Cualquier nación que se precie como democrática y saneada desde el punto de vista ideológico, debe asumir como imprescindible la presencia, en la arena política, de una fuerza conservadora responsable, cuyos planteamientos, valores y líneas de acción no tienen por qué ser compartidos, aunque sí deben considerarse como irrenunciables para el buen funcionamiento del sistema. Sin la existencia de varias fuerzas que se intercambien propuestas constructivas y puntos de vista contrarios, que vigilen el buen hacer del oponente, con el punto de mira alejado del sillón presidencial, es imposible – como hemos comprobado tristemente en la legislatura que concluye – desarrollar iniciativas provechosas para los intereses del país. Al menos sobre el papel, el planteamiento es correcto, aunque de imposible aplicación real.
Por otro lado, las dos fuerzas políticas mayoritarias en España, enfrentadas secularmente por programáticas, principios y tradición histórica, han iniciado desde hace tiempo una constante e imparable búsqueda de un “centro” que les aleje de posiciones demasiado polarizadas. Es bien sabido que los extremos no son nada buenos, por lo que los partidos mayoritarios, PP Y PSOE, tratan desesperadamente de encontrar una posición intermedia en el espectro ideológico, una atalaya que permita acoger al mayor número de votantes posible, al mismo tiempo que tachan al contrincante de inmoral, radical y “rompe patrias”. No se trata de desmontar estos últimos argumentos – de por sí bastante populistas y endebles – sino de analizar las posiciones de ambas formaciones a dos meses de las elecciones generales.
Y en esa línea de salida, el grupo
más conservador del Congreso parece estar perdiendo la senda que le guíe al ansiado centro. A pesar de “suavizar” su discurso, en vista de que la ubre conspirativa no da más leche; aún tratando de hincarle el diente al flanco más débil del partido en el Gobierno – la política económica y la exterior, sin olvidar la antiterrorista, de eficacia proselitista probada –, en los últimos días ha quedado patente que, “aunque la mona se vista de seda, mona se queda” y que la campaña electoral va a estar plagada de momentos duros, al igual que el resto del ejercicio. Sobre todo, porque en el seno del Partido Popular se ha abierto, ya sin ambages, una lucha por un liderazgo que nunca estuvo demasiado claro, tras la designación “digital” del Sr. Rajoy a cargo del ex presidente Aznar; y en esa lucha, el sector más próximo al margen derecho se ha llevado el gato al agua, como ha quedado manifiesto tras la riña Aguirre – Gallardón.
El momento para solventar las desavenencias – que son casi históricas – no ha sido el adecuado; y tampoco se ha gestionado correctamente esta “crisis”, que nunca debió salir de los pasillos de Génova, y que puede suponer una seria zancadilla en la carrera hacia la Moncloa, justo ahora, cuando la distancia en intención de voto, según los sondeos, se había reducido drásticamente. Gallardón se ha quedado fuera de las listas electorales, aunque puede arrastrar tras de sí a un buen número de votantes de centro, moderados y representantes de la “otra derecha” de la que el alcalde de Madrid ha sido siempre garante, y que le ha hecho valedor de elogios incluso desde los sectores socialistas más recalcitrantes. A pesar de todo, Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy se han posicionado de manera inequívoca y, tanto en caso de victoria como de derrota electoral – escenario que se contempla como plausible incluso dentro del partido –, los populares sufren los efectos de su particular fuerza centrífuga, que les lanza hacia los extremos y que dificulta una renovación de planteamientos y de activos que cada vez se hace más necesaria. Creo que Aguirre, con intención o sin ella, ha golpeado con dureza en la línea de flotación de Rajoy, quien deberá reponerse pronto, pues la batalla será larga y las posibilidades de victoria, con episodios como éste, parecen más lejanas.
Fdo: Bertuccio








3 comentarios:
Muy objetivo, sobre todo los dos primeros parrafos, estoy totalmente de acoerdo con ellos, y eso que soy profundamente de izquierdas, lo que propones es dificil de conseguir pero es lo que necesitamos, y en las urnas debemos intentar demotrarlo.
Lo que no veo claro es que lo de Gallardon influya en gran manera en el resultado final, ya se verá, pero hubo otras situaciones a lo largo de esta legislatura, que me temo influiran bastande en la disputada la victoria.
Un saludo
Querido Jesús:
Es cierto que, con total probabilidad, el affair de Gallardón termine diluyéndose en la campaña (que será muy larga). No obstante, a pesar de no influir para nada en el resultado final, sí que creo que es muestra de una tendencia que es, al mismo tiempo, ejemplo de la corriente de fondo dominante en el partido de la oposición que no favorece a sus intereses. Pongamos la vista en el mañana, un poco más lejos del 9M. Se trata del futuro del PP y de una renovación de planteamientos que, sin ser traicioneros con sus prinicpios logren una renovación que les otorgue una posición ventajosa para hacerse con el poder, que, tal y como están las cosas, me parece complicado, aunque los resultados seguramente serán ajustadísismos. Un saludo y gracias por el comentario.
querido Bertuccio, se te echaba de menos por estos lares. Bienvenido de nuevo.
Y estoy de acuerdo contigo, nos espera una campaña dura, dura. Tanto o más que la del 93, por ejemplo. Lo triste es que el PP está en condiciones de pelear por la Moncloa después de la deshonesta labor opositora que ha llevado a cabo.
Y el PSOE, buf, cada vez peor. Me parece que también está equivocándose de estrategia y de contenidos. Creo que venderán solamente humo.
Estemos atentos.
Abrazos.
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