jueves, mayo 31, 2007

EL CAPITAL DE LA BBC: SU FILOSOFÍA


Fue el propio John Reith el que imprimió a la BBC su filosofía de servicio público y que, a día de hoy, permanece intacta. De origen escocés e ingeniero de profesión, Reith tenía clara la que debía ser la vocación del medio de comunicación que dirigía: informar, educar y entretener. Conocía Reith la importancia estratégica que comportaba un buen servicio de radiodifusión público: la formación de una mejor opinión pública.

En uno de sus últimos y más celebrados libros, Medios de comunicación y poder en una sociedad democrática, James Curran, diserta sobre las ideas que John Reith inculcaba y desarrollaba desde la propia Corporación. Una de ellas, y quizás la base de todas las demás, abogaba por que el colectivo social culturalmente formado fuera el que conformara la dirección efectiva de los “mass media”, sobre todo en aquellos de naturaleza pública, como era el caso de la BBC. De aquí surgen las primeras acusaciones de paternalismo a las que nos referimos en la introducción. Pero Reith lo tenía claro. Así definía, por ejemplo, el verdadero papel que debería reservarse para la radio: “como una cuerda de escalada cultural, y los locutores, como guías de montaña que ayudaban a los oyentes a ascender a las alturas de los logros culturales”.

En su estudio, el propio Curran acusa a Reith de elitismo, paternalismo y de desconexión respecto a los gustos de la audiencia. Estas mismas críticas arreciaron durante los primeros años del mandato de Reith. Unas críticas probablemente injustas. Curran se refiere así al Director General (citado en Seymour-Ure, Colin, 1996): “Reith domination was massive, totalitarian and idiosyncratic, and for many decades the traditions of BBC seemed to flor directly from his personality”. En uno de sus propios trabajos Curran explica, en distintos pasajes, sin ocultar a veces su asombro, los métodos de Reith: “su proselitismo cultural llevó a que ciertos programas regulares se programaran a horas distintas para mantener atentos a los oyentes y evitar una escucha ociosa. También se impuso un tiempo de silencio para que los oyentes tuvieran ocasión de recomponerse y prepararse para la siguiente delicia auditiva. En las programaciones se concedía mayor peso a todo cuanto fuera serio e instructivo”. Resulta pavoroso el contraste si tratamos de establecer analogías entre la radio actual (la española, por ejemplo) y la desplegada por la emisora británica desde sus primeros años. El intento de Reith merece un encendido aplauso, pues formar a la audiencia, hacer ciudadanos mejores, más preparados, con una superior apertura de miras y un horizonte experiencial y cultural de mayor calado, ¿no es acaso el principal objetivo de un medio de titularidad pública? Cuando el nivel de crítica alcanzó niveles superiores, el propio Reith se defendió afirmando que “muy pocos saben lo que quieren y menos aún lo que necesitan”. Escueta pero significativa sentencia del pensamiento de Reith. Pero, como señalamos líneas atrás, la Segunda Guerra Mundial impuso cambios estratégicos en la BBC. Sin el mandato de Reith, dimitido poco antes de comenzar la conflagración, comenzó a concederse mayor peso al entretenimiento, los concursos, la música pop y melódica y la primera ficción. Todo ello, según observan algunos, para elevar la moral de la tropa y de la ciudadanía (así lo cree también Curran). Lo comercial y lo “popular” desplazó a lo cultural. Como reconoce Curran, citando a otros autores, “la gente seguía siendo ignorante, pero estaba distraída”.

Sin embargo, una vez terminado el belicoso episodio, la filosofía de preguerra de la BBC, auspiciada por Reith, volvió a su cauce. En 1948 se pusieron en marcha las Reith Lectures, que han continuado año tras año, sin interrupción, hasta la actualidad. Cada temporada, una importante figura de las letras o de las ciencias, era invitada para emitir una serie de conferencias sobre el tema que esta misma propusiese. El éxito de audiencia fue constatándose año tras año. Instructivas e interesantes lecciones que ayudaban a los británicos, no sólo a olvidar los horrores de la pasada guerra, sino a mejorar su instrucción y entendimiento sobre el mundo que les rodeaba. A continuación, y a título meramente ilustrativo, exponemos la serie completa de conferencias dictadas desde 1948. Repárese no sólo en los autores, sino también en las materias a tratar, y relaciónense con el año en cuestión: http://en.wikipedia.org/wiki/Reith_Lectures

Mientras los británicos disfrutaban de la sapiencia de sus mejores pensadores y científicos, en España los oyentes toleraban doctrinantes radionovelas, charlas religiosas y programas nocturnos de “consultas” cotidianas.

A pesar de las existentes connivencias entre BBC y gobierno británico durante la guerra y primera parte de la posguerra (y más teniendo en cuenta que John Reith fue ministro de Propaganda), la pretensión educativa de la BBC no rebajó su intensidad. Y no era necesario, como pudo demostrarse sobradamente, que la programación educativo-reflexiva que pretendía la BBC abusase de la “lecture” para conseguir sus fines. La televisión, absolutamente integrada ya entre la masa popular en los 50, colaboraba a su manera con los objetivos culturales de la cadena. Así, en la primera mitad de la década, se elaboraron grandes adaptaciones literarias para la pequeña pantalla. Una de ellas, de éxito extraordinario, fue la novela de George Orwell 1984. Una espectacular y honda reflexión acerca de la naturaleza humana y del futuro de las sociedades occidentales. Una contrautopía que dio mucho de que hablar.

El entretenimiento acompañado del enriquecimiento cultural se convertiría en la tónica general de la BBC, empeño que continúa en la actualidad. Los grandes documentales históricos, a veces en tomando forma de drama documental, cosechan éxitos internacionales espectaculares. Lo que viene a demostrar que la BBC ha dado con la fórmula mágica: el entretenimiento de calidad e instructivo es posible, además de exitoso y rentable.

Hoy en día, y a pesar de la competencia comercial a la que se enfrenta la BBC (el sector televisivo se liberalizó en el Reino Unido en 1955 y el radiofónico en 1973), la Corporación sigue siendo la referencia cultural de la audiencia británica, tanto en radio como en televisión. Incluso con reconocimientos oficiales al respecto. Así, en 1962, el Pilkington Committee, emitió un informe en el que se criticaba muy duramente a la cadena televisiva privada ITV por configurar una programación de poca calidad. A la vez, se felicitaba a la BBC por todo lo contrario, premiándose su buen hacer con la puesta en marcha de un segundo canal, la BBC2, puesto en funcionamiento en 1964. Las autoridades británicas quisieron, con este gesto, ratificar lo que sigue: la calidad es imprescindible. Acto público ejemplar, que ojalá se diera más a menudo en otros países, empezando por el nuestro.

La Carta Real, a la que ya hemos hecho referencia, se revisa cada diez años. La última revisión, que entraba en vigor el pasado 1 de enero, sigue incidiendo en los ideales de la Corporación. El más importante: “provides public value in all its major activities” (proveer de interés público a todas sus grandes actividades).



Extracto del estudio: British Broadcasting Corporation. Un modelo y una filosofía que funcionan, por Aitor Lourido

ELECCIONES 27-M: PREMIO DESIERTO

Como es tradición, y bajo el siempre insincero análisis de los principales partidos, las elecciones autonómicas y municipales han tenido dos claros ganadores. Cada formación, a la vista de los resultados, tiene una criba distinta para separar, cada cual a su manera, el trigo de la paja. Así, cosechar 150.000 votos más que su rival y las aplastantes victorias en el Ayuntamiento y Comunidad de Madrid parecen servir de sólidos argumentos para que el Partido Popular se autoproclame como ganador. Sin embargo, aducen los socialistas, el PSOE ha ganado gran número de concejales y se ha hecho con la posibilidad de gobernar en importantes “plazas”, tradicionalmente territorios conservadores.

Objetivamente, 150.000 votos resulta muy poca ventaja como para que el Partido Popular justifique su indisimulada exaltación. Saben que de no producirse el descalabro socialista en Madrid, la ventaja se esfumaría. Lo que demuestra lo endeble y contingente que resulta ser, en el fondo, su entusiasmo. La actitud del PP, abonada a la demagogia ultraderechista y colmada de calumnias e insultos, ha conllevado importantes varapalos en lugares “estratégicos” dentro del mapa político de España. Han sufrido un duro golpe en el País Vasco (en los municipios de Álava, único bastión popular en la zona), Galicia (donde no gobernarán en las 7 primeras grandes ciudades), Cataluña (donde cada vez captan menos electorado), Navarra (UPN pierde la mayoría) e incluso en las Islas Baleares. El sobredimensionado optimismo conservador quiere camuflar dichos traspiés para posicionarse de la mejor manera de cara a las elecciones generales del año próximo. La inanidad de su líder, el estancamiento en intención de voto, la consecutivas derrotas electorales desde marzo de 2004 (en la europeas, en las autonómicas de “comunidades históricas”, en referéndums…) y la falta de un programa político democrático son algunas de las razones que han impulsado a que el Partido Popular ensalce sus cuestionables méritos después de una victoria por la mínima y con incalculables pérdidas de poder para alimentar las esperanzas de su electorado.

Ahora bien, dichos argumentos no sirven para reforzar la postura del Partido Socialista. Al igual que los populares, tiene dificultades en sus territorios. Se retrocede en Castilla La Mancha, Cantabria (donde se gobierna en coalición) y en importantes ciudades andaluzas (incluida Sevilla), además de confirmarse que la izquierda no parece alternativa en Levante, Madrid, y Castilla y León. Por otra parte, el PSOE vuelve a depender excesivamente de los pactos electorales con partidos nacionalistas para formar gobiernos autonómicos y municipales, estrategia que comienza a provocarle gran desgaste ante la opinión pública: el rechazo visceral de unos, la desconfianza de otros o la reacción escéptica de otros muchos. Y es que los precedentes no son demasiado satisfactorios. La radicalidad de partidos como ERC no ha traído más que formidables quebraderos de cabeza para el PSOE y el Gobierno de Zapatero. Quizás las pequeñas cotas de poder a la que ahora puedan aspirar los socialistas no valgan las hipotecas que este tipo de pactos puedan incluir en la letra pequeña.

Precisamente, un pacto de esta naturaleza descansa estos días sobre la mesa de los socialistas. El PSOE podría gobernar la comunidad navarra compartiendo responsabilidades con Nafarroa Bai, partido nacionalista radical que aboga por la adhesión al País Vasco. La pérdida de la mayoría absoluta de UPN (“filial” del Partido Popular en la región) otorga posibilidades de vuelco político, dulce sueño para los socialistas. Pero, de nuevo, los cálculos han de sobrepasar a toda elemental aritmética electoral. ¿Conviene, pensando en las generales, que el PSOE pacte con NaBai? Todo apunta a una respuesta negativa. La “cuestión navarra”, inexistente pero machaconamente alimentada por el PP, ha traído no pocos problemas al actual Ejecutivo. Y pactar con los radicales no hará más que engrosar dicho argumentario político, tanto el del Partido Popular como el de su sus medios afines. Por no hablar de la gran condición que rubricaría el pacto: que ANV gobernara el ayuntamiento de Pamplona. Transigir semejante cláusula supondría un auténtico cisma en la vida política española, algo que precisamente no conviene a un PSOE en horas bajas. Pero, además de todo lo expuesto, ¿por qué pactar con un partido que no respeta lo dispuesto en la Constitución sobre el actual estatus de la Comunidad Foral? Zapatero no debería hipotecarse de esta forma para los próximos cuatro años, cercenando sus posibilidades de repetir en la Moncloa. Sí puede, en cambio, recoger el guante de UPN, que le ofrece gobernar la comunidad conjuntamente. La oportunidad de clausurar la “cuestión navarra” es inmejorable. El PSOE cerraría un frente político indeseable y molesto y, quizás lo más importante: dejaría a la oposición sin uno de sus principales “argumentos” de campaña. Un Partido Popular, sin pretextos sobre los que mentir, es rival pequeño. Incluso el ejercicio de magnanimidad que desplegaría Zapatero al “olvidar” los dislates elevados por el PP a propósito de dicha cuestión, podrían retribuir al Presidente interesantes resultados en un futuro no demasiado lejano.

Quedan aproximadamente diez meses para la próxima cita electoral y probablemente vivamos la precampaña política más extensa y endurecida desde principios de los noventa. Ante tal situación, y sabiendo que la legislatura está agotada (no hay grandes proyectos a la vista, las reformas sociales y territoriales están zanjadas y el proceso de paz hace meses que expiró), Zapatero tiene dos opciones: adelantar el proceso electoral o estirar su mandato hasta el final. En el primer caso, el Presidente recortaría el tiempo efectivo del PP para elevar sus feroces críticas pero, a la vez, se expone a que el aparente efecto inflacionista que están experimentando las posibilidades de la derecha de llegar a la Moncloa (que probablemente se deban más bien a deméritos de la izquierda) pueda acarrear un grave disgusto al PSOE. Y más cuando el entusiasmo popular de estas elecciones (a pesar de lo infundado de sus razones) podría provocar un efecto en cadena si las elecciones se adelantasen. La segunda opción, respetar los plazos establecidos, podría resultar de gran provecho para los socialistas. El Ejecutivo centraría sus esfuerzos en publicitar todos sus logros económicos y sociales, que han sido extensos y variados, siendo esto ventaja ostensible frente a los desvaríos y atrocidades político-dialécticas del Partido Popular. Además de poder incitar a la masiva participación, tradicionalmente favorecedora para los intereses de la izquierda.

Así pues, lo que se concluye de lo ocurrido el pasado domingo no permite elevar clarificadoras hipótesis de lo que pudiera acontecer dentro de unos meses. Los verdaderos balances de PSOE y PP arrojan todo tipo de benevolencias y preocupaciones, lo que impide atisbar quién de los dos parte con cierta ventaja. La contienda electoral, esta vez a pequeña escala, ha dejado intactas las esperanzas y los miedos de ambos partidos, pudiéndose esta vez hablar, con propiedad y argumentos, de un empate técnico. ¿Una pista para el futuro?