domingo, diciembre 24, 2006
viernes, diciembre 22, 2006
EL VIAJE DEL PROFESOR CARITAT. Una visión personal.
Los amantes de la novela filosófica tienen un ineludible título que añadir a su colección de obras de tal género. El viaje del profesor Caritat, de Steven Lukes, aúna sabia y magistralmente la más profunda disquisición filosófica con la intrínseca viveza de un relato cargado de incertidumbres, provocando tal mezcolanza altos grados de hilaridad en el lector, pero acompañados a la vez de las pertinentes enseñanzas y citas autoriales propias del género literario al que nos referimos.
Como sabrán los más versados en esta materia, Steven Lukes es uno de los tratadistas de filosofía político-social mejor considerados de las últimas décadas. De toda su obra, destaca sobremanera su biografía de Émile Durkheim (Émile Durkheim. Su Vida y su Obra) publicada por primera vez en 1972, y que complementaría años más tarde con otros estudios sobre este mismo autor (a saber, por ejemplo, Durkheim y
Repasando la crítica dedicada a la obra que nos ocupa hallamos cierta falta de consenso a la hora de valorar su calidad literaria. Ciertamente, la decepción de aquél que la abordara únicamente con ánimo de alcanzar el esparcimiento mental hubo de ser de grandes proporciones (personajes planos, ausencia de tramas secundarias, avance “azaroso” del relato…) Ahora bien, ha de convenirse, si deseamos ser medianamente rigurosos, que no es ésta precisamente la primera y más aprovechable utilidad de la obra, sino más bien la de aportar al lector, de manera asequible, un torrente de ideas de las principales corrientes de filosofía política predominantes en los últimos dos siglos (autoritarismo, utilitarismo-benthamismo, comunismo-marxismo y (neo)liberalismo). Así pues, hablamos de un tratado filosófico – político, de naturaleza eminentemente divulgativa, revestido con los esquemas propios de una novela.
La historia arranca con la captura del profesor Caritat (experto estudioso del Siglo de las Luces) por parte de las autoridades de su propio país, Militaria, nación cuyo devenir parece estar continuamente bajo las auspicios de una vil y férrea dictadura militar. El “optimismo” y librepensamiento del profesor Caritat, absolutamente absorbido por las ideas ilustradas, se considera una amenaza en Militaria. Pero afortunadamente para nuestro protagonista, un grupo opositor al régimen, denominado
La primera parada es el un país llamada Utilitaria, cuya capital es Cálcula. Un país regentado única y exclusivamente por la regla de la maximización, ya sea ésta de la salud, felicidad, educación…, y en la que todo es susceptible de amoldarse a fórmulas y planteamientos matemáticos. El fin de todas las acciones: el mayor bienestar del mayor número de individuos posibles. Una sociedad aparentemente sugestiva, pero a la que Caritat no acaba de amoldarse.
La siguiente estancia de su viaje se desarrolla en Comunitaria, cuya capital, Políglopis, es el crisol de una multitud étnico – religiosa. La convivencia de tal variedad de idiosincrasias, a veces excluyentes e irreconciliables entre sí, resulta de una ingente complejidad. Una ciudad en la que la norma de lo políticamente correcto ha de llevarse al extremo, que cercena la libertad de expresión (autocensura), pero en la que a la vez se otorga (o tiene que otorgase) validez a cualquier planteamiento ideológico, asfixia a Caritat.
Después de un curioso sueño, en el que Caritat conoce lo que, verdaderamente, sería la ciudad perfecta que trataba de encontrar (Proletaria, el ideal comunista – marxista), el protagonista arriba a Libertas, capital de Libertaria. Una sociedad en la que, supuestamente, el individuo goza de la máxima libertad de acción. Pero Caritat pronto se percatará de que es una libertad mal entendida, y que únicamente se encuentra en una sociedad cautiva, presa de una lógica económica que impone a los individuos un perverso sistema de vida.
Como no es nuestra intención desvelar al lector más detalles de la trama, no profundizaremos más en esta cuestión. Sin embargo, no queremos obviar comentarios en clave laudatoria sobre los magníficos “diálogos” que Caritat mantiene con algunos de los autores ilustrados (en realidad, son monólogos, reflexiones del mismo profesor, pero en los que establece un “diálogo” interior con sus propias ideas): Kant, Voltaire, Diderot, Pope, Swift… Y es aquí, precisamente, donde radica la enorme riqueza filosófica de la obra. El lector puede impregnarse de conocimientos sin apenas percatarse de ello, pues el amable envoltorio en el que se presentan tales reflexiones favorece ostensiblemente su aprehensión. Éste es, sin duda alguna, uno de los principales capitales de la obra. Por no hablar de la fineza desplegada por el autor a la hora de escoger los nombres de los personajes (con claros mensajes, llenos de referencias).
La lectura de la obra de Steven Lukes es, en la actualidad, de una pertinencia irrebatible. Esta pequeña historia es capaz de plantear una serie de reflexiones que el avezado y observador lector captará y hará propias con total facilidad. Éstas, en forma de pregunta, pudieran tomar alguno de los siguientes rumbos: ¿No vivimos, acaso, en un primer mundo cada vez más cercano a
En definitiva, nos encontramos ante una obra de fácil lectura, sin enredos intelectuales pero de inefable trabajo conceptual, y cargada de mensajes de enorme aprovechamiento. Lo que trataba de ser, en la historia, la búsqueda de la maravillosa utopía, finalmente desemboca en toda una reflexión contrautópica de los ideales políticos dominantes. Quizá no convenga demasiado aventurarse a conjeturar sobre otras intenciones del autor que no fuera precisamente ésta. Aún así, quizá se trate de mostrar la enorme validez (que no tanto como vigencia) que todavía guardarían en sí mismos los planteamientos ilustrados. O de desautorizar los excesos de las ideas utilitaristas (Utilitaria) o relativistas (Comunitaria). Desde luego, en las últimas páginas de la novela (conversación con el Búho y última carta de Cartitat) se despliega lo que pudiera ser la gran tesis de la obra: “la alternativa es comprender que ninguno de estos ideales sirve de nada sin los demás” y que “en el momento en el que perseguimos un ideal, es desastroso perder de vista todos los demás. Eso sería precisamente el fanatismo”. Tal es la idea que se viene a demostrar, indefectiblemente, después de pasear nuestra atención por todas las naciones visitadas por Caritat. Pero, a fin de cuentas, e independientemente de tales suposiciones, queda en el lector un rico poso de juicios y nociones, no solamente de los grandes clásicos citados en el libro, sino también, al final, de lo inducido por el lector.
jueves, diciembre 14, 2006
ORIENTE PRÓXIMO: EPICENTRO DE CONFLICTOS
La perspectiva histórica con la que hoy en día ya contamos para referirnos al “conflicto de conflictos” nos ha legado una verdad que, a todos los efectos, se antoja irrebatible: la ingente y compleja problemática existente en esta zona del planeta, y cuyo principal exponente lo constituye el archifamoso (mucho más que comprendido; sobre todo por la colectividad social occidental) conflicto palestino – israelí, ha sido y es foco continuo de enfrentamientos armados y diplomáticos no sólo entre ambas partes, sino también de ostensibles desencuentros entre las potencias mundiales. Esto es, pues, casi el único punto de consenso unánimemente reconocido por la comunidad internacional en lo que se refiere a la cuestión que nos ocupa. Pero a partir de aquí, cuando se repiensan las posibles soluciones, se tejen alianzas estratégicas o se tratan de imponer plazos, la cuestión queda huérfana de unanimidad.Aportar soluciones aplicables y asumidas por ambas partes, y que además cuenten con el suficiente aderezo de pragmatismo como para que resulten, finalmente, eficientes, se ha convertido en tarea harto complicada desde hace décadas. Y la dificultad de hallar la fórmula mágica se acrecienta a medida que discurren los años, emponzoñándose el conflicto en las altas esferas de la política internacional, cuya capacidad mediadora va descendiendo exponencialmente (así como su actitud de hacer propia tal disposición) y en donde la coyuntura de los grandes actores del escenario mundial (estos son, por el momento, Estados Unidos y la Unión Europea) anteponen otros intereses a la cuestión palestino – israelí. Así pues, no se atisba ninguna luz al final del túnel.
La solución a lo Salomón es, en su esencia, bien sencilla: partir el territorio en dos, tal y como en su día se pactó en la ONU en 1948, y que su incumplimiento por una de las partes generó el conflicto tal y como hoy se conoce (pues las causas primigenias hemos de encontrarlas más remotamente en la historia). Dos estados, el palestino y el israelí, convivirían fraternalmente respetando sus fronteras. Si bien, tal procedimiento merece, a día de hoy, variadas reservas. La primera llama la atención sobre el infundado optimismo de aquellos que apuestan por el fin definitivo del conflicto de llevarse a cabo tal plan. Las fronteras, aun si nacieran del pacto y fueran aceptadas internacionalmente sin matiz alguno (lo cual actualmente es poco menos que utópico), no se mostrarían eficaces para detener las actividades terroristas a ambos lados de la frontera. El odio secular que se profesan mutuamente ambas sociedades no desaparecería trazando una simple línea en un mapa. Y más cuando la base del conflicto no es únicamente política, sino también religiosa, lo que añade un grado máximo de complejidad a la cuestión, invalidando incluso cualquier consideración o solución política que pudiera alcanzarse. Para el fundamentalismo árabe (no sólo palestino, como se sabe) el estado infiel de Israel debe ser destruido, “borrarse del mapa”, como han dicho algunos. Se comprende, entonces, la vaguedad de aquellos que ven en la partición el summun de las soluciones. Ahora bien, la división territorial, sin resultar la panacea, es una de las piezas del puzzle. La creación del estado palestino podría facilitar más, si cabe, la presencia de fuerzas multinacionales de interposición entre ambas fronteras, además de servir la mejor infraestructura estatal para mejorar la seguridad.
La imposibilidad de encontrar una solución al conflicto se acrecienta debido a la manifiesta inoperancia de la ONU. Una institución enferma y con un sistema de funcionamiento partidista e insostenible desde su nacimiento no supone una herramienta útil para rebajar las tensiones ni imponer criterio alguno, por pertinente que parezca, mientras no se reestructure completamente. Si a esto añadimos la rigidez de planteamientos concebidos en Occidente, el estancamiento, o incluso empeoramiento de la situación actual, se explica por sí sola. La manida Hoja de Ruta ha resultado un estrepitoso fracaso, además de ser inservible por no tener la capacidad de amoldarse a nuevos escenarios (por ejemplo, el vuelco electoral palestino). Incluso la ceguera internacional resulta pavorosa e incomprensible cuando se trata de analizar las consecuencias de sus propios actos; los consumados (la guerra de Irak, instigar el derrocamiento del gobierno de Hamás…), los hipotéticamente futuribles (invasión de Irán o Siria) o incluso, la falta o tardía llegada de alguna reacción internacional ante los hechos que acaecen en un determinado momento (ante la última guerra Israel – Hezbolá).
Resulta entonces de una imperiosa necesidad un inmediato cambio de estrategia. El enrrocamiento internacional ante la cuestión no favorece a la estabilidad de la zona y enciende los ánimos en todos los demás vecinos. Efectivamente, no se trata de ceder al chantaje terrorista, ni borrar al estado judío del mapa, ni asentir ante las estentóreas peroratas de los árabes más fundamentalistas. Sin embargo, la creación de un mundo maniqueo (Eje del Mal frente a “Eje del Bien”), la intromisión injustificada de occidente en los asuntos estatales de terceros, la guerra contra el terrorismo (islamista, por supuesto), la construcción de muros o la imposición forzosa de la democracia no son las mejores formas con la que atajar el problema.
A partir de ahora, parece que se apuesta por un gobierno de unidad nacional, pensando que, a corto plazo, pudiera evitarse una guerra civil en Palestina. Sin embargo, esto no contenta a todos. Los legítimos ganadores de las elecciones (según todos los observadores internacionales, con un proceso electoral limpio) se consideran, no sin razón, ultrajados. Y algunos analistas advierten de que la falta de exquisito tacto en la creación del nuevo gobierno podría traer, de cara al futuro, gravísimos problemas de entendimiento nacional, de virulencia semejante o superior a los actuales (véase el caso de Líbano). Otra salida: nuevas elecciones. Desde luego, este último escenario (menos probable, a priori) inunda la cuestión de profunda incertidumbre. Si se repiten los resultados, ¿en qué habremos avanzado? ¿Y si no existe ninguna mayoría? Y si pierde Hamás, ¿cómo reaccionaría? Todo ello genera demasiadas dudas, difíciles de soportar sobre todo en Occidente, después de su perversas gestiones anti Hamás.
Si el terrorismo en la zona era ya un gravísimo problema, acrecentado luego por las Intifadas, el posible comienzo de una guerra civil entre palestinos (el mismo riesgo existe en Irak) agrandaría la problemática palestino – israelí (aparte de revolver más, si cabe, el ánimo internacional) hasta límites absolutamente incalculables.
miércoles, diciembre 13, 2006
UNA REFLEXIÓN PERTINENTE (PERO SIN SOLUCIÓN) SOBRE LA PROSTITUCIÓN
Se abre aquí entonces una de las grandes discusiones. Alegan algunas prostitutas (la mayoría de las asociaciones hablan en estos términos) que, como sujetos depositarios de derechos, pueden ejercer los mismos para poder elegir el trabajo que quieran (“Lo que reivindicamos es el derecho a elegir trabajo”, en El País, Una fábrica incontrolada de dinero negro, 27/09/05). Desde luego, el argumento es irrebatible. Pero, como casi todos, matizable. No todo trabajo es elegible libre y legítimamente, y menos éticamente aceptable, a saber, por ejemplo: asesino a sueldo o ladrón profesional. Como no es nuestra intención que el lector entienda que situamos al mismo nivel a las mujeres prostitutas y los ejemplos planteados, ya que sería tosco e injusto (no así respecto a los chulos o proxenetas), hilaremos más fino. A pesar de que las mujeres se prostituyan libremente, ¿es la libertad condición suficiente como para considerar digna a la prostitución? Si nos atenemos a las circunstancias en las que se ejerce, si éstas son saludables legal, sanitaria, económica y fiscalmente, tanto para las meretrices como para la sociedad en la que practican, pocos argumentos se encuentran, desde esta óptica contextual, como para evitar que la prostitución se considere normalmente. Pero, ¿son solamente las circunstancias contextuales las únicas susceptibles de ser tenidas en cuenta? Ésta es sin duda la pregunta capital, y la de más difícil respuesta. En este campo, tendríamos que reflexionar sobre si el cuerpo humano puede convertirse en mercancía o en mero objeto de cambio. Alegan algunos que la libertad de la que se dispone para utilizar el propio cuerpo (personal e intransferible) justifica tal comportamiento. Éste es el punto más conflictivo de todos. Sin necesidad de que fijemos postura al respecto, sí que debemos, para completar nuestro análisis, plantear algunas cuestiones para reflexionar sobre ello: ¿por qué una mujer se decide por la prostitución? ¿Ha sido el patriarcado, durante siglos dominante, el que ha “avalado” a la prostitución como profesión digna? Si creemos que ha contaminado a la conciencia femenina (y masculina), y esto es irrebatible, quizás la prostitución tenga su razón de ser en un sistema desventajoso e injusto para una de las partes del “contrato”, esto es, la mujer. Y si es así, ¿la prostitución es un modo de esclavitud (más o menos leve) de la mujer respecto al hombre? Dirimir tal materia podría dar muchas respuestas (una de ellas: “una cosa es la esclavitud y otra la prostitución”, en El País, El nuevo burdel de Europa, 26/09/05).
Los debates de género ahondan profusamente en esta cuestión, e invitamos a cualquier lector a zambullirse en ellos. La esencia de las disquisiciones se centra en el arduo debate mantenido entre los “abolicionistas” y aquellos que, dentro de un enorme abanico de matices y perspectivas, se incluyen dentro de la tendencia reguladora de la actividad, con más o menos restricciones. Sin embargo, la mayoría de las discusiones se centran en una única tipología de prostitución. ¿Por qué siempre ocuparse de la prostitución callejera? Es cierto que es la más visible e “indecososa”, pero no por ello hemos de perder la perspectiva. Existe un importante sector de venta de servicios sexuales de lujo que parece no gozar de la atención mediático-social debida. ¿Es que acaso, en esto de la prostitución, también el dinero, el alto standing, influye decisivamente en nuestras consideraciones? ¿La prostituta adinerada es menos prostituta que la callejera? ¿Existen clases sociales dentro de las prostitutas? Y si las hubiere, ¿son las de lujo más tolerables que las otras?
En definitiva, estas líneas son una insignificante muestra de lo que tal asunto puede dar de sí. En este sentido, ha de saber el lector que la cuestión está bajo continua revisión y análisis. Y, por supuesto, huérfana de unanimidad.








