sábado, enero 27, 2007

LA DERECHA ESPAÑOLA

Los demócratas de este país no se merecen que en el seno de su sistema parlamentario exista un partido de derecha radical, de corte manifiestamente extremista y antisocial, que intoxique con su banal y deleznable discurso la vida política y social española. Hablamos de un partido que estratégica y conscientemente ha adoptado una postura dialéctica e ideológica que raya lo delictivo, coqueteando demasiado con los modos y maneras de la derecha fascista que gobernó España hasta hace treinta años. El Partido Popular, la formación política en cuestión, se aleja cada vez más del centrismo moderado, la única postura que dota de posibilidades reales de ganar unas elecciones a los conservadores de este país.

En primer lugar, el Partido Popular debería condenar solemne, inequívoca y fervientemente a la vil dictadura franquista para poder considerársele un partido democráticamente íntegro. Las posibilidades que se le han brindado para ello no han sido pocas. Sin embargo, a todas ellas ha respondido negativamente con la misma energía que se le demanda para hacer todo lo contrario. Semejante actitud resulta inconcebible. Ni siquiera reúnen el “valor” suficiente como para condenar el golpe de estado del 18 de julio, detonante último de la guerra civil, y que resultó ser un inaceptable atentado contra la legalidad y legitimidad del gobierno republicano. Se refieren a él con una colección de eufemismos impropia de un verdadero demócrata, denominando a tal funesto día como el “pronunciamiento” o “alzamiento”. Tal postura puede recibir preocupantes interpretaciones: que los dirigentes del Partido Popular hacen propia la herencia franquista, hermanando sus planteamientos con los del Caudillo, no creyendo en absoluto en la esencia del sistema democrático y que, en realidad, no concuerda con sus más íntimos planteamientos romper con el ominoso pasado de esa fanática y autoritaria derecha. Ha sido el propio PP el que no se ha molestado nunca en desmentir estas consideraciones, por lo que debemos, por ende, tener presente a quién tenemos enfrente y de qué pasta está hecho.

La derecha de España forma parte del sistema democrático gracias a la comprensión, solidaridad, apertura de miras y responsabilidad que demostró tener la izquierda y el centrismo españoles durante la Transición. Se aceptó la integración en el nuevo sistema de aquellos que durante tantos años habían utilizado la violencia y la muerte, o en su defecto, la habían licitado, como herramienta de gobierno, apretando el gatillo contra quienes disentían mínimamente sobre la tiránica forma de gobierno que operaba impunemente. Esta es la gran cesión de la izquierda, y por la que toda la sociedad española tiene contraída una incalculable deuda con ella. La Transición no fue el consenso de todos, fue la cesión de los de siempre para tratar de acomodar en la democracia a los verdugos y a sus cómplices. Éste es el consenso del que la derecha tanto se felicita pero del que, en el fondo, no participó verdaderamente. Algo que no tardó en reflejarse, pues fueron los mismos que no mostraron su convencimiento por la actual Constitución española, no votándola favorablemente. A pesar de ello, hoy en día, el Partido Popular, cuyos dirigentes son los herederos directos de aquella derecha que no creía en la Carta Magna, tratan de autoproclamarse los únicos defensores de la ley suprema. ¿Y por qué no recordar que entre aquellos llenos de reservas y desconfianzas respecto a la Constitución estaba el ex presidente del Gobierno y ex presidente del PP José María Aznar López?

La radicalización de la postura política del Partido Popular es plenamente distinguible desde el año 2000, en el que lograron la mayoría absoluta para gobernar España sin ataduras. Olvidaron el pacto, el diálogo y el entendimiento como actitudes inexcusables para cualquier Gobierno. El Partido Popular adoptó una postura de suficiencia y unilateralidad intolerables. Afortunadamente, fue su pernicioso ego y pésima gestión, y la incalificable relación de mentiras y tergiversaciones de sus últimos dos años de mandato lo que desbancaron a la derecha de la Moncloa. Pero, desde luego, no es para estar tranquilos. Observando con detenimiento el discurso opositor del Partido Popular no caben interpretaciones benévolas. El PP se ha opuesto a la ampliación de los derechos personales para algunos ciudadanos, puso el grito en el cielo cuando se abrió el proceso para la revisión de los Estatutos, aduciendo, cómicamente desde luego, que se rompía España (eso mismo decían sobre la incipiente España autonómica hace treinta años, y que ahora también defienden con ahínco), ha especulado electoralmente con el 11-M, lo mismo que con la lucha anti ETA, ha denigrado al sistema judicial español, otorgando validez a los desvaríos conspiranoicos prefabricados por sus esbirros mediáticos y ha dado pábulo a las declaraciones de una colección de delincuentes comunes. El dantesco espectáculo político protagonizado por Rajoy y sus hábiles asesores ha degenerado hasta límites insospechados. Y lo peor de todo es que no existen síntomas de un cambio de rumbo inminente. Son los mismos que acusaban hace semanas al PSOE de tener la patente de la corrupción política en España, y que ahora han quedado en evidencia. Los mismos que manipulan a la opinión pública con vídeos que relatan hechos inexistentes; los mismos que, en materia de inmigración, mantienen un discurso incoherente; los mismos que, en el máximo ejercicio de deslealtad a las instituciones, tratan de ser aprendices del caso Watergate y que, en otras ocasiones, insultan abiertamente al Gobierno. Aquí, capítulo aparte merecería el eje mediático que sostiene a todo este discurso, haciéndolo si cabe más extremista, intolerante y dialécticamente violento. Esto supone solamente un ínfima muestra del grado de indecencia que guarda el discurso “político” del Partido Popular.

El resultado evidente de todo ello es el constante enrarecimiento del ambiente. El mayor peligro que se corre actualmente supone la asunción de normalidad del actual contexto político por parte de aquel segmento de la sociedad que se siente más alejado o escéptico respecto a éste. Hemos de evitar que esto ocurra, pues ello no favorecería en nada a la salud democrática de nuestro país. Los ciudadanos han de saber que la irrespetuosidad manifiesta del PP por el propio Parlamento, utilizando dentro de él lenguaje y formas tabernarias (¿se acuerdan de Rafael Hernando queriendo agredir a Rubalcaba?), no forma parte de la normalidad política. En definitiva, si el PP no se compromete con las formas plenamente democráticas, mostrando más respeto en el Parlamento y por la Justicia, no condena la dictadura y rectifica la que ha sido su actitud frente a todo lo relacionado con ésta y no cambia su inconcebible rumbo de oposición, habrá que poner en marcha cuanto antes, por qué no, una Segunda Transición, poniendo en claro lo que hubo que callarse, debido al momento histórico, en la anterior: que la derecha española, supuestamente democrática, no es tal, resultando necesaria una revisión profunda de la Ley de Partidos para estudiar bajo qué condiciones ha de permitirse la actividad política a un partido de las características del PP.

jueves, enero 25, 2007

ADIÓS A UNO DE LOS GRANDES

Ryszard Kapuscinski, uno de los mejores periodistas de la Historia, acaba de morir.
A pesar de que en las actuales facultades de periodismo, un ingente número de alumnos y profesores desconocen la obra y la trayectoria del polaco. A pesar de que ni siquiera saben que existió, Ex Profeso quiere honrar su memoria como se merece, tratando de huir de semejante vergüenza ajena.
En un tiempo en el que el periodismo pierde el rumbo, ojalá su figura inspire, siquiera, a unos pocos...

martes, enero 23, 2007

LA TELEVISIÓN EN ESPAÑA: TONELADAS DE BASURA

Qué desgracia, qué hedor.

Desde la llegada de las televisiones comerciales la calidad de las emisiones ha disminuido exponencialmente para desgracia de nuestra salud mental. El panorama televisivo español debería resultar pavoroso ante los ojos de cualquier individuo con un mínimo de decencia política, cultural y moral. Prolifera lo morboso y lo pornográfico, a la vez que lo “rosa” y lo “amarillo” inundan las parrillas de todas las cadenas, incluidas la de gestión pública. Además, la información y la cultura cada vez se encuentran más arrinconadas, lo que debería haber encendido todas las alarmas desde hace tiempo. Sin embargo, no ha sido así. Productores y espectadores se vanaglorian constantemente de las bondades que ha conllevado la democratización del espectro radioeléctrico y la supuesta pluralidad de medios derivada de tal reparto del éter. Pero cabe preguntarse qué ha reportado exactamente la asunción de este modelo, aparte de una oferta homogénea de productos audiovisuales de ínfima calidad, carentes de contenido, y de engendrar, junto con otros factores, a una audiencia acrítica, aborregada y tremendamente necia, absolutamente indigna de una sociedad democrática regida bajo la égida de un régimen de libertades. Éste es el verdadero y constatable balance de nuestro sistema televisivo nacional.

Las causas por las que el medio de comunicación probablemente más influyente y con unas infinitas potencialidades se haya pervertido hasta estos límites son por todos conocidas. Mientras siga concibiéndose la televisión como un modo más de hacer negocio, mientras sus gestores sigan siendo empresarios de pensamiento estéril, incapaces de ver más allá de unas cuantas cifras de audiencia y de tarifas publicitarias, y mientras se siga abriendo paso a productores ignorantes y ayunos del más mínimo conocimiento, que no dudan en capitalizar debidamente la indecencia de sus planteamientos, la televisión que nos espera seguirá cayendo en picado hacia la más absoluta y total de las miserias.

Ante este mastodóntico problema (que lo es, no tengan ustedes duda) las soluciones, a día de hoy, pasan por ser, para algunos, un tanto radicales, pero no son tal. España precisa de manera apremiante la creación de un Consejo superior en materia audiovisual y en nuevas tecnologías, independiente del poder ejecutivo-legistativo, que vigile y sancione constantemente el quehacer mediático. Sus resoluciones, de carácter irrevocable, habrían posteriormente de tomarse en consideración por los Tribunales competentes, ejecutores de facto de las sentencias propuestas por el Consejo. Los más importantes países europeos y EE.UU cuentan desde hace décadas con instituciones similares. Sin embargo, como ya hemos podido comprobar, en España existe pavor auténtico a este debate, alegándose que tal medida supondría una intromisión estatal y la disminución de la libertad de expresión. Lo que se esconde detrás de semejante sofisma es el miedo y la falta de alternativas al fin definitivo del inconcebible libertinaje que ha regido a la televisión durante los últimos veinte años y que aparentemente tan bien ha resultado. Pero la oposición de las televisiones no ha de frenar este empeño.

Las soluciones verdaderamente radicales supondrían la prohibición plena, definitiva o temporal, de la explotación privada del espectro público radioeléctrico, siendo esta actividad exclusiva del Estado, cuyo modelo de entender la televisión huiría despavoridamente de los planteamientos actuales, garantizando una emisión centrada en los contenidos de calidad, tanto de información, entretenimiento y formación. Por supuesto, óbviese discernir en qué consisten los criterios mínimos de calidad, pues aquellos que pretenden promover este debate no dejan de ser, en el fondo, cómplices del actual modelo. La gente capaz, íntegra y formada, que debería tomar las riendas de la gestión mediática, concluiría tal cuestión sin miramiento alguno.

En definitiva, la vuelta al modelo “paternalista” en lo que se refiere a la gestión de los medios de comunicación, en especial de la televisión, no se antoja hoy descabellada, observando detenidamente la coyuntura por la que atraviesa nuestro país en esta materia. Quizás tocase hacer propio, más que nunca, el aforismo que encabeza este blog, para poder reconducir rápida y eficazmente la situación. Mientras tanto, conformémonos (y a la vez disfrutemos y publicitemos) con los pequeños oasis de normalidad que aún sobreviven en el seno de la infame televisión que nos ha tocado soportar.

viernes, enero 19, 2007

HUGO CHÁVEZ, DICTANDO SIN AMBAGES

Hugo Chávez ha levantado siempre muchas sospechas acerca de sus verdaderos planes para Venezuela y, por extensión, para Sudamérica, continente del que parece haberse autoproclamado su mesiánico líder. Con el “socialismo bolivariano” como altisonante verborrea revolucionaria, se ha erigido como uno de los líderes populistas más influyentes del mundo con varios millones de acérrimos incondicionales, mostrándose siempre como la cabeza visible de una supuesta vanguardia antisistema que pretende ser la única gran alternativa al entramado neoliberal.

Hasta el momento, y a pesar de las reservas a las que ya hemos aludido, nadie ha podido demostrar fehacientemente la ilegitimidad democrática de sus mandatos, a pesar de que las circunstancias en las que se han dado algunos procesos electorales han sido poco habituales, como la inexistencia de candidatos opositores. Cabe interpretar este dato, desde luego, como un síntoma claro de incapacidad de los demás aspirantes, sin embargo, habría que reconocer también los ingentes obstáculos a los que la oposición antichavista debe enfrentarse para operar con libertad: entre otras cosas, la maquinaria propagandística del Gobierno (liderada por el propio Presidente), que aletarga las mentes de la cuasianalfabeta masa popular venezolana.

Ahora bien, la presunción de inocencia otorgada a Chávez por buena parte de la comunidad internacional ha tocado a su fin. Curiosamente, ha sido la propia administración de Caracas la que acaba de delegitimarse a sí misma, confirmando las malas artes de su gobierno. Hugo Chávez tendrá “poderes especiales” para legislar según su propio y único parecer durante los próximos dieciocho meses. La excusa radica en la ingente corrupción política del estado venezolano. Ahora, gobernando a golpe de decretazo, Chávez podrá, según dice, superar todos los obstáculos hasta ahora existentes para poder llevar a cabo, rápida y definitivamente, su “plan” de gobierno. Pero tal perorata no maquilla el mayúsculo atropello que acaba de acometer. No existe excusa, coyuntura o circunstancia alguna que licite tal actuación, por lo menos desde la mirada de un verdadero demócrata. Un dirigente que se precie de tal condición no deviene en un mandatario totalitario, como el caso que ahora nos ocupa. La legitimidad de las urnas jamás otorga poderes absolutos.

Chávez ya tiene lo que tanto ha parecido ansiar: capacidad ilimitada de poder y acción. En los próximos meses, acometerá sus reformas sin incomodidad alguna y con los objetivos que solamente él conoce verdaderamente. Por otro lado, cada vez es más constatable que su círculo de influencia aumenta considerablemente. Países como Bolivia, Cuba y Ecuador son claros ejemplos de ello, convirtiéndose en meros títeres del inquilino de Miraflores. No en vano, ya se habla del eje Caracas-La Habana-La Paz. Sobre todo en este último caso, la tendencia del gobierno parecer tomar derroteros similares, queriendo Evo Morales modificar la Constitución en su beneficio.

La izquierda no tiene dudas de que el exacerbado capitalismo económico supone el verdadero foco de las desigualdades mundiales, arrastradas y engrandecidas especialmente en las últimas décadas. Bien merecería la pena una profundísima revisión del sistema, abogando por un modelo económico socialdemócrata, justo y realista. Ha de ser la izquierda moderada, comprometida, formada y moderna (aunque todavía está por llegar) la que ha de capitanear este gran proceso. El socialismo bolivariano de Chávez no es, sin embargo, alternativa de nada. No resuelve las desigualdades, genera confrontaciones vacuas e innecesarias y abusa del poder, del insulto y de la demagogia. Es una entelequia que solamente servirá para perpetuar en las instituciones a unos líderes incapaces e indignos de abordar el gran cambio que se necesita.

domingo, enero 14, 2007

LA POLÍTICA ENERGÉTICA DE LA UE


Se atisba ya, como tónica habitual a comienzo de cada año, una realidad: Rusia quiere que sus vecinos pasen el invierno con los pies fríos. Si el año pasado cortó el grifo energético a Ucrania, en el 2007 le ha tocado el turno a Bielorrusia.


Las consecuencias para el resto de los países de Europa son más que evidentes, pero a pesar de ello no se han tomado medidas cualitativamente importantes como para evadir los chantajes de Moscú, esto es: apostar definitivamente por una política energética común e implementar una profunda reconversión tecnológica. De momento, la Unión Europea se ha conformado con una política de “ir tirando”, no afrontando directamente la problemática que le desafía. En materia energética los europeos llevan décadas a la deriva, o lo que es peor, bajo el comportamiento azaroso e inestable del mercado y de la estrategia egoísta y de constante regateo del Kremlin. Hace pocos meses, la cumbre UE-Rusia convocada para hablar sobre el futuro energético del continente dejó bien a las claras las pocas intenciones de Rusia de cambiar de actitud y la vergonzante ineficacia de la diplomacia europea para defender sus intereses. Cundió el miedo ante el mafioso ruso cuando éste contestó, airado, a las críticas de incumplimiento de los derechos humanos en su país. Cesaron los comentarios. Convenía no incomodar demasiado al ex KGB, no fuera a ser que no quisiera más tratos con nosotros.


Europa tiene que zafarse cuanto antes de esta insoportable dependencia. Ya no solamente por las formas en que se da, sino porque la energía que consume está en aras de desaparición. Quedan pocas reservas de gas y petróleo y la demanda aumenta incontroladamente, saliendo además al mercado nuevos compradores de talla XXL: véase China y la India (clientes potenciales de Rusia). Así pues, el tiempo apremia. Hace pocas semanas, la UE instaba a los países miembros a considerar la proliferación de la energía nuclear como una posible salida a la crisis energética que atravesamos. Paradójico, cuando no pocos estados, entre ellos el nuestro, llevan años desmantelando centrales. Pero aún así, ¿es ésta una solución a tener en cuenta? Consideremos rigurosamente la cuestión.

Tal y como hemos dicho, si la demanda energética sigue creciendo sin freno aparente durante las próximas décadas y los combustibles naturales fósiles aceleran, a su vez, su desaparición, se plantean, ya a corto plazo, dos problemas de ingente magnitud: cómo cubrir la demanda (actual e incipiente) y evitar la venenosa contaminación. La energía nuclear, en principio, vendría a subsanar ambas dificultades. La primera de ellas, porque la producción de electricidad alcanzaría cotas inimaginables en escaso tiempo, algo inalcanzable para cualquier energía renovable. La segunda, porque se evita cualquier tipo de expulsión a la atmósfera de sustancias perjudiciales.

Efectivamente, existen también algunos inconvenientes si nos decidimos por la apuesta nuclear. Básicamente, los residuos que genera y el miedo a un nuevo Chernobil. En principio, ambos problemas son solucionables con una adecuada política de gestión de residuos y extremando al máximo las medidas de seguridad de los reactores. Es decir, todo está en manos del buen hacer del ser humano, de su profesionalidad y responsabilidad. Porque hemos de recordar que el único gran accidente nuclear de la historia se debió, básicamente, a una cadena de errores humanos. Y lo mismo ocurrió en otras ocasiones de importancia menor (EE.UU.). Aún así, los temores no desaparecen y tienen un fundamento comprensible.

Pero a día de hoy, la cuestión no debería suscitar demasiadas dudas si pretende abordarse el problema energético de Europa: a corto plazo, necesitamos la energía nuclear. Es la única salida posible si no queremos quedarnos a oscuras o tiritando de frío en un plazo de tiempo no demasiado extenso. Evidentemente, la política energética nuclear ha de ser una apuesta coyuntural, que simplemente nos permita durante los próximos años emanciparnos del caprichoso trato de nuestros negociantes. Coyuntural, porque no hubiera sido necesario recurrir a lo nuclear si anteriormente se hubiese apostado por las nuevas tecnologías y la reconversión energética. Los expertos coinciden en señalar que las nuevas fuentes de energía (hidrógeno o energía nuclear limpia, por ejemplo) y su tratamiento técnico están plenamente desarrolladas como para empezar a dar resultados inmediatamente (al menos en la teoría). Para acabar el trabajo, resta solamente la decisión de invertir, definitivamente, en la reconversión tecnológica necesaria para la puesta en marcha de estos avances. Pero para ello, en algunos casos, son necesarias algunas décadas. Y si a esto añadimos que el funcionamiento del sistema económico mundial depende plena y absolutamente de los combustibles tradicionales, ¿quién quiere ser el primero en abandonar unas materias primas que, por el momento, y seguramente más que nunca, seguirán enriqueciendo a la élite de muchos países y a las grandes multinacionales?

La situación en sí misma es desesperada. Pero mucho más desesperante es haber convenido desde hace tiempo que el problema es real, cercano y casi asfixiante, y que a pesar de ello todavía no se han puesto soluciones eficaces sobre la mesa.

domingo, enero 07, 2007

CONTEXTO POLÍTICO POSMODERNO

La política lleva tiempo atravesando una grave crisis. Una crisis que se manifiesta en dos sentidos. Por un lado, comienza a asentarse entre la opinión de algunos analistas e intelectuales la convicción de que, lo que en los últimos tiempos ha venido llamándose “la clase política”, comienza a dar síntomas inequívocos de sufrir una grave desorientación, decompromiso social y, lo que probablemente sea más preocupante, una creciente falta de capacidad analítico-crítica y reflexiva. Y no es que a los políticos les “falte oficio”, como podría decir simple y llanamente la expresión popular, pues es precisamente esto lo que ha degenerado la actividad política hasta los niveles que hoy mismo comprobamos. Convertir la política en una profesión más, en un oficio, en una diligencia más bien rutinaria y burocrática que cualquiera podría desempeñar ha terminado con el debate de ideas, con la verdadera política.

Cualquiera medianamente crítico, ha de convenir que hoy la política es un espectáculo más, alentado y agrandado por los medios de comunicación. Este binomio, políticos-mass media, ha derivado en una espiral de la que va a ser difícil salir, pues los unos necesitan de los otros indistintamente. Esta es la explicación.

El ambiente posmoderno, como ya adelantamos, se caracteriza en buena medida por una indiferencia social de la masa popular. El proceso de personalización ha provocado un acusado individualismo en los ciudadanos, un “narcisismo psicológico” y nuevas formas de egoísmo que no favorecen en nada a la participación de los individuos en la tarea y preocupación que atañen a la res publica. El ciudadano posmoderno muestra una “sensibilidad epidérmica” hacia lo social, pasajera y fluctuante. Así pues, la idea política no recala en la masa, porque a ésta realmente no le interesa. Ciertamente, esto es un problema para la clase política, sobre todo en los periodos previos a cualquier cita electoral. La solución: siendo conscientes de que la masa posmoderna solamente responde con avidez al “espectáculo”, los políticos utilizan a los medios de comunicación de masas para, espectacularizando la política, reclamar la atención del electorado. Consecuencia primera, ya comentada: la política se banaliza, adultera su verdadera naturaleza. Consecuencia segunda: la ciudadanía se acomoda a este modelo, pues se amolda a sus “necesidades”. Dejamos a Lipovetsky señalar, magistralmente, la tercera consecuencia: “las elecciones siguen interesando a los ciudadanos pero de la misma manera (o incluso menos) que las apuestas, el parte meteorológico o los resultados deportivos” .

Analizando el binomio antes planteado, pero en sentido opuesto, podemos destacar una patente realidad. Los mass media han sido los primeros en percatarse o apuntarse a la vida-espectáculo posmoderna. La información y el entretenimiento se han espectacularizado ostensiblemente, llegando incluso a fusionarse, dando lugar al “infotainment”, elaborándose noticiarios soft o light, ajenos al más mínimo análisis reflexivo o interpretativo, o incluso satirizándose a ellos mismos. La política, como no podía ser de otra manera, forma parte de este planteamiento mediático, focalizándose la atención en lo accesorio, en lo fútil o, en lo que es eminentemente divertido.

Si medios y políticos no apuestan por la política, sino por el espectáculo político, ¿van a ser los ciudadanos, la masa aletargada, sus átomos individualizados y hedonistas, los que aboguen por ella? Se antoja casi imposible. Llegado este punto, quizás algunos datos pudieran ilustrar mejor esta realidad. Una de los estudios más recientes sobre la relación existente entre ciudadanía y política, elaborado por la Fundación Santa María, arroja los siguientes resultados:


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El estudio está especialmente interesado en la opinión del ciudadano joven, lo que todavía resulta de mayor interés si tratamos de indagar sobre la incipiente sociedad posmoderna, ya que puede aportar alguna pista sobre la consolidación o no de lo que para algunos es una realidad naciente y para otros ya arraigada.

Los datos dejan bien a las claras las supuestas preferencias posmodernas: existe un importante poso de indiferencia hacia la política, pero aumentan el interés por la vida sexual, la familia, los amigos y el ocio, mientras que desciende el dedicado al trabajo y la formación. Una posible conclusión, y probablemente la más acertada: aumenta la fijación por aquellas inclinaciones que alimentan en cierta medida el hedonismo y disfrute (sexo y ocio) y el individualismo o, como también señala Lipovetszky, la consolidación de grupos cerrados y limitados, en los que el individuo se muestra cómodo y valorado (familia y amigos). Por otro lado, descienden la valoración del trabajo y la formación, síntoma inequívoco de desinterés por el esfuerzo y por el futuro.

¿Es ésta la radiografía de la advenediza sociedad posmoderna? En principio los datos parecen ajustarse a lo dispuesto en los apartados anteriores. Se aboga por el individualismo, obviando lo público (la política), y prestando más atención a lo presente que a lo futuro. En este mismo sentido, aportamos otra tabla que consideramos significativa, incluida en el trabajo ya citado, para que el lector reflexione por sí mismo.


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Profundizando un poco más en la cuestión propiamente política, aportamos otra serie de datos. Según el mismo estudio, un 33% de los jóvenes considera que la política no afecta para nada a su vida privada y un 24% que tiene poca relevancia. Un 14% considera que es la manera de controlar el poder. Solamente el 18% considera que con la participación política se puede contribuir a mejorar la sociedad.

Otra naturaleza de estadísticas nos indica igualmente la indiferencia política del que sería candidato a ser un ciudadano posmoderno. Si nos referimos a las cifras de participación electoral, los porcentajes de abstención son ostensiblemente altos. En España, casi siempre en torno al 35%, superándose a veces ampliamente, dependiendo del tipo y ámbito de consulta, este mismo porcentaje. Lo mismo ocurre en Europa y Estados Unidos, en principio adalides de la democracia y los territorios políticamente más activos e influyentes del mundo.

Por lo tanto, en resumen, y agrupando los datos para facilitar la lectura, únicamente un 18% de los jóvenes tiene a la política en buena consideración, frente a un 71% que no la consideran digna de gran interés. Tanto desinterés que, cuando se les pregunta por el sistema de gobierno, aunque mayoritariamente escogen la democracia, un preocupante 10% prefiere o no le importaría vivir bajo el auspicio un gobierno autoritario.


A tenor de lo expuesto, ¿puede afirmarse que el hombre posmoderno es apolítico? Con grandes dificultades. Quizá la respuesta sea más compleja de lo que aparenta. Por un lado, en momentos puntuales, o en función de la coyuntura socioeconómica, ha habido grandes manifestaciones de masas en los últimos años en todo el mundo pronunciándose políticamente sobre algún asunto concreto, siendo este fenómeno de una relevancia y participación social innegables: manifestaciones antibelicistas, antiterrorismo, movimientos altermundialización, reacciones estudiantiles ante reformas estatales (trabajo, educación, vivienda…) etc. Esto incita a considerar que el ciudadano actual todavía presta atención, aunque de manera limitada, a la cosa pública. Pero a la vez, ha de reconocerse la laxitud de tales manifestaciones, momentáneas y pasajeras, objeto de fácil olvido y poca perseverancia.


Por tanto, y curiosamente, la respuesta a la pregunta ha de ser, como la naturaleza posmoderna, relativa. Sí, el hombre posmoderno es apolítico, porque se distancia de la política y del espacio público de ésta para refugiarse en sus propios asuntos, sin contar con ella. El individualismo que le es connatural debido al proceso de personalización; su mayor atención a la política espectáculo, de consumo rápido; “el pensar sin moldes ni criterios”; el “pensamiento débil” y su incredulidad ante los relatos-discursos, entre otras cosas ya apuntadas, provocan inevitablemente su naturaleza apolítica. Pero, bajo otra perspectiva, hay que reconocer que el hombre posmoderno “ha escogido” él mismo este camino, este planteamiento político, que pretender ser apolítico. Y para el hombre posmoderno no hay contradicción de términos, pues su “apertura” conceptual y su emancipación respecto de los esquemas modernos-tradicionales permiten que se asiente en esta postura. El ciudadano posmoderno será unas veces más activo políticamente que otras, todo dependerá del contexto espaciotemporal y de sus propios intereses, y serán los hermenéuticos y los “expertos” los que se encargarán de dilucidar los porqués.


Surge una nueva corriente política, por mucho que ellos mismos quieran alejarse del propio término, y por mucho que los más tradicionalistas se lamenten. O quizás no una nueva corriente, sino una nueva política.

[Extracto, sin notas a pie, del estudio: La influencia de la posmodernidad en los planteamientos políticos y en las relaciones internacionales, por Aitor Lourido]

viernes, enero 05, 2007

FIN DEL PROCESO. ETA SE ACOBARDA

No debiera ser una sorpresa, aunque lo fue. A los más confiados se les habrá atragantado el turrón con lo abrupto y humeante que ha sido el final del “duro, largo y difícil” proceso de paz. Porque esto, y ya no hay remedio, se ha terminado. Cuando salgamos del asombro que ahora nos embarga nos percataremos de ello. Y seguramente más bien poco a poco, como siempre, cuando los atentados, o los amagos de, vuelvan a visibilizarse nuevamente.


Desde los últimos meses, había indicios que apuntaban a que algo no iba bien, a pesar de los esfuerzos del Gobierno por mantener activo el proceso y aparentar que se sabía lo que se estaba haciendo. Y probablemente fuera así, no tenemos porqué pensar lo contrario. Pero lo cierto es que los etarras fueron poniendo obstáculos en el camino, en forma de robos de pistolas, violencia callejera, extorsión a empresarios, comunicados de advertencia… Por su parte, las cabezas visibles de los abertzales tampoco se mostraban muy colaboradores. Como siempre, cortos de miras y víctimas de una irracionalidad e intolerancia deplorables, bombardeaban a la opinión pública con discursos que, más que sonar a “advertencias”, se antojaban inexplicables amenazas (aunque resulta que ahora el proceso, según ellos, tiene que estar más vivo que nunca). ¿Cómo prosperar en el diálogo político si los interlocutores no son dignos de ser tales? Nuestra capacidad de entendimiento aumentaría exponencialmente si dialogáramos con orangutanes.


Se especulaba con que el atentado pudiera haber sido obra de una facción de ETA desvinculada de la línea oficial de la banda. Aunque algunos indicios pudieran apuntar en un principio en esa dirección (no hubo comunicado previo de ruptura del “alto el fuego permanente”), a estas alturas dicha hipótesis parece descartarse. En estos días posteriores al atentado se han descubierto una par de zulos que guardaban grandes cantidades de material explosivo, coches listos para atentar… La ETA de siempre, sin facción ni deserción, ha vuelto a las andadas, y parece que lo hace con decisión.


Políticamente, las cosas siguen igual que durante y antes de la puesta en marcha del proceso de paz: división entre los políticos, entre las propias asociaciones de víctimas y entre los medios de comunicación. Un espectáculo dantesco, kafkiano, tratándose de lo que se trata. Ya no se sabe muy bien quién arrastra a quién, pero una cosa está clara: mientras el Partido Popular siga escorándose tan peligrosamente hacia la extrema derecha, desplegando como único programa un discurso catastrofista, apocalíptico y anti todo; mientras algunos radiopredicadores o directores de diarios que rozan lo folletinesco, de perversas intenciones, sigan gozando de impunidad ante sus intoxicaciones e insultos, delitos auténticos; y mientras la principal asociación de víctimas del terrorismos, la AVT, quiera seguir siendo protagonista de lo político y títere o vasallo de los anteriores, el final de ETA no se atisba cercano. Durante este proceso, nadie de los ahora nombrados ha movido ni un solo dedo para que, al final, que es lo que cuenta en este caso, todo llegara a buen puerto. Ahora mismo, en el fondo, todos ellos se están relamiendo después de lo sucedido. Porque aunque la culpa de lo acaecido es única y exclusivamente de los etarras, de su cobardía y absurdez, la pasividad y las ansias saboteadoras de los que se dicen demócratas, liberales e incluso víctimas es atroz, pavorosa y denunciable en todas sus formas.