martes, enero 23, 2007

LA TELEVISIÓN EN ESPAÑA: TONELADAS DE BASURA

Qué desgracia, qué hedor.

Desde la llegada de las televisiones comerciales la calidad de las emisiones ha disminuido exponencialmente para desgracia de nuestra salud mental. El panorama televisivo español debería resultar pavoroso ante los ojos de cualquier individuo con un mínimo de decencia política, cultural y moral. Prolifera lo morboso y lo pornográfico, a la vez que lo “rosa” y lo “amarillo” inundan las parrillas de todas las cadenas, incluidas la de gestión pública. Además, la información y la cultura cada vez se encuentran más arrinconadas, lo que debería haber encendido todas las alarmas desde hace tiempo. Sin embargo, no ha sido así. Productores y espectadores se vanaglorian constantemente de las bondades que ha conllevado la democratización del espectro radioeléctrico y la supuesta pluralidad de medios derivada de tal reparto del éter. Pero cabe preguntarse qué ha reportado exactamente la asunción de este modelo, aparte de una oferta homogénea de productos audiovisuales de ínfima calidad, carentes de contenido, y de engendrar, junto con otros factores, a una audiencia acrítica, aborregada y tremendamente necia, absolutamente indigna de una sociedad democrática regida bajo la égida de un régimen de libertades. Éste es el verdadero y constatable balance de nuestro sistema televisivo nacional.

Las causas por las que el medio de comunicación probablemente más influyente y con unas infinitas potencialidades se haya pervertido hasta estos límites son por todos conocidas. Mientras siga concibiéndose la televisión como un modo más de hacer negocio, mientras sus gestores sigan siendo empresarios de pensamiento estéril, incapaces de ver más allá de unas cuantas cifras de audiencia y de tarifas publicitarias, y mientras se siga abriendo paso a productores ignorantes y ayunos del más mínimo conocimiento, que no dudan en capitalizar debidamente la indecencia de sus planteamientos, la televisión que nos espera seguirá cayendo en picado hacia la más absoluta y total de las miserias.

Ante este mastodóntico problema (que lo es, no tengan ustedes duda) las soluciones, a día de hoy, pasan por ser, para algunos, un tanto radicales, pero no son tal. España precisa de manera apremiante la creación de un Consejo superior en materia audiovisual y en nuevas tecnologías, independiente del poder ejecutivo-legistativo, que vigile y sancione constantemente el quehacer mediático. Sus resoluciones, de carácter irrevocable, habrían posteriormente de tomarse en consideración por los Tribunales competentes, ejecutores de facto de las sentencias propuestas por el Consejo. Los más importantes países europeos y EE.UU cuentan desde hace décadas con instituciones similares. Sin embargo, como ya hemos podido comprobar, en España existe pavor auténtico a este debate, alegándose que tal medida supondría una intromisión estatal y la disminución de la libertad de expresión. Lo que se esconde detrás de semejante sofisma es el miedo y la falta de alternativas al fin definitivo del inconcebible libertinaje que ha regido a la televisión durante los últimos veinte años y que aparentemente tan bien ha resultado. Pero la oposición de las televisiones no ha de frenar este empeño.

Las soluciones verdaderamente radicales supondrían la prohibición plena, definitiva o temporal, de la explotación privada del espectro público radioeléctrico, siendo esta actividad exclusiva del Estado, cuyo modelo de entender la televisión huiría despavoridamente de los planteamientos actuales, garantizando una emisión centrada en los contenidos de calidad, tanto de información, entretenimiento y formación. Por supuesto, óbviese discernir en qué consisten los criterios mínimos de calidad, pues aquellos que pretenden promover este debate no dejan de ser, en el fondo, cómplices del actual modelo. La gente capaz, íntegra y formada, que debería tomar las riendas de la gestión mediática, concluiría tal cuestión sin miramiento alguno.

En definitiva, la vuelta al modelo “paternalista” en lo que se refiere a la gestión de los medios de comunicación, en especial de la televisión, no se antoja hoy descabellada, observando detenidamente la coyuntura por la que atraviesa nuestro país en esta materia. Quizás tocase hacer propio, más que nunca, el aforismo que encabeza este blog, para poder reconducir rápida y eficazmente la situación. Mientras tanto, conformémonos (y a la vez disfrutemos y publicitemos) con los pequeños oasis de normalidad que aún sobreviven en el seno de la infame televisión que nos ha tocado soportar.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Un buen día del año 2006 decidí, con 33 años entonces, no ver más televisión:
- Las películas eran interminables por la axfisiante publicidad.
- Los programas emitidos durante las horas más propicias para la reunión familiar me hacían sonrojar delante de los míos.
- El humor era simplemente sinónimo de sexo.
- Los deportes eran...sólo futbol.
- Ausencia de programas musicales.
- La pornografía en abierto de ciertas cadenas era...joer, cuando yo era más joven sería denunciable.
- Las noticias, politizadas.

En fin, a día de hoy me informo con prensa escrita y digital de diverso palo político.
Me veo las pelis y documentales que me sale de los timbales y sin publicidad. Todo gracias a internet donde uno elige sin tener que tragar con todo ese gran cauce de mierda que arrojaba la tv sobre mí. Soy libre.