viernes, abril 20, 2007

UN POLÍTICO "NORMAL"

Ayer acudió Mariano Rajoy al programa de Televisión Española Tengo una pregunta para usted. Después de que el Presidente del Gobierno hiciera lo propio hace algunas semanas, era el turno de que el líder de la oposición se enfrentara durante más de dos horas a las interpelaciones de un centenar de ciudadanos. Por primera vez desde hace más de una década, un líder del Partido Popular volvía a tomar contacto con el debate de ideas, algo a lo que la derecha ha tenido siempre intensa alergia.

Mismo formato, mismo tiempo, mismo plató. Pero un auditorio distinto. La selección muestral de la sociedad española llevada a cabo para esta ocasión ha arrojado extraños resultados. Un público, en general, poco aventajado documental y dialécticamente, apenas supo poner en apuros (por mucho que algunos lo intentaran con especial ahínco) a un Rajoy que no terminó mal parado. Una vez superado el primer tercio del programa, las iracundas primeras cuestiones fueron dando paso a preguntas mal planteadas, dóciles y torpes, fácilmente evadidas por Rajoy. El público que se enfrentó a Zapatero superaba ampliamente en beligerancia al de ayer, lo cual Rajoy supo aprovechar.

Pero a pesar de ello, las evidencias que señalan a Rajoy como un líder sin programa, indocto y demagogo, saltaron a la luz en no pocas ocasiones. Rajoy se mostró en estado puro, como un neocon a la española. Irracionalmente obcecado con el (neo)liberalismo económico y enrocado en posiciones ideológicas y morales hondamente conservadoras, planteó el líder de la oposición sus peregrinas soluciones para los males que aquejan a la “patria”. Aseguró que vale lo mismo la gestión privada que la pública refiriéndose a la de los hospitales (“lo importante es que te atiendan”, espetó), y apostó convencidamente por la “liberalización” del suelo para acabar con los estratosféricos precios de la vivienda. De lo cual que se deduce que Mariano Rajoy no otorga importancia a las condiciones en las que la atención sanitaria se lleve a cabo y que aboga por que el libre mercadeo de los empresarios (esos concienzudos y comprometidos garantes de la igualdad y justicia social) sea la base primera del Estado de Bienestar. Sin embargo, lo aquí expuesto choca frontalmente con la ingenuidad (¿o interesada interpretación?) de afirmar que la deslocalización de empresas (en referencia al caso Delphi) hacia Europa del Este (Eslovaquia por ejemplo, dijo) se debe a la alta formación de los trabajadores de esos países.

Rajoy tiró del manual del perfecto demagogo para esquivar incómodas cuestiones. Volvió a encasillar a los ciudadanos como “normales” o no normales, apeló cansinamente a la protección de los niños (extraño argumento comodín), piropeó a discreción y artificialmente a los presentes (rayando el ridículo, en algunas ocasiones) y ensalzó sin descanso los beneficios de la “libertad”. Curiosamente, apostó repetidamente por desplegar lo que vino a denominar “pedagogía” (¿o ceba ideológica de las masas?), a su juicio, muy necesaria en la política española.

En lo que se refiere a los asuntos de mayor polémica, los dislates de Rajoy alcanzaron lo grotesco. Acerca del 11-M, avaló los aberrantes engaños de Ángel Acebes, pero no justificándolos, sino trazando una nueva y espectacular teoría, hasta ahora inédita: el Partido Popular avaló, casi de inmediato, la tesis islamista. Por otro lado, mintió Rajoy al afirmar que su oposición responde al interés de los ciudadanos, citando en este punto diferentes “cuestiones capitales”, a saber: educación, sanidad, economía, bienestar social… La indecencia de tal aseveración se antoja inaudita, sabiendo que el Partido Popular ha realizado una labor de oposición destructiva y cuasimonotemática, saltándose además todas “las reglas del juego”, que tanto dijo amar su presidente. El coleccionable de mentiras continuó cuando, por enésima vez, Rajoy habló de un de Juana Chaos en libertad y de un Gobierno que cede ante el chantaje terrorista.

En definitiva, ayer Rajoy volvió a alejarse del centro político, en el que ya nadie cree que pueda ni quiera instalarse. Más de seis millones de espectadores vieron a un tragicómico líder que negaba la vergonzosa crispación del Congreso de los Diputados (que ellos mismos se ufanan en inflamar) o que considera que un discapacitado ya cuenta con suficientes opciones de vida vendiendo el cupón. La derecha española continúa su rumbo hacia el extremismo, adulterando y resquebrajando los cimientos de la democracia. Y lo que quizá sea todavía más preocupante: con el aplauso final, espontáneo y decidido, de una parte del público presente en el plató. Y de la calle.

martes, abril 03, 2007

EL CÁNCER DE LA IZQUIERDA

Observando con mínimo detenimiento el contexto internacional, cualquiera mínimamente avezado se percata de las espantosas consecuencias que ha traído consigo la fanática aplicación de las medidas capitalistas en las economías de medio mundo, llamadas ahora neoliberales, y que han dejado huérfano de futuro, bienestar y capacidad de supervivencia al otro medio. Por supuesto, los más básicos mandamientos de la razón, el humanitarismo y la justicia, obligan a tomar un cambio de rumbo que corrija lo que nuestros antecesores convirtieron en despropósito y vergüenza. Pero, una vez reconocido que Roma es el destino, toca decidir qué camino emprender.

Dentro de la izquierda, probablemente la única postura política comprometida con el proyecto, los hay que se han equivocado de camino. Primero, por “reducir” al enemigo a uno sólo: los Estados Unidos. Y segundo, porque aliarse con los enemigos declarados de éste puede que deslegitime ideológicamente a quien así procede. La izquierda radical ha cometido, consciente y premeditadamente, estos errores. El utilitarismo-maquiavelismo de los que justifican las dictaduras chavista y castrista, los que enarbolan todavía la bandera de la dictadura proletaria marxista, los que idolatran a Lenin, Guevara o Marcos o los que desconfían por sistema de las Naciones Unidas, convierten su discurso en una inoperante y autoritaria amalgama de banalidades, utopías y trasnochadas disquisiciones ideológicas alejadas del hasta ahora único sistema que, con sus deficiencias, ejerce la representatividad popular. Sepamos y tengamos presente, pues, que la democracia supone, para buena parte del radicalismo de izquierdas, todo un anatema.

La presencia de dichos planteamientos en la discusión política, ocultos durante los últimos años tras la caída del Muro, ha experimentado un importante repunte desde que Hugo Chávez recaló en el poder en Venezuela. Militar ex golpista, se ha autoproclamado el líder del “Socialismo del Siglo XXI”. Tras esa rimbombante nomenclatura, que todavía no se conoce bien lo que significa, se escribe el “libro blanco”, la Biblia, de los “verdaderos” socialistas, comprometidos empedernidamente con la igualdad y la justicia sociales. Con su gran aliado, el dictador cubano Fidel Castro, líder de la “Revolución”, y dueño de los destinos de la isla durante los últimos cincuenta años, comanda las acciones políticas, económicas y sociales que desembocarán, y esta vez dicen que definitivamente, en “el otro mundo posible”. Pero, ¿cómo compaginar tan loable intención con el aferramiento sistemático y violento al poder? ¿Cómo hablar de justicia e igualdad social bajo tales condiciones? ¿Cómo, cercenando la libertad individual de cada ciudadano, se osa denigrar a las naciones capitalistas, sí, pero políticamente plurales y democráticas? ¿Qué mejoras sustanciales han introducido tales regímenes en los países que mandan? Ni educación libre, ni infraestructuras, ni abolición de clases. Nada. Sólo embelesamiento momentáneo de la masa. Es más, dichos jerifaltes han de considerar lo que sigue: los mismos que ahora idolatran sus cacareos, se encargarán de retirarles tal privilegio cuando, con el más mínimo ramalazo mental, se percaten de la mastodóntica estafa a la que están siendo sometidos.

Los intelectualoides más cómplices de tales aberraciones se hacen ver en diferentes foros virtuales, aleccionando tendenciosamente a sus seguidores, provocando que la nueva moda de la izquierda radicalizada extienda sus influencias con una divulgación anteriormente desconocida. Nunca antes los clásicos de la izquierda marxista fueron objeto de tanto manoseo. Y el gran problema estriba en la literalidad con la que dichos ideales se interpretan, negándose la necesaria y perentoria revisión. A pocos les incomoda, incluso, que el cuasianalfabetismo de los mandamases a los que aludimos más arriba sea indigno de recoger el testigo de aquellos cuya argamasa intelectual superaba astronómicamente a la de éstos. Obviar la validez de buena parte de la herencia marxista resultaría de una ceguera indecente. Pero recogerla sin la precisa actualización y mesura es un disparate mayor.

Conviene que la porción de la izquierda más extremista sosegue sus ánimos revolucionarios, no vaya a ser que los daños colaterales que inevitablemente provocan sus planteamientos acaben por consumirles a ellos mismos, sumergiéndoles de nuevo en la inopia de la dialéctica política post 89. El verdadero Socialismo del siglo XXI no puede pasar por negar impertérritamente el camino recorrido durante el siglo XX. Por muy infausto que éste haya podido llegar a ser, el devenir histórico ha desembocado en nuestros días con un legado del que también debemos extraer importante avances. Entre ellos, el de la democracia. Sería un crimen mancillar tal herencia. Como también lo es planificar el siglo XXI tomando como referencia la Revolución de 1917.

Aún así, atajando a tiempo el problema, podremos curar la enfermedad que padece la izquierda. La dureza de las críticas aquí expuestas tiene por objeto, más que nunca, invitar a nuestros “camaradas” más exaltados a la reflexión profunda. Quizá la pasión por un ideal haya ofuscado inconscientemente su entendimiento, provocando que su modus operandi todavía lastre y deslegitime sus objetivos. Es, pues, deber de la izquierda más realista ganarse a éstos para la noble causa pendiente para el siglo XXI. Los verdaderos socialistas, aquellos que sabrán reconocer a tiempo el malentendido, están llamados a liderar la gran alternativa: la socialdemocracia.