“Se plantea la cuestión […] de quiénes son los amigos de la democracia y también de cómo se ha interpretado la palabra “democracia”. La idea que yo tengo es que el hombre común, sencillo y humilde, simplemente el hombre corriente que mantiene a su esposa y a su familia, el que sale a combatir por su patria cuando ésta lo necesita, acude a la urnas cuando corresponde y marca con una cruz la papeleta para indicar al candidato que quiere que se elija para el Parlamento, él es la base de la democracia. Y también es fundamental para esta base que ese hombre o esa mujer puedan actuar sin temor, sin ninguna forma de intimidación ni discriminación. Yo me mantengo sobre la base de las elecciones libres en el sufragio universal y eso es lo que consideramos la base de la democracia. Pero no opino lo mismo sobre una democracia engañosa, una democracia que se define como democracia porque es de izquierdas. Hacen falta todo tipo de personas para constituir la democracia, no sólo de izquierdas ni siquiera los comunistas. No admito que un partido o un equipo se llame demócrata porque se estira cada vez más a hacia las formas más extremas de revolución. No acepto que un partido represente necesariamente la democracia porque se vuelve cada vez más violento a medida que se vuelve menos numeroso.
Hay que tener un poco de respeto por la democracia y no usar el término con demasiada ligereza. Lo que menos se parece a la democracia es la ley de la calle. […]
La democracia no se basa en la violencia ni en el terrorismo sino en la razón, en el juego limpio, en la libertad, en respetar las ideas de los demás. La democracia no es una ramera que recoge en la calle un hombre con una metralleta”.
Winston Leonard Spencer Churchill
(La Segunda Guerra Mundial, capítulo XXI, tomo II)
Churchill tenía valores decimonónicos, condimentados con fuertes dosis de pragmatismo político y profundas creencias anticomunistas, hasta el punto, esto último, de generarle graves prejuicios que en no pocas ocasiones pudieron haberle llevado a protagonizar graves equívocos cuando detentaba enormes responsabilidades. Su visión de la Historia y del contexto político mundial de preguerra estaba profundamente mediada por esta convicción. Tal era su obcecación que llegaba a conclusiones precipitadas, incluyendo en el saco comunista a casi todo movimiento político de izquierdas que fuera un poco más allá del siempre contenido y moderado laborismo británico. Su oposición, cuando todavía no era primer ministro, a la intervención británica en la guerra civil española a favor del gobierno republicano es una clara muestra de ello.
Sin embargo, mencionados estos matices, convendrá el lector que la figura del flemático Churchill se corresponde con la de una de las más importantes figuras democráticas de toda la Historia. Su fortaleza ideológica le impulsaba a creer firmemente en el único sistema de gobierno que, por el momento, ha dado relativa prosperidad a los países donde se ha implantado, superando ampliamente, tanto cuantitativa como cualitativamente, a cualquier otro que se haya ensayado jamás, incluido, por supuesto, el comunismo, en cualquiera de sus variables ideológicas. Ahora bien, la democracia, aun siendo sobre el papel un modelo gubernativo justo y equilibrado, no ha sido correctamente interpretada por algunos. O, todavía peor, han querido mancillarla reiteradamente con ánimo de someterla a sus ilegítimos intereses particulares, normalmente relacionados con la ostentación ilimitada de poder.
El
En Venezuela, el panorama político comienza a tomar tintes verdaderamente dramáticos. Y aquí
nos encontramos precisamente con otro caso en el que, aparentemente, el representante supremo del pueblo ha sido elegido democráticamente. Ya expresamos en Ex Profeso nuestras ingentes reservas ante tal aseveración, por lo que no ahondaremos mucho más. Aunque las últimas noticias se antojan absolutamente desquiciantes, queriendo Hugo Chávez disfrutar de su poder indefinidamente. La pantomima bolivariana comienza a mostrar impúdicamente sus verdaderas esencias ideológicas, definitivamente totalitarias. Chávez tiene, como sabemos, un particular concepto de democracia, extrapolable a buena parte del resto del subcontinente americano, donde la demagogia y el populismo (de derechas e izquierdas) han causado catástrofes inconmensurables. El problema, como también señalamos en este mismo foro hace unos meses, es que buena parte de la izquierda se está identificando peligrosamente con este discurso, dañando muy gravemente al concepto de democracia. Convendrá recordar, entonces, a los más exaltados de la izquierda, que su posición ideológica no es condición suficiente para adherirse al grupo de los demócratas, como bien señala Churchill. Y cuidado con los revolucionarios (bolivarianos o de cualquier otra especie), pues puede que sus métodos y discurso, por muy cercanos que estén a la calle, no hagan honor al sistema democrático.
En el caso de España, nuestra democracia contempla uno de los grandes escollos que señala el ex político británico: la violencia. El País Vasco es de los pocos lugares europeos donde las condiciones para el ejercicio de la democracia se dan en su mínima expresión. Libertad amenazada, graves dosis de intimidación y violencia terrorista no suponen el mejor caldo de cultivo para unas elecciones plenamente democráticas. El caso vasco no llega, ni muchísimo menos, a los niveles de Irak, o del Ulster (donde hasta hace poco la autonomía estaba suspendida), zona con la que siempre se han querido establecer paralelismos (aunque muchos de ellos infundados y descabellados). Pero la situación en el País Vasco ha de mejorar sustancialmente. De momento, la convivencia en esta Comunidad Autónoma es, en la amplísima mayoría de sus regiones, perfectamente normal. Pero, si la situación empeora, ¿tomaríamos medidas similares a las desplegadas para Irlanda del Norte? ¿O nos engañaríamos a nosotros mismos, creyendo que la democracia consiste en la mera introducción del voto en la urna, haciendo oídos sordos y cerrando los ojos a lo que nos circunda? Muchas décadas llevamos escuchando a nuestros políticos decir que la libertad en el País Vasco está amenazada. Pero muy pocos verbalizan que, si la libertad está amenazada, también lo está la democracia, y todo lo que ello conlleva.
En resumen, la salud de la democracia como sistema lleva maltrecha desde no poco tiempo y en distintos lugares. Si bien ahora, con el mundo intercomunicado, observamos en su conjunto las numerosas células cancerosas que la asolan simultáneamente. Leyendo la historia y oteando nuestro mundo de hoy con ojos atentos, nos percatamos de los diferentes atropellos que, en nombre de la democracia, han cometido todas las tendencias políticas, desde el neoliberalismo hasta el comunismo, pasando por cada una de las posturas intermedias. Así pues, la conclusión asoma por sí misma: solamente hemos sabido maltratar al único sistema que, con multitud de reservas, nos ha dado algún fruto. Lo que, al fin y al cabo, supone maltratarnos a nosotros mismos.









