Ayer acudió Mariano Rajoy al programa de Televisión Española Tengo una pregunta para usted. Después de que el Presidente del Gobierno hiciera lo propio hace algunas semanas, era el turno de que el líder de la oposición se enfrentara durante más de dos horas a las interpelaciones de un centenar de ciudadanos. Por primera vez desde hace más de una década, un líder del Partido Popular volvía a tomar contacto con el debate de ideas, algo a lo que la derecha ha tenido siempre intensa alergia.
Mismo formato, mismo tiempo, mismo plató. Pero un auditorio distinto. La selección muestral de la sociedad española llevada a cabo para esta ocasión ha arrojado extraños resultados. Un público, en general, poco aventajado documental y dialécticamente, apenas supo poner en apuros (por mucho que algunos lo intentaran con especial ahínco) a un Rajoy que no terminó mal parado. Una vez superado el primer tercio del programa, las iracundas primeras cuestiones fueron dando paso a preguntas mal planteadas, dóciles y torpes, fácilmente evadidas por Rajoy. El público que se enfrentó a Zapatero superaba ampliamente en beligerancia al de ayer, lo cual Rajoy supo aprovechar.
Pero a pesar de ello, las evidencias que señalan a Rajoy como un líder sin programa, indocto y demagogo, saltaron a la luz en no pocas ocasiones. Rajoy se mostró en estado puro, como un neocon a la española. Irracionalmente obcecado con el (neo)liberalismo económico y enrocado en posiciones ideológicas y morales hondamente conservadoras, planteó el líder de la oposición sus peregrinas soluciones para los males que aquejan a la “patria”. Aseguró que vale lo mismo la gestión privada que la pública refiriéndose a la de los hospitales (“lo importante es que te atiendan”, espetó), y apostó convencidamente por la “liberalización” del suelo para acabar con los estratosféricos precios de la vivienda. De lo cual que se deduce que Mariano Rajoy no otorga importancia a las condiciones en las que la atención sanitaria se lleve a cabo y que aboga por que el libre mercadeo de los empresarios (esos concienzudos y comprometidos garantes de la igualdad y justicia social) sea la base primera del Estado de Bienestar. Sin embargo, lo aquí expuesto choca frontalmente con la ingenuidad (¿o interesada interpretación?) de afirmar que la deslocalización de empresas (en referencia al caso Delphi) hacia Europa del Este (Eslovaquia por ejemplo, dijo) se debe a la alta formación de los trabajadores de esos países.
Rajoy tiró del manual del perfecto demagogo para esquivar incómodas cuestiones. Volvió a encasillar a los ciudadanos como “normales” o no normales, apeló cansinamente a la protección de los niños (extraño argumento comodín), piropeó a discreción y artificialmente a los presentes (rayando el ridículo, en algunas ocasiones) y ensalzó sin descanso los beneficios de la “libertad”. Curiosamente, apostó repetidamente por desplegar lo que vino a denominar “pedagogía” (¿o ceba ideológica de las masas?), a su juicio, muy necesaria en la política española.
En lo que se refiere a los asuntos de mayor polémica, los dislates de Rajoy alcanzaron lo grotesco. Acerca del 11-M, avaló los aberrantes engaños de Ángel Acebes, pero no justificándolos, sino trazando una nueva y espectacular teoría, hasta ahora inédita: el Partido Popular avaló, casi de inmediato, la tesis islamista. Por otro lado, mintió Rajoy al afirmar que su oposición responde al interés de los ciudadanos, citando en este punto diferentes “cuestiones capitales”, a saber: educación, sanidad, economía, bienestar social… La indecencia de tal aseveración se antoja inaudita, sabiendo que el Partido Popular ha realizado una labor de oposición destructiva y cuasimonotemática, saltándose además todas “las reglas del juego”, que tanto dijo amar su presidente. El coleccionable de mentiras continuó cuando, por enésima vez, Rajoy habló de un de Juana Chaos en libertad y de un Gobierno que cede ante el chantaje terrorista.
En definitiva, ayer Rajoy volvió a alejarse del centro político, en el que ya nadie cree que pueda ni quiera instalarse. Más de seis millones de espectadores vieron a un tragicómico líder que negaba la vergonzosa crispación del Congreso de los Diputados (que ellos mismos se ufanan en inflamar) o que considera que un discapacitado ya cuenta con suficientes opciones de vida vendiendo el cupón. La derecha española continúa su rumbo hacia el extremismo, adulterando y resquebrajando los cimientos de la democracia. Y lo que quizá sea todavía más preocupante: con el aplauso final, espontáneo y decidido, de una parte del público presente en el plató. Y de la calle.









