
Nuevo atentado, intolerable y repulsivo, contra la imagen pública de una política de primer nivel. Angela Merkel, Canciller alemana por méritos propios y una de las figuras políticas actuales que goza de mayor aceptación internacional, sigue enfrentándose, desde que se consumó su meteórico ascenso a la jefatura del gobierno germano, al que de momento ha sido, reconozcámoslo sin ambages ni miramientos, el mayor de sus enemigos políticos: el condenable machismo. Nueva mancha que se añade al currículum político de Merkel, que no es la primera vez que ha de superar, con enormes dosis de firmeza y serenidad (lo cual, por otra parte, la enaltece moralmente), semejante despropósito, perpetrado únicamente con el objetivo de desgastar violentamente su proyección pública con las peores artes de las que el hombre ha sido, muchas veces, hacedor y cómplice.
El semanario polaco Wprost publicaba hace unos días la portada que encabeza el presente artículo, presidida por el titular que sigue: “La matrona de Europa”. Así pues, para algunos, la polémica suscitada en la reciente Cumbre europea por las intransigentes e insostenibles posturas defendidas por el gobierno polaco, a las que se oponía poderosamente Angela Merkel, líder absoluta de la UE desde que asumió su mandato de turno hace seis meses, queda reducida a la deleznable metáfora de la que ha sido testigo el mundo entero. Evidentemente, como no podía ser de otra manera, pronto se han elevado las consabidas condenas y protestas “de gabinete” por parte las distintas naciones europeas, pero éstas no han llegado, ni de lejos, al fondo de la cuestión, quedando relegadas al mero desquite público que dictan las encorsetadas normas de la diplomacia internacional, que no entienden ni asimilan, como se comprueba caso tras caso, el concepto de perspectiva de género. La cuestión no pasa, solamente, por el “mal gusto” desplegado por los periodistas polacos que idearon la portada. Ni tampoco por el dudoso matiz humorístico con el que algunos han querido endulzar el deprimente episodio. La sátira política y el buen periodismo no toleran lo publicado por Wprost. La libertad de expresión nunca puede amparar ataques que violenten la integridad moral de una persona, y menos todavía cuando dicha afrenta enclava sus principios en una de las más viejas y abominables prácticas discriminatorias: la de género. Porque, para aquellos que lo duden, el hecho de que Angela Merkel sea mujer ha sido absolutamente determinante para la publicación de la polémica imagen. La concepción patriarcal y machista que habita en el subconsciente humano (masculino y femenino), y que todavía condiciona nuestras actitudes y comportamientos hasta unos límites que algunos se niegan a reconocer, ha aportado a los periodistas polacos la valentía y las motivaciones suficientes como para entender que la publicación de tal portada quedaría, al final, ostensiblemente impune, sobre todo si la comparamos con el hipotético caso de que el sujeto a denigrar fuera un hombre. ¿Cabe imaginarse, acaso, idéntico despliegue de osadía contra Tony Blair o Nicolás Sarkozy? Y sin recurrir a la figuración, ¿se recuerda desprecio semejante hacia alguna eminencia política masculina de primer nivel, ideada además por un medio de comunicación profesional y de tirada nacional?
Aún queda camino por recorrer para que nuestras sociedades se acostumbren a ser lideradas por mujeres, acepten inexorablemente que merecen respeto equivalente al brindado a los hombres y abandonen para siempre prácticas injustas e inmorales como la del caso descrito. Merkel se recuperará del ataque recibido y su buen hacer político no se verá empañado por el triste incidente. Suele pasar en la política: arrecian tormentas pasajeras que luego se desvanecen sin más rastro. Pero, precisamente, éste es el peligro. O se alza enérgicamente la voz ante esta violencia machista (pues ésta no sólo puede ser física, en contra de lo que muchos creen), o se corre el riesgo de que el caso se repita de nuevo en el futuro, atentándose contra los derechos de la mujer, y quedando exculpados sus agresores porque la sociedad no ha sabido reconocerlos como tales.












