lunes, diciembre 31, 2007

HEMOS VUELTO A FALLAR

Otro año más para engordar los anales de la peculiar Historia de la Humanidad. Termina el 2007, y como siempre, es hora de hacer balances de todo tipo y condición. Alimentando una vez más nuestra autocomplacencia, no tenemos la gallardía suficiente como para reconocer que, en general, como sociedad, el debe vuelve a superar al haber. Nos gusta regodearnos en lo bien hecho, aunque sea poco, y ocultar nuestras indecencias en el más profundo de los olvidos. No vaya a ser que un ataque de racionalidad transitoria fulmine nuestras almas y nos suma a todos en hondas depresiones. No, claro, eso no estaría bien.


Es mejor seguir como siempre. Terminar el 2007 brindando y comenzar el 2008 de borrachera. De éxito, claro. Y si cuando culminamos una etapa hacemos balance, en los albores de la otra queremos enternecernos mutuamente con toneladas de buenos deseos y decorosas intenciones. Sin atisbar los negros nubarrones que se ciernen sobre el horizonte. En definitiva, balances y proyectos pecan a la vez de excesivo éxito y optimismo. A título individual, por supuesto, cada uno responderá de sus propias cuentas. Annus magníficus o annus horribilis, cada uno estimará al 2007 según sus circunstancias. Yo, desde luego, y sin lugar a dudas, me identifico con el primer término. Y, como no tengo tendencia autodestructiva, deseo lo mismo para el 2008.


Aún así, sé que como sociedad hemos vuelto a fallar. Le he vuelto a fallar. Repaso el 2007 mentalmente, veo resúmenes de prensa, contemplo sus imágenes, escucho sus sonidos… y dan ganas de echarse a dormir y de no despertar jamás. Hibernar hasta que todo se arregle. Porque alguien tendrá que arreglar esto. ¿Dios? ¿La Naturaleza? ¿E.T.? No sé, da igual. Quien sea. Pero no el hombre. Ahora mismo no se puede ser optimista respecto a nosotros mismos. Quien lo sea, felicidades por su bonhomía y su “optimismo antropológico”, pero, con el respeto debido: ¿de verdad vive en este mundo?


Y si echamos una mirada a nuestro humilde terruño llamado España, las cosas llegan a desquiciar. Algunos han querido que el 2007 pasara a la historia como el de la recuperación del espíritu nacional, ensalzando trapos rojigualdos por las cuatro esquinas mientras el siniestro palomo franquista echaba de nuevo a volar por nuestras calles. La derecha se agarra a los extremos, habla de épocas “apacibles” y de que cualquier tiempo pasado fue mejor, antes de este injusto y “estalinista” paréntesis. “Que no tocaba”, dicen. Algunos revisionistas intoxican a millones de personas orquestando mentiras e inventando una nueva historia, o más bien repitiendo la misma que impusieron a punta de pistola durante cuarenta años. Sí, es verdad, a España no la conoce ni la madre que la parió, pero creo que en términos distintos a los que se pensaba por aquel entonces. Madrid se infesta de fascistas violentos y de antifascistas que lo son tanto o más. Gigantescos carteles inundan las paredes de las calles principales con retratos de fascistas bajo el lema “¡Presente!”. Hacía décadas que no proliferaban en tal medida semejantes oprobios, me dicen los lugareños. Impensables en cualquier otra democracia circundante. ¿A qué se espera para ilegalizar todo esto, penar todo esto? Sí, que empiecen pagando, por ejemplo, aquellos conspirativoparanoicos que todavía en 2007 quisieron tumbar al estado de derecho con sus viperinas lenguas.


La política es un desastre. La derechona se hace fuerte porque la izquierda no carbura. Ha perdido gas, se tira al centro. Busca ampliar mercado, como cuando una estrella de rock se traiciona a sí mismo y se “poperiza” para llenarse los bolsillos. La izquierda no tiene ideas ni proyectos. Ni preparación. Claro, ellos hicieron de la educación un barco sin rumbo fijo. La estropearon, y hoy tenemos las consecuencias. Pero da igual, lo importante es que los chavales (que no sean del 30% de fracasados) tengan un título de licenciado, aunque no sepan hacer la “o” con un canuto o no comprendan las instrucciones de unas zapatillas (sí, esta era la prueba de lectura del informe PISA). Y si puede hacerse funcionario y dar clase mejor que mejor. Pero antes de eso, lo mejor es organizar macrobotellones con la venia de algunos ayuntamientos. Somos el país de Europa (y en realidad del mundo, supongo) que más bares tiene por habitante. Y el que proporcionalmente más cocaína consume. ¡Arriba España!


Y de cara al 2008 las cosas irán a peor. Hay elecciones, no lo olvidemos. Aunque se compensarán con la Eurocopa y se nos olvidará todo. Por cierto, ¿estrenarán himno nuestros machotes? Ya se sabe, quien no lo cante con orgullo testiculino, nacional, unitario, familiar, cristiano y heterosexual, es sospechoso de ser un rojo infame. Fuera de España, las cosas también irán a peor. El mundo se desmorona, la Tierra dice basta. Pero da igual. La misma indeferencia que nos crean África, los Derechos Humanos… y todas esas cosas complicadas que dan tanto que pensar a los intelectuales. Sí, esos que nos aburren y que escriben en unas hojas que se llaman libros, o algo así.


También seguirá acrecentándose un fenómeno peligroso, desazonador y oprobioso. El número de personas que no hablan de política “porque no les interesa”, “les aburre” o “porque es lo de siempre”. No se mojan porque “no merece la pena” o “porque son todos iguales”. Esto es una plaga. La política es más que ZP o Rajoy, trasciende más allá. Es necesario el debate social, en los bares y en las tabernas, en las universidades y en las peluquerías. No se habla de la verdadera política porque supone reconocer los errores, las limitaciones y las penurias que tenemos como sociedad humana, y nadie quiere enfrentarse a la parte que le toca. Los grandes temas de nuestro tiempo están pasando desapercibidos a ojos de nuestras comunidades. Pagaremos por ello. Será tarde cuando queramos detenernos a analizar la cuestión y buscar posibles salidas.


¿Por qué siempre obviamos lo molesto? ¿Por qué siempre los buenos deseos y nunca los exámenes de conciencia? ¿Por qué somos tan escapistas? ¿De verdad somos tan simples? ¿Por qué no hablamos de las cosas? ¿Tanto molestan? ¿Es que sólo existen las felicitaciones y nunca las desaprobaciones? ¿Por qué, al hacer balance de lo que somos y hemos hecho, nos seguimos engañando a nosotros mismos? Queridos amigos, fieles lectores. Piensen en todo ello mientras lo pasan bien con sus familias y sus amigos. A las puertas del 2008, brinden por sus ustedes y los suyos. Sean humanos. Pero, por favor, reserven el intelecto suficiente como para saber que esto no es más que un espejismo. Que más allá de nuestra efímera y personal felicidad, el mundo se tuerce irremediablemente. Por lo menos, seamos inteligentes y no nos pasemos de listos antes de tiempo con inmejorables pensamientos para el 2008. La sociedad ya no funciona. Volverá a fallar.


A pesar de todo, amigos míos: FELICES FIESTAS.



domingo, diciembre 02, 2007

HUIR DE LA RESPONSABILIDAD

Ha tenido que morir una persona para que en este país “de pandereta” se suscite un debate serio sobre la telemierda. Porque en España, ya se sabe, somos expertos en eso de actuar siempre a posteriori. Las neuronas no nos dan para más.

Alguien dirá que es imposible predecir una desgracia semejante a la del caso Svetlana, promovida en buena parte por los engaños y argucias que utilizan las televisiones comerciales españolas para engordar con basura sus programaciones. Métodos gansteriles patrocinados por los de siempre, Carlotti, Vasile y compañía, para entontecer y agilipollar a las masas, vendiéndoles morbo, riesgo y desgracias, siempre ajenas claro, óptimo todo esto para el voyeurismo irreflexivo. Pero no, tal punto no es cierto, claro que casos de estos son predecibles. De hecho, no hay nada nuevo. Ha pasado ya varias veces en España y otros países. Consúltese la hemeroteca cibernética para comprobarlo. Y seguirá ocurriendo de vez en cuando y de nuevo nos echaremos las manos a la cabeza. Es más, ¿no era a Antena 3 la que ya le ocurrió lo del caso Ana Orantes?

El presente artículo no aboga por analizar ningún caso concreto, ni por hablar de telebasura ni por atacar poderosamente a las televisiones. De todo ello se ha escrito más que suficiente en la última semana y de mayor calidad que lo aquí podamos añadir. El objeto de estas líneas es muy sencillo: la de hacer, simple y llanamente, una llamada a la responsabilidad. Porque es precisamente la escandalosa ausencia de ésta la que suele provocar todo tipo de catástrofes en cualquiera de los órdenes de la existencia humana, no sólo en las televisiones. Porque muchos actúan irresponsablemente, trayéndoles sin cuidado las consecuencias de su trabajo, opiniones o actuaciones. Eso es lo que pasa con los medios de comunicación de masas en general, que no alcanzan aún a entender cuál es su cometido y trascendencia. Ni siquiera comprenden que, en un mundo cada vez más complejo, sus errores e impericias ya no son tan aparentemente inocuos como se creía hasta ahora. Sus insensateces pueden salir caras.

Y hay medios de comunicación de masas que no son televisivos. Véase, por ejemplo, los libros. La literatura de una sociedad nos ayuda a comprenderla y, entre otras cosas, a intuir el grado de desarrollo moral e intelectual que la caracteriza y a reconstruir su propia historia. Y casi para predecir su futuro. Por tanto, se entiende que la literatura, el escribir libros, ha de ejercerse con responsabilidad y cordura. Pero algunos ya no lo entienden así. En la contraportada de El País del pasado 30 de noviembre, leemos una entrevista en la que la protagonista, una escritora de literatura infantil, dice, desvergonzadamente, lo que sigue (extracto de la entrevista):

(…) La Emperatriz de los Etéreos narra la peripecia de Aer y Bipa, un chico y una chica que viven en un mundo de hielo. En el viaje en busca del Palacio de la Emperatriz, los personajes van dejando de comer, de beber, quedando cada vez más delgados, más pálidos. “Si quieren relacionarlo con la anorexia, podrán hacerlo, pero tenía que ser así. Yo no soy una profesora. La gente supone que los autores de literatura infantil tenemos la obligación de educar, pero no, estamos para escribir nuestras historias, yo sólo planteo preguntas”.

Palabras irresponsables e indecentes, de las que sólo pueden derivarse dos razonamientos. Si la novela no tiene por qué educar al niño, entonces o lo deseduca, lo que suponemos que no pretende la bienintencionada susodicha, o simplemente la novela no es más que un puñado de palabras sin significado, pues cuando algo se escribe algo se quiere decir, y el discurso cuenta con un significado. Cualquiera de las dos opciones es mala. Una hace que la escritora sea detestable y la otra una mediocre incalificable. Una historia educa en un sentido o en otro, bondadoso o perverso, pero nunca puede estar vacía de significado. Esto último es algo absolutamente imposible. A no ser que, en lugar de una historia, el texto no sea más de una mera descripción de acciones, con lo cual ya no estaremos hablando de una historia, y por tanto el objeto y naturaleza de la obra ya es distinto. Así pues, los escritores son educadores, máxime cuando se trata de aquellos que tienen como público a los niños. Los que rechazan dicho estatus son irresponsables y egoístas, queriendo sólo hacerse ricos a base de explotar las inmaduras mentes infantiles. Como dice la escritorilla, ella está para “contar sus historias”, lo demás le importa un rábano. Ya se dice en la entrevista que va para la J. K. Rowling española.

La influencia de escritores, periodistas y comunicadores en general debería ser directamente proporcional a la carga de responsabilidad de la que se hacen cargo cuando aceptan su profesión. Porque tener influencia, y ejercerla sin responsabilidad, resulta ser un mero atentado al sentido común y un problema de orden social de gran envergadura, peligro en potencia. Acabamos de ver los posibles resultados durante estos días.

Así que, el que quiera huir de toda responsabilidad en la vida, casi mejor que se retire del mundo real, tome los hábitos y entregue su vida a Dios, así ni se preocuparían de sí mismos. El Altísimo se encargaría de todo.