domingo, septiembre 09, 2007

SIN TIEMPO PARA PENSAR

Hacer buen periodismo es algo extraordinariamente difícil.

Las razones por las que disponemos tan severa afirmación son varias y también variopintas. Quizás las segundas resulten en su narración más amables y provoquen en el lector mayor esparcimiento e hilaridad por el extenso anecdotario que podemos reunir si aquí las relatáramos. Quizá algún día, en Ex Profeso, alimentemos las curiosidades de los fieles a esta bitácora describiendo desenfadadamente algunas de ellas, basadas, por supuesto, en la experiencia del que escribe. Pero son las primeras razones, las varias y no variopintas, aun siendo de árido entendimiento para algunos, las más importantes y en las que aquí nos centraremos.

El arduo trabajo periodístico se hace complicado, en primer término, por el inmedible e inconcreto fin que persigue: hacer que la audiencia, en su idea más extensa, comprenda, asimile y aplique los conceptos necesarios para entender el mundo que le rodea. Como diría uno de mis compañeros de promoción, de inestimable brillantez: “el periodismo es hacer el mundo inteligible”. Si tal es nuestra misión, entiéndanse nuestras dificultades. El fin es propio de superhéroes. Y más conociendo bien el mundo que nos ha tocado “entender”.

Resulta evidente que la audiencia es eminentemente heterogénea, lo que añade grandes incertidumbres al periodista, planteándole cuestiones de respuesta imposible o, en el mejor de los casos, imprecisa. Por supuesto, las dudas a las que nos referimos poco tienen que ver con las argüidas por algunos académicos mediocres (ambos, variopintas y variopintos), que consideran que el pitido de un claxon podría adulterar gravísima e irremediablemente nuestro ejercicio. Como ya dijimos que lo variopinto lo dejábamos para otro día, no ahondaremos en ello. Sí subrayamos que las verdaderas dudas tienen que ver con el tratamiento de la información, con la profundidad de nuestra reflexión (porque sí, el periodista no sólo informa, también reflexiona), con el grado de parcialidad de nuestro discurso (pues no todos deben ser imparciales), con lo que queremos enseñar a nuestro público (si el periodista no aporta nada, su trabajo resulta estéril), con el grado de interrelación que conseguiremos en la mente de nuestro receptor entre uno y otro hecho noticioso y también, y esto no suele reconocerse públicamente, con el grado de capacidad propia con el que contamos para elaborar un buen trabajo periodístico concreto (¿o es que el periodista es experto en todo?). Tales son las dudas que asaltan al buen periodista antes de enfrentarse a su trabajo.

Hemos dejado para el final una cuestión que, si bien se antojaría secundaria, la rutina periodística y las exigencias de la Sociedad de la Información han provocado que su importancia predomine en exceso: el tiempo. ¿Cuánto tiempo es necesario para plantear y responder satisfactoriamente a todas las variables que acabamos de exponer? Por supuesto, no hay respuesta con números redondos. Sin embargo, el tiempo, en el periodismo, resulta extremadamente crucial. La calidad suele estar directa y proporcionalmente relaciona con éste. De ahí que se concluya que la velocidad a la que los medios de comunicación se ven obligados a trabajar sea absolutamente contraproducente, viéndose las consecuencias fácilmente: superficialidad en el tratamiento, datos incorrectos y de aplicación incomprensible y una imperdonable inconexión entre diferentes relatos.

Pero, ¿por qué esta velocidad, por qué trabajar con prisas? Varias podrían ser las respuestas y ninguna excesivamente concluyente. El mundo globalizado ha generado por sí mismo nuevas corrientes de información que inundan las redacciones con toneladas de datos y noticias en tiempo real, resultando imposible su adecuado tratamiento. Esa contemporaneidad ahoga al periodista, más cuando ocurren decenas de hechos similares simultáneamente. Y la respuesta que se ha “consensuado” ante semejante alud probablemente no sea la mejor: dar salida, cuanto antes, a este flujo informativo. Y si se es el primero, tanto mejor. Lo que supone obviar, por supuesto, todo el ejercicio reflexivo que proponíamos líneas arriba.

La otra gran razón que se aduce para trabajar a tan supersónicas velocidades viene de las exigencias de la propia audiencia. El público se ha acostumbrado a tener información casi simultáneamente al hecho acaecido. Inconscientemente, ha apostado por la inmediatez antes que por la rigurosidad y la calidad (que sólo se gestan a partir de la mesura temporal). Esto es claramente observable ante hechos extraordinarios y de ingente importancia social. Se quiere saber, y se quiere saber ya, en el momento. Probablemente las rectificaciones se sucedan constantemente, como ocurre muy a menudo durante el velocísimo relato de estos episodios. Pero, a la sazón, parece que resulta indiferente, pues lo que cuenta es contar algo. ¿Merece la pena sosegar nuestro relato para ganar en calidad, acierto y rigurosidad? Sin duda. Pero, ¿está dispuesta nuestra Sociedad de la Información a que así sea? Probablemente no. Es así como lo medios compiten en velocidad, olvidándose de que el periodismo se asemejaría más a una carrera de fondo.

En definitiva, el periodismo requiere pensar. Pensar en una multitud de variables y coyunturas que no pueden obviarse de la producción periodística. Sin embargo, incomprensiblemente, no hay tiempo para ello. La complejidad informativa de nuestra era requiere, más que nunca, de tiempo para la reflexión. En ello radica buena parte de la profesionalidad periodística y, sobre todo, de la responsabilidad e importancia de un oficio que sobrepasa lo intuitivamente supuesto por la mayoría. En ello está la diferencia entre regurgitar datos y explicar las noticias, entre la insana improvisación y la calidad del argumento. Así pues, en esencia:

Pensar es hacer periodismo, y hacer periodismo es hacer pensar.

1 comentarios:

María Elvira dijo...

Ya te había escrito un comentario pero algo he debido hacer mal.
Lo que te decía es que al igual que la profesión se ha corrompido también los términos que la engloban como, por ejemplo, el término periodista. Éste se utiliza sin ton ni son, a cualquiera se le llama periodista siendo muy pocos los que quedan de esta especie.
Como tú has dicho , el periodismo es algo muy complejo y no debería ser accesible como profesión para cualquiera , pero al igual que con lo de Eva H en la política... cualquiera puede. De este modo ha de bajarse el nivel y hacer de temas como el tono o el timbre de voz, y esa clase de chorradas, algo importante, porque puede ser comprendido por cualquiera, cualquiera puede ser un experto en el tono de voz anti claxon. Pero no cualquiera puede hacer el mundo inteligible para los demás, de ahí que el periodismo de verdad esté en extinción.
Si eso no es motivo de preocupación general pues no sé qué puede llegar a serlo...pero aquí no pasa nada.
Un abracito