a más de un banco durante los últimos meses con el dinero del contribuyente. Eran casos aislados, contados, no de la envergadura de las últimas acciones que ha promovido la administración en los últimos días. La quiebra de Lehman Brothers precipitó la última gran decisión del equipo de Bush: inyectar en la economía estadounidense, donar a los Bancos, más de 700.000 millones de dólares. Una cantidad astronómica, gigantesca. Del calibre de lo que se lleva gastado en la guerra y ocupación de Irak. Presenciamos una carísima operación rescate por parte de la Reserva Federal de los principales agentes financieros y empresas del país. Una intervención estatal en toda regla. No hay precedentes similares desde el New Deal de Roosevelt.
El debate arrecia, al igual que durante los primeros duros años treinta. Tanto republicanos como demócratas discuten si tal medida estatal, intervencionista, socava las esencias mismas de la idiosincrasia estadounidense, asentada en el libre mercado, en un “estado mínimo”, casi invisible a la hora de regular la economía doméstica. Los favorables a la m
edida puesta en marcha aseguran que ésta es “temporal”, e implementada con el ánimo de evitar un mayor “desastre económico nacional”, que terminaría debilitando, incluso, el estatus norteamericano como potencia del mundo. Aseguran que el dinero del contribuyente no se despilfarrará. Los detractores, sin embargo, casi todos firmes defensores del modelo neoliberal, se han escandalizado histriónicamente en público. Han tachado el plan de “socialista” y de “antiamericano”. Y probablemente en muchos casos esos son los dos peores calificativos que se puedan dedicar a alguien en los Estados Unidos. En determinados ambientes, no se deben de alejar mucho del rango del verdadero insulto. Son, de hecho, exactamente los mismos epítetos con los que se recibió al New Deal y se obsequió a Roosevelt hace casi 80 años. En eso, parece evidente, Estados Unidos apenas ha cambiado. Ni pretende hacerlo, seguramente.
Lo que se debate en EE.UU., por tanto, adquiere gran relevancia. No solamente, como piensan algunos, porque se trate de un interesante debate interno justo antes de las elecciones presidenciales de noviembre. No. Este no es un episodio más de la carrera electoral. Considerarlo así degradaría la cuestión injustificada y equivocadamente. Esta es una mera coincidencia circunstancial, sin más. Lo que en EE.UU. se debate es cómo hacer frente a la crisis, qué salidas plantea y permite el modelo capitalista que precisamente ha sido detonante de la misma. Se habla y discute encarnizadamente sobre el modelo, el sistema. Se están aireando sus flaquezas e inconvenientes, lo cual, normalmente, resulta todo un anatema. Hasta los candidatos a la Casa Blanca han suspendido sus campañas para detenerse a observar la cuestión junto al Congreso y el Gobierno. Porque saben que la crisis la heredará alguno de ellos. Y han aparcado sus intereses partidistas para estudiar y tomar postura sobre asuntos sensibles: ¿debe el Gobierno sufragar, con el dinero de todos, la quiebra de los ricos? Si Estados Unidos es el país del “dejar hacer” en economía, ¿por qué intervenir ahora, no es ésta la gran incoherencia? En un país sin garantías sociales para los más desfavorecidos, ¿conviene acudir en la ayuda de los que más tienen? ¿Por qué el gobierno salva a unas empresas y a otras no? ¿Cabe aceptar este tipo de medidas “socialistas”? ¿Son éstas la solución a la crisis, o el mercado se recuperará por sí solo, “dejándole hacer”? ¿Sigue, irremediablemente, la economía dominando sobre la política? ¿Puede que ahora sea al revés? Cuestiones capitales son éstas las que tienen ocupados a los políticos estadounidenses.
Eso sí, que nadie espere que de aquí se renueve el modelo económico yanki. No van a renunciar a ello, forma parte de su naturaleza. Seguirán defendiendo el liberalismo extremo. Y lo harán con sus incoherencias clásicas: aplicándolo y defendiéndolo cuando interese. Apoyarán los aranceles en algunos lugares, en algunos sectores; seguirán blindando su mercado a terceros según convenga; o tendrán que aceptar, en momentos de flaqueza, la intervención estatal directa. Los antiamericanos siempre verán en estas prácticas malévolas y diabólicos procederes. Sin embargo, más allá de ello, debemos reconocer que es en los Estados Unidos donde este tipo de debates alcanza verdadero empaque. En Europa, el debate, muchas veces maniqueo, adolece de superficialidad. España, como siempre, es un claro ejemplo de ello. Europa está a merced de las decisiones a tomar por el tío Sam (no en vano, observemos las reacciones nuestros mercados bursátiles al respecto), le sigue a rebufo. Que se lo pregunten, sino, al BCE, que más de una vez sus decisiones se han mediatizado extraordinariamente en función de la actitud de la Fed, incluida su última inyección de Euros. Europa, además, apenas alcanza a lograr un limitado acuerdo de mínimos sobre medidas comunes a tomar. Y desde luego, la prioridad de nuestros políticos, en contra de los estadounidenses, no pasa por analizar profundamente la cuestión. En el viejo continente, sobre todo en algunos países, se prefiere jugar a saber quién tiene la culpa de lo que ocurre, como si existiera un único malhechor al que poder demonizarle para sacar por ello algún rédito electoral.
Estados Unidos, aun que escueza a más de uno, nos está dando una lección política, de interés general. Recordemos que la campaña electoral se ha suspendido. Como decíamos al comienzo, deberíamos prestar más atención a lo que allí se habla. Ellos han optado por coger el toro por los cuernos, se han sentado a hablar, a discutir, a pesar de las diferencias, y han puesto el debate en primera línea, en la calle. Allí los ciudadanos debaten sobre qué deberían hacer con su dinero. Aquí, en Europa, Comisión, Parlamento y otras instituciones están absoluta y vergonzosamente perdidos, y a merced, como siempre, de lo que ocurre al otro lado del charco. Si tenemos que confiar en que el gran pusilánime, Trichet, o a que los Veintisiete (sí, veintisiete países!) se pongan de acuerdo en tomar medidas, la crisis, ya de puro aburrimiento, se habrá marchado.
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Actualización,
Según las últimas informaciones, la ayuda de 700.000 millones de dólares
está en suspenso, congelada. Durante esta madrugada, hora española, la reunión entre Gobierno y los candidatos a la Casa Blanca de ambas partidos no han alcanzado un acuerdo que ratificara el plan Bush. La oposición proviene del propio partido del Presidente.
Tal y como explicábamos en el artículo, los neoliberales, mayoritariamente republicanos, siguen mostrándose extraordinariamente reticentes ante una medida intervencionista de tal calibre. Según algunos detalles que han trascendido, ha sido el propio John McCain, que en principio había dado luz verde a la operación rescate, el que ha puesto el “no” sobre la mesa.
Por el momento, los mercados europeos han abierto sesión con ostensibles pérdidas, cuando solamente se lleva una hora de sesión. Lo cual confirma, efectivamente, que el mundo entero está pendiente de las acciones a tomar en los Estados Unidos para desatascar su sistema financiero. Y que Europa está a merced de las medidas norteamericanas, lo cual no hace más que poner de manifiesto su inferioridad y debilidad respecto al gigante americano.









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