En un principio nadie entendería como negativa la esquematización o simplificación de las ideas si este ejercicio, en determinadas circunstancias, tiene por objetivo el mejorar el entendimiento comunicativo o hacer más pragmática la emisión de un mensaje. Hablamos, evidentemente, de la economía del lenguaje. Pero, tal y como aquí expondremos, tan lógica y loable predisposición puede a la vez derivar en una perversa divulgación de inexactitudes, falsedades o incluso de tendenciosos prejuicios poco bondadosos como para ser social y masivamente divulgados.
El lenguaje o código simbólico pretende ser unificador, alcanzar validez universal. De hecho, suele germinar a raíz del consenso, a veces más tácito que explícito, de las comunidades o sociedades que luego serán usufructuarias del mismo. Por otra parte, al símbolo se le supone, aunque esquemático, riguroso con la realidad que pretende transmitir. Se le otorga la presunción de verosimilitud con su referente. Un referente no solamente físico, pues los símbolos también pueden apelar a ideas o convicciones, más abstractas e inaprensibles, pero muchas veces de muy necesaria plasmación pública.
Ahora bien, es igualmente posible que de esta indisoluble relación entre significante y significado afloren algunas de las más pérfidas e injustas preconcepciones humanas, alejadas ampliamente del rigor y de la verosimilitud aludidos anteriormente, con el agravante de que se universalizan y se consolidan en la psique colectiva. Tal es el caso que nos ocupa. La imagen que encabeza estas líneas fue tomada hace unos días en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Presidía una puerta que se encontraba, curiosamente, dentro del espacio de los toilettes masculinos. Como veremos, la realidad y el sentido común anularán el significado y el mensaje de este símbolo.
La imagen viene a ser un exponente más de la perpetuación del ideario machista de nuestras sociedades. El campo semántico en el que se basa su mensaje es verdaderamente siniestro: limpiar, fregona… y mujer. Efectivamente, dicha relación de conceptos han perdurado y perdurará. Pero en pleno siglo XXI, el de la mujer, en sociedades que supuestamente practican el progresismo por doquier y se creen ya poseedoras de gran sensibilidad de género, detalles como estos nos recuerdan todo el camino que queda todavía por recorrer y cuál es la idea visceral que sigue predominando. Relacionar, mediante esquema preconcebido, a la mujer con la actividad de la limpieza ahonda en la brecha. ¿Acaso la mujer viene genéticamente predeterminada para la limpieza? ¿Cuenta con ansias especiales para este desempeño? Semejantes cuestiones no merecerían respuesta.
Pero la propia realidad también choca con lo que el propio símbolo quiere representar. En el aeropuerto Charles de Gaulle se pueden observar a varios hombres realizando labores de limpieza, fregona en ristre, al igual que sus compañeras femeninas. Lo que plantea una interrogante interesante. ¿Pueden estos hombres entrar en el cuarto de almacenamiento cuya puerta es presidida por la imagen que tanto nos impacta? ¿Tendrán de verdad vetada la entrada? ¿Tendrán otro lugar al que acudir con símbolo masculinizado?
No. En otros toilettes, la situación se solventó de manera mucho más inteligente: un cartel explicativo que rezaba personnel tecnique. Neutro y aburrido, sí, pero eficaz. Pero podrían proponerse otras opciones más vistosas: por ejemplo, pintar un simple cubo y una fregona, sin necesidad de que ninguna imagen antropomórfica los acompañe. Si se trata de impedir el paso al personal ajeno al aeropuerto o al servicio de limpieza, estas opciones cumplirían perfectamente con el cometido, sin necesidad de introducir matices machistas en su mensaje.
No serán pocos los que crean que las consideraciones aquí expuestas no merezcan
credibilidad, reflexión o debate, una preocupante actitud que deberíamos denunciar. Pero el exceso de celo o las reacciones excesivamente beligerantes tampoco deberían ser bienvenidas. La alternativa no es masculinizar ni feminizar todos los símbolos, ni desterrar definitivamente el masculino universal. Como tampoco revertir totalmente la situación. Sí que conviene, sin embargo, comenzar a cuidar los mensajes, utilizar más términos neutros y aprender que la igualdad comienza con los pequeños detalles.









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