domingo, enero 14, 2007

LA POLÍTICA ENERGÉTICA DE LA UE


Se atisba ya, como tónica habitual a comienzo de cada año, una realidad: Rusia quiere que sus vecinos pasen el invierno con los pies fríos. Si el año pasado cortó el grifo energético a Ucrania, en el 2007 le ha tocado el turno a Bielorrusia.


Las consecuencias para el resto de los países de Europa son más que evidentes, pero a pesar de ello no se han tomado medidas cualitativamente importantes como para evadir los chantajes de Moscú, esto es: apostar definitivamente por una política energética común e implementar una profunda reconversión tecnológica. De momento, la Unión Europea se ha conformado con una política de “ir tirando”, no afrontando directamente la problemática que le desafía. En materia energética los europeos llevan décadas a la deriva, o lo que es peor, bajo el comportamiento azaroso e inestable del mercado y de la estrategia egoísta y de constante regateo del Kremlin. Hace pocos meses, la cumbre UE-Rusia convocada para hablar sobre el futuro energético del continente dejó bien a las claras las pocas intenciones de Rusia de cambiar de actitud y la vergonzante ineficacia de la diplomacia europea para defender sus intereses. Cundió el miedo ante el mafioso ruso cuando éste contestó, airado, a las críticas de incumplimiento de los derechos humanos en su país. Cesaron los comentarios. Convenía no incomodar demasiado al ex KGB, no fuera a ser que no quisiera más tratos con nosotros.


Europa tiene que zafarse cuanto antes de esta insoportable dependencia. Ya no solamente por las formas en que se da, sino porque la energía que consume está en aras de desaparición. Quedan pocas reservas de gas y petróleo y la demanda aumenta incontroladamente, saliendo además al mercado nuevos compradores de talla XXL: véase China y la India (clientes potenciales de Rusia). Así pues, el tiempo apremia. Hace pocas semanas, la UE instaba a los países miembros a considerar la proliferación de la energía nuclear como una posible salida a la crisis energética que atravesamos. Paradójico, cuando no pocos estados, entre ellos el nuestro, llevan años desmantelando centrales. Pero aún así, ¿es ésta una solución a tener en cuenta? Consideremos rigurosamente la cuestión.

Tal y como hemos dicho, si la demanda energética sigue creciendo sin freno aparente durante las próximas décadas y los combustibles naturales fósiles aceleran, a su vez, su desaparición, se plantean, ya a corto plazo, dos problemas de ingente magnitud: cómo cubrir la demanda (actual e incipiente) y evitar la venenosa contaminación. La energía nuclear, en principio, vendría a subsanar ambas dificultades. La primera de ellas, porque la producción de electricidad alcanzaría cotas inimaginables en escaso tiempo, algo inalcanzable para cualquier energía renovable. La segunda, porque se evita cualquier tipo de expulsión a la atmósfera de sustancias perjudiciales.

Efectivamente, existen también algunos inconvenientes si nos decidimos por la apuesta nuclear. Básicamente, los residuos que genera y el miedo a un nuevo Chernobil. En principio, ambos problemas son solucionables con una adecuada política de gestión de residuos y extremando al máximo las medidas de seguridad de los reactores. Es decir, todo está en manos del buen hacer del ser humano, de su profesionalidad y responsabilidad. Porque hemos de recordar que el único gran accidente nuclear de la historia se debió, básicamente, a una cadena de errores humanos. Y lo mismo ocurrió en otras ocasiones de importancia menor (EE.UU.). Aún así, los temores no desaparecen y tienen un fundamento comprensible.

Pero a día de hoy, la cuestión no debería suscitar demasiadas dudas si pretende abordarse el problema energético de Europa: a corto plazo, necesitamos la energía nuclear. Es la única salida posible si no queremos quedarnos a oscuras o tiritando de frío en un plazo de tiempo no demasiado extenso. Evidentemente, la política energética nuclear ha de ser una apuesta coyuntural, que simplemente nos permita durante los próximos años emanciparnos del caprichoso trato de nuestros negociantes. Coyuntural, porque no hubiera sido necesario recurrir a lo nuclear si anteriormente se hubiese apostado por las nuevas tecnologías y la reconversión energética. Los expertos coinciden en señalar que las nuevas fuentes de energía (hidrógeno o energía nuclear limpia, por ejemplo) y su tratamiento técnico están plenamente desarrolladas como para empezar a dar resultados inmediatamente (al menos en la teoría). Para acabar el trabajo, resta solamente la decisión de invertir, definitivamente, en la reconversión tecnológica necesaria para la puesta en marcha de estos avances. Pero para ello, en algunos casos, son necesarias algunas décadas. Y si a esto añadimos que el funcionamiento del sistema económico mundial depende plena y absolutamente de los combustibles tradicionales, ¿quién quiere ser el primero en abandonar unas materias primas que, por el momento, y seguramente más que nunca, seguirán enriqueciendo a la élite de muchos países y a las grandes multinacionales?

La situación en sí misma es desesperada. Pero mucho más desesperante es haber convenido desde hace tiempo que el problema es real, cercano y casi asfixiante, y que a pesar de ello todavía no se han puesto soluciones eficaces sobre la mesa.