jueves, septiembre 27, 2007

UNA ACTITUD ENCOMIABLE Y EJEMPLAR

Como bien sabrán los asiduos lectores de este foro periodístico, Ex Profeso no tiene por norma propagar textos de terceros en su totalidad. La pretensión de esta publicación cibernética consiste en elaborar discursos originales, si no en su totalidad, sí en su esencia, sirviendo otros contenidos como una cita complementaria. Ex Profeso no pretende convertirse en una simple revista de prensa, acrítica recolectora de palabras ajenas.

Si embargo, la noticia que aportamos a continuación bien merece nuestra plena atención. Léase (y/o véase, si se prefiere):

Santana Lopes se ofende con José Mourinho

El ex primer ministro luso abandona una entrevista tras ser interrumpido para informar de la llegada del entrenador del Lisboa.

MIGUEL MORA - Lisboa - 27/09/2007

Eran las 22.41 de anoche y Pedro Santana Lopes, ex primer ministro portugués, trataba de ahondar en las causas y consecuencias de la división interna que vive su partido, el Partido Social Demócrata, cuando fue interrumpido por la presentadora de la cadena privada de cable SIC Noticias. La periodista Ana Lorenço, pidió disculpas al político y dio paso a una conexión con el aeropuerto de Lisboa, adonde llegaba en ese momento José Mourinho desde Londres.

Ante la cara de sorpresa de Santana, entró la conexión con Portela, que duró tres minutos. El periodista desplazado al lugar de la noticia, Pedro Freitas, explicó que el ex entrenador del Chelsea había llegado muy cansado y sin querer hacer declaraciones. Ya de vuelta al estudio, la presentadora dijo: “Dejemos entonces descansar a José Mourinho”. Y trató de retomar la entrevista con el ex primer ministro.

-Estábamos….

-¿Sabe dónde estábamos realmente?, preguntó Santana

-Sí…

-¿Y usted cree que se justifica la interrupción?, disculpe la pregunta, -añadió el político. José Mourinho es más importante que todos nosotros, sin duda ninguna. Y su llegada pone al país en delirio. Y estos problemas de los partidos y la política no interesan nada a la gente. (…)

“Ustedes me han invitado a venir”, prosiguió Santana Lopes, “y yo he venido aquí con sacrificio personal; pero he sido interrumpido para ver la llegada de un entrenador de fútbol. Creo que el país está loco, perdone que le diga, con todo respeto, y por tanto no voy a continuar la entrevista. Creo que la gente tiene que aprender. ¿Tá bem?”.

Hoy mismo, el ex-primer ministro ha asegurado a la agencia Lusa haber recibido “llamadas telefónicas de solidaridad, especialmente de políticos y empresarios”. Y ha explicado: “A mí no me interrumpe un entrenador de fútbol. Todavía si fuese un acontecimiento importante del país, del mundo, que justificase... El Presidente de la República, el primer ministro, pero un entrenador de fútbol... Y a mí me gusta José Mourinho...”.

Lorenço ha justificado la interrupción en “criterios editoriales”, y ha afirmado que no hubo ninguna intención de faltar al respeto al diputado social demócrata. Según ha dicho Ricardo Costa, director adjunto de información de SIC (cadena que forma parte de Impresa, el grupo de medios del fundador del PSD, Francisco Pinto Balsemão), la reacción de Santana fue “inusitada y desproporcionada”.

“SIC no falta al respeto a sus convidados ni a los telespectadores”, dijo Costa, para quien la llegada de Mourinho “era un acontecimiento que también marcaba la noche”.

(El País)

Ex Profeso apoya incondicionalmente la decisión de Santana Lopes. Los límites de la cordura ya difícilmente soportan la insensatez periodística desplegada por algunos. Si bien, desgraciadamente, la visceral lección del ex primer ministro portugués quedará reducida a una simple anécdota propia, dirán algunos, del vulgar egocentrismo del político, evadiéndose la incomodísima reflexión a la que dicha actitud tendría que impulsar a los medios de comunicación y a la sociedad en su conjunto.

martes, septiembre 25, 2007

SONRISAS DESDE EL INFIERNO

El ser humano está condenado a una eterna huida hacia delante. Intenta escapar de las pesadillas que él mismo se ha afanado en generar, ansiando dejarlas atrás, borrarlas de la memoria colectiva, para así, engañándose a sí mismo, esconder sus penurias y miserias. Se trata, en definitiva, de autoindultarse, de redimir sus espurios actos. Incluso a veces, alentado este impulso por el desagradable escapismo que caracteriza a nuestras sociedades y por la evidente falta de responsabilidad histórica que nos embarga, el intento está bien cerca de fructificar.

Por suerte, de cuando en vez surge algo que ayuda a que el pasado nos alcance de nuevo y golpee nuestras endebles moralidades con inusitado retumbo. Es lo que ha ocurrido hace unos días con la publicación de unas clarividentes fotografías. Fueron tomadas a partir de la segunda mitad del año 1944 en el campo de concentración nazi de Auschwitz-Birkenau, en la Polonia ocupada. Probablemente pertenezcan a la colección personal de Karl Höcker, un oficial ayudante del máximo responsable del campo, Richard Baer. Ambos fueron miembros de las infames Schutzstaffel (SS).

Normalmente, la publicación de cualquier tipo de material audiovisual o fotográfico que tenga que ver con la maquinaria genocida de la Alemania hitleriana suele retratar lo más descarnado del Holocausto. Sin embargo, la novedad aportada por la nueva colección de instantáneas ilustra algo que, a pesar de intuirse, no había sido posible refrendarlo en imágenes: el cinismo, la impudencia, la flaqueza moral y la tiranía de los verdugos. Sonrientes y ufanos, su actitud nos impacta tanto o más que todo lo visto sobre Auschwitz hasta la fecha. Observamos las escenas cotidianas del personal militar y burocrático del campo con irritada estupefacción. No se ven cadáveres, ni columnas de humo. Sólo individuos disfrutando de su tiempo de asueto, organizando un picnic, tomando el sol o jugueteando con el perro. Todo ello a escasos metros de los barracones donde, con malvada y escalofriante escrupulosidad, morían miles de personas todos los días. ¿Cómo, entonces, llevar una vida aparentemente despreocupada? ¿No sentían el más mínimo aturdimiento moral? ¿No dormían mal por las noches? ¿No temían siquiera el castigo divino? ¿Es que no olían el gas, la putrefacción, la muerte?

Tachémosles de locos, pero no lo eran. Creamos que no eran humanos, pero lo eran. Pensemos que no sabían lo que hacían, pero también nos equivocaremos. Como erraremos si nos convencemos de que tan abominable episodio no podría repetirse. Conviene que mantengamos un mínimo de pesimismo y no confiar en nuestra propia especie más allá del mínimo exigible para seguir sobreviviendo. O por lo menos, ésta es una enseñanza que nos lega nuestra propia historia moderna. De lo contrario, olvidando lo que nos ofusca y enfundándonos de nuevo en nuestra autocomplaciente existencia, estamos abocados al desastre.

De cara a las generaciones anteriores, el olvido sería una indecente falta de sensibilidad y respeto. Pensando en las futuras, una irresponsabilidad inconmensurable. De cara a la nuestra, el olvido sería uno de los más terribles actos de egoísmo jamás cometido.

domingo, septiembre 09, 2007

SIN TIEMPO PARA PENSAR

Hacer buen periodismo es algo extraordinariamente difícil.

Las razones por las que disponemos tan severa afirmación son varias y también variopintas. Quizás las segundas resulten en su narración más amables y provoquen en el lector mayor esparcimiento e hilaridad por el extenso anecdotario que podemos reunir si aquí las relatáramos. Quizá algún día, en Ex Profeso, alimentemos las curiosidades de los fieles a esta bitácora describiendo desenfadadamente algunas de ellas, basadas, por supuesto, en la experiencia del que escribe. Pero son las primeras razones, las varias y no variopintas, aun siendo de árido entendimiento para algunos, las más importantes y en las que aquí nos centraremos.

El arduo trabajo periodístico se hace complicado, en primer término, por el inmedible e inconcreto fin que persigue: hacer que la audiencia, en su idea más extensa, comprenda, asimile y aplique los conceptos necesarios para entender el mundo que le rodea. Como diría uno de mis compañeros de promoción, de inestimable brillantez: “el periodismo es hacer el mundo inteligible”. Si tal es nuestra misión, entiéndanse nuestras dificultades. El fin es propio de superhéroes. Y más conociendo bien el mundo que nos ha tocado “entender”.

Resulta evidente que la audiencia es eminentemente heterogénea, lo que añade grandes incertidumbres al periodista, planteándole cuestiones de respuesta imposible o, en el mejor de los casos, imprecisa. Por supuesto, las dudas a las que nos referimos poco tienen que ver con las argüidas por algunos académicos mediocres (ambos, variopintas y variopintos), que consideran que el pitido de un claxon podría adulterar gravísima e irremediablemente nuestro ejercicio. Como ya dijimos que lo variopinto lo dejábamos para otro día, no ahondaremos en ello. Sí subrayamos que las verdaderas dudas tienen que ver con el tratamiento de la información, con la profundidad de nuestra reflexión (porque sí, el periodista no sólo informa, también reflexiona), con el grado de parcialidad de nuestro discurso (pues no todos deben ser imparciales), con lo que queremos enseñar a nuestro público (si el periodista no aporta nada, su trabajo resulta estéril), con el grado de interrelación que conseguiremos en la mente de nuestro receptor entre uno y otro hecho noticioso y también, y esto no suele reconocerse públicamente, con el grado de capacidad propia con el que contamos para elaborar un buen trabajo periodístico concreto (¿o es que el periodista es experto en todo?). Tales son las dudas que asaltan al buen periodista antes de enfrentarse a su trabajo.

Hemos dejado para el final una cuestión que, si bien se antojaría secundaria, la rutina periodística y las exigencias de la Sociedad de la Información han provocado que su importancia predomine en exceso: el tiempo. ¿Cuánto tiempo es necesario para plantear y responder satisfactoriamente a todas las variables que acabamos de exponer? Por supuesto, no hay respuesta con números redondos. Sin embargo, el tiempo, en el periodismo, resulta extremadamente crucial. La calidad suele estar directa y proporcionalmente relaciona con éste. De ahí que se concluya que la velocidad a la que los medios de comunicación se ven obligados a trabajar sea absolutamente contraproducente, viéndose las consecuencias fácilmente: superficialidad en el tratamiento, datos incorrectos y de aplicación incomprensible y una imperdonable inconexión entre diferentes relatos.

Pero, ¿por qué esta velocidad, por qué trabajar con prisas? Varias podrían ser las respuestas y ninguna excesivamente concluyente. El mundo globalizado ha generado por sí mismo nuevas corrientes de información que inundan las redacciones con toneladas de datos y noticias en tiempo real, resultando imposible su adecuado tratamiento. Esa contemporaneidad ahoga al periodista, más cuando ocurren decenas de hechos similares simultáneamente. Y la respuesta que se ha “consensuado” ante semejante alud probablemente no sea la mejor: dar salida, cuanto antes, a este flujo informativo. Y si se es el primero, tanto mejor. Lo que supone obviar, por supuesto, todo el ejercicio reflexivo que proponíamos líneas arriba.

La otra gran razón que se aduce para trabajar a tan supersónicas velocidades viene de las exigencias de la propia audiencia. El público se ha acostumbrado a tener información casi simultáneamente al hecho acaecido. Inconscientemente, ha apostado por la inmediatez antes que por la rigurosidad y la calidad (que sólo se gestan a partir de la mesura temporal). Esto es claramente observable ante hechos extraordinarios y de ingente importancia social. Se quiere saber, y se quiere saber ya, en el momento. Probablemente las rectificaciones se sucedan constantemente, como ocurre muy a menudo durante el velocísimo relato de estos episodios. Pero, a la sazón, parece que resulta indiferente, pues lo que cuenta es contar algo. ¿Merece la pena sosegar nuestro relato para ganar en calidad, acierto y rigurosidad? Sin duda. Pero, ¿está dispuesta nuestra Sociedad de la Información a que así sea? Probablemente no. Es así como lo medios compiten en velocidad, olvidándose de que el periodismo se asemejaría más a una carrera de fondo.

En definitiva, el periodismo requiere pensar. Pensar en una multitud de variables y coyunturas que no pueden obviarse de la producción periodística. Sin embargo, incomprensiblemente, no hay tiempo para ello. La complejidad informativa de nuestra era requiere, más que nunca, de tiempo para la reflexión. En ello radica buena parte de la profesionalidad periodística y, sobre todo, de la responsabilidad e importancia de un oficio que sobrepasa lo intuitivamente supuesto por la mayoría. En ello está la diferencia entre regurgitar datos y explicar las noticias, entre la insana improvisación y la calidad del argumento. Así pues, en esencia:

Pensar es hacer periodismo, y hacer periodismo es hacer pensar.