jueves, mayo 31, 2007

ELECCIONES 27-M: PREMIO DESIERTO

Como es tradición, y bajo el siempre insincero análisis de los principales partidos, las elecciones autonómicas y municipales han tenido dos claros ganadores. Cada formación, a la vista de los resultados, tiene una criba distinta para separar, cada cual a su manera, el trigo de la paja. Así, cosechar 150.000 votos más que su rival y las aplastantes victorias en el Ayuntamiento y Comunidad de Madrid parecen servir de sólidos argumentos para que el Partido Popular se autoproclame como ganador. Sin embargo, aducen los socialistas, el PSOE ha ganado gran número de concejales y se ha hecho con la posibilidad de gobernar en importantes “plazas”, tradicionalmente territorios conservadores.

Objetivamente, 150.000 votos resulta muy poca ventaja como para que el Partido Popular justifique su indisimulada exaltación. Saben que de no producirse el descalabro socialista en Madrid, la ventaja se esfumaría. Lo que demuestra lo endeble y contingente que resulta ser, en el fondo, su entusiasmo. La actitud del PP, abonada a la demagogia ultraderechista y colmada de calumnias e insultos, ha conllevado importantes varapalos en lugares “estratégicos” dentro del mapa político de España. Han sufrido un duro golpe en el País Vasco (en los municipios de Álava, único bastión popular en la zona), Galicia (donde no gobernarán en las 7 primeras grandes ciudades), Cataluña (donde cada vez captan menos electorado), Navarra (UPN pierde la mayoría) e incluso en las Islas Baleares. El sobredimensionado optimismo conservador quiere camuflar dichos traspiés para posicionarse de la mejor manera de cara a las elecciones generales del año próximo. La inanidad de su líder, el estancamiento en intención de voto, la consecutivas derrotas electorales desde marzo de 2004 (en la europeas, en las autonómicas de “comunidades históricas”, en referéndums…) y la falta de un programa político democrático son algunas de las razones que han impulsado a que el Partido Popular ensalce sus cuestionables méritos después de una victoria por la mínima y con incalculables pérdidas de poder para alimentar las esperanzas de su electorado.

Ahora bien, dichos argumentos no sirven para reforzar la postura del Partido Socialista. Al igual que los populares, tiene dificultades en sus territorios. Se retrocede en Castilla La Mancha, Cantabria (donde se gobierna en coalición) y en importantes ciudades andaluzas (incluida Sevilla), además de confirmarse que la izquierda no parece alternativa en Levante, Madrid, y Castilla y León. Por otra parte, el PSOE vuelve a depender excesivamente de los pactos electorales con partidos nacionalistas para formar gobiernos autonómicos y municipales, estrategia que comienza a provocarle gran desgaste ante la opinión pública: el rechazo visceral de unos, la desconfianza de otros o la reacción escéptica de otros muchos. Y es que los precedentes no son demasiado satisfactorios. La radicalidad de partidos como ERC no ha traído más que formidables quebraderos de cabeza para el PSOE y el Gobierno de Zapatero. Quizás las pequeñas cotas de poder a la que ahora puedan aspirar los socialistas no valgan las hipotecas que este tipo de pactos puedan incluir en la letra pequeña.

Precisamente, un pacto de esta naturaleza descansa estos días sobre la mesa de los socialistas. El PSOE podría gobernar la comunidad navarra compartiendo responsabilidades con Nafarroa Bai, partido nacionalista radical que aboga por la adhesión al País Vasco. La pérdida de la mayoría absoluta de UPN (“filial” del Partido Popular en la región) otorga posibilidades de vuelco político, dulce sueño para los socialistas. Pero, de nuevo, los cálculos han de sobrepasar a toda elemental aritmética electoral. ¿Conviene, pensando en las generales, que el PSOE pacte con NaBai? Todo apunta a una respuesta negativa. La “cuestión navarra”, inexistente pero machaconamente alimentada por el PP, ha traído no pocos problemas al actual Ejecutivo. Y pactar con los radicales no hará más que engrosar dicho argumentario político, tanto el del Partido Popular como el de su sus medios afines. Por no hablar de la gran condición que rubricaría el pacto: que ANV gobernara el ayuntamiento de Pamplona. Transigir semejante cláusula supondría un auténtico cisma en la vida política española, algo que precisamente no conviene a un PSOE en horas bajas. Pero, además de todo lo expuesto, ¿por qué pactar con un partido que no respeta lo dispuesto en la Constitución sobre el actual estatus de la Comunidad Foral? Zapatero no debería hipotecarse de esta forma para los próximos cuatro años, cercenando sus posibilidades de repetir en la Moncloa. Sí puede, en cambio, recoger el guante de UPN, que le ofrece gobernar la comunidad conjuntamente. La oportunidad de clausurar la “cuestión navarra” es inmejorable. El PSOE cerraría un frente político indeseable y molesto y, quizás lo más importante: dejaría a la oposición sin uno de sus principales “argumentos” de campaña. Un Partido Popular, sin pretextos sobre los que mentir, es rival pequeño. Incluso el ejercicio de magnanimidad que desplegaría Zapatero al “olvidar” los dislates elevados por el PP a propósito de dicha cuestión, podrían retribuir al Presidente interesantes resultados en un futuro no demasiado lejano.

Quedan aproximadamente diez meses para la próxima cita electoral y probablemente vivamos la precampaña política más extensa y endurecida desde principios de los noventa. Ante tal situación, y sabiendo que la legislatura está agotada (no hay grandes proyectos a la vista, las reformas sociales y territoriales están zanjadas y el proceso de paz hace meses que expiró), Zapatero tiene dos opciones: adelantar el proceso electoral o estirar su mandato hasta el final. En el primer caso, el Presidente recortaría el tiempo efectivo del PP para elevar sus feroces críticas pero, a la vez, se expone a que el aparente efecto inflacionista que están experimentando las posibilidades de la derecha de llegar a la Moncloa (que probablemente se deban más bien a deméritos de la izquierda) pueda acarrear un grave disgusto al PSOE. Y más cuando el entusiasmo popular de estas elecciones (a pesar de lo infundado de sus razones) podría provocar un efecto en cadena si las elecciones se adelantasen. La segunda opción, respetar los plazos establecidos, podría resultar de gran provecho para los socialistas. El Ejecutivo centraría sus esfuerzos en publicitar todos sus logros económicos y sociales, que han sido extensos y variados, siendo esto ventaja ostensible frente a los desvaríos y atrocidades político-dialécticas del Partido Popular. Además de poder incitar a la masiva participación, tradicionalmente favorecedora para los intereses de la izquierda.

Así pues, lo que se concluye de lo ocurrido el pasado domingo no permite elevar clarificadoras hipótesis de lo que pudiera acontecer dentro de unos meses. Los verdaderos balances de PSOE y PP arrojan todo tipo de benevolencias y preocupaciones, lo que impide atisbar quién de los dos parte con cierta ventaja. La contienda electoral, esta vez a pequeña escala, ha dejado intactas las esperanzas y los miedos de ambos partidos, pudiéndose esta vez hablar, con propiedad y argumentos, de un empate técnico. ¿Una pista para el futuro?