Reza la primera frase de la exposición de motivos de la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género: “La violencia de género no es un problema que afecte al ámbito privado”. Más adelante, ahondando en la misma idea, se corrobora: “La violencia contra la mujer se presenta hoy como un auténtico síndrome” y “los poderes públicos no pueden ser ajenos a la violencia de género, uno de los ataques más flagrantes a derechos fundamentales como la libertad, la igualdad, la vida, la seguridad y la no discriminación proclamados en nuestra Constitución”.
Así pues, con estas pocas palabras, queda perfectamente definido el espíritu y la voluntad que envuelven el nacimiento de la ley más importante de la presente legislatura en lo que a materia social se refiere. Una medida aprobada unánimemente en el Congreso de los Diputados y laureada por buena parte de las organizaciones sociales especialmente sensibilizadas con la cuestión, además de recibir una cálida acogida entre la ciudadanía. Hacía ya bastante tiempo, como han recordado un buen número de analistas, que una ley de tal calado no recibía un apoyo tan mayoritario en nuestro país.
El problema de la violencia de género se hizo especialmente visible para la sociedad española a partir del año 1997, cuando el asesinato de Ana Orantes provocó una enorme desazón en la opinión pública (murió quemada por su marido un mes después de acudir a un programa de televisión). Era la primera vez que se daba tal prioridad mediática a un asunto de violencia de género. Con el asesinato de Ana a manos de su ex marido, los españoles ponían nombre y apellidos a un problema del que muchos habían oído hablar pero no habían conseguido reconocer. A partir de entonces, la violencia de género pasó a formar parte de la agenda pública. Es a raíz de aquel fatídico episodio cuando comienza a percibirse y a denunciarse un problema que llevaba décadas enquistado.
La participación de los medios de comunicación en el tratamiento directo de este asunto provocó su inevitable magnificación. De ser materia “inexistente”, de repente pasó a cobrar
protagonismo ostensible. Debates y reportajes televisivos ahondaban en la cuestión (muchas veces no de la mejor manera) y la prensa opinaba y analizaba acerca de lo que ya era abiertamente reconocido como una “lacra social”. No en vano, las cifras de asesinatos de mujeres (y por ende, de historias a las que aludir) constituían pavorosas cifras: según el Instituto de la Mujer, entre 1999 y 2005 murieron violentamente 426 mujeres. Se hace fácil de comprender, entonces, la magnitud del problema.
Las innumerables denuncias realizadas por decenas de agrupaciones sociales, la especial difusión mediática y la creciente preocupación ciudadana no tardó en ser recogida por los partidos políticos, haciendo propias las reivindicaciones que demandaban soluciones para la cuestión. Daban inicio los debates parlamentarios y relucían ya las propuestas propias de cada partido. Pero no fue hasta el mes de septiembre del año 2002 cuando se produjo el primer intento de legislación de una Ley Orgánica que paliara los efectos de la violencia de género. Por aquel entonces, la mayoría absoluta del Partido Popular en el Congreso rechazó abruptamente una propuesta realizada por el Partido Socialista y apoyada por los demás grupos de la Cámara. Se trataba de sacar adelante una ley de similares características a la actual que diera respuesta urgente a la violencia machista. Pero no se obtuvo más resultado que el de una fútil y partidista discusión parlamentaria más. Este primer fracaso legislativo vino acompañado, al año siguiente, de 71 mujeres asesinadas, la cifra más alta de la que se tenía conocimiento hasta el momento.
A pesar de que la coyuntura política del momento no tenía como principal foco de debate la violencia de género, la llegada de las elecciones generales de marzo de 2004 fueron interpretadas por el PSOE como la oportunidad idónea para volver a incluir en el debate político, y con gran protagonismo dentro de sus principales propuestas de campaña, todo lo referido a susodicha cuestión. Incluía el programa electoral del Partido Socialista referencias como “nos proponemos incorporar la perspectiva de género como uno de los ejes de las políticas de cooperación” (pag. 15) o “las víctimas de violencia de género serán objeto de un Plan Integral de Asistencia” (pag. 51). Bajo el título Combatir la violencia de género (pag. 93) todavía puede comprobar el interesado las políticas y medidas de acción que han tomado forma en la ley integral 1/2004. ZP izó la bandera de las feministas. Prometió grandilocuentemente la paridad de su gobierno, las medidas de igualdad de oportunidades, el apoyo a las maltratadas... El PSOE supo interpretar lo que era una demanda social generalizada y, como es evidente, los potenciales réditos electorales que hacerse cargo de dicha demanda podían acarrearle.
Contra todo pronóstico, el Partido Socialista se alza con la victoria la noche del 14 de marzo de 2004. A pesar de que en la agenda de José Luis Rodríguez Zapatero hubo anteriormente alguna que otra prioridad, ya el 29 de Junio entraba en el Congreso el proyecto de ley por el cual el Gobierno pretendía aprobar la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, aprobada formalmente por el Pleno del Congreso el 7 de octubre. Aquí la ley sí que encontró la unanimidad tan necesaria y anhelada por buena parte de la sociedad española.
No obstante, la nueva ley no ha dejado de ser objeto de cuantiosas críticas y suscitado no pocas polémicas. La falta de un presupuesto más detallado (por cierto, se ha reducido más para el p´roximo ejercicio) que acompañara a las necesidades del propio proyecto, la insuficiencia que denota la infraestructura judicial para hacerse cargo convenientemente del mismo e incluso las referencias a una posible inconstitucionalidad elevadas por determinadas instituciones son algunos de los obstáculos que surgieron en el camino.
En cualquier caso, nada evitó que la Ley contra la Violencia de Género entrara en vigor el 28 de enero de 2005.
Así pues, con estas pocas palabras, queda perfectamente definido el espíritu y la voluntad que envuelven el nacimiento de la ley más importante de la presente legislatura en lo que a materia social se refiere. Una medida aprobada unánimemente en el Congreso de los Diputados y laureada por buena parte de las organizaciones sociales especialmente sensibilizadas con la cuestión, además de recibir una cálida acogida entre la ciudadanía. Hacía ya bastante tiempo, como han recordado un buen número de analistas, que una ley de tal calado no recibía un apoyo tan mayoritario en nuestro país.
El problema de la violencia de género se hizo especialmente visible para la sociedad española a partir del año 1997, cuando el asesinato de Ana Orantes provocó una enorme desazón en la opinión pública (murió quemada por su marido un mes después de acudir a un programa de televisión). Era la primera vez que se daba tal prioridad mediática a un asunto de violencia de género. Con el asesinato de Ana a manos de su ex marido, los españoles ponían nombre y apellidos a un problema del que muchos habían oído hablar pero no habían conseguido reconocer. A partir de entonces, la violencia de género pasó a formar parte de la agenda pública. Es a raíz de aquel fatídico episodio cuando comienza a percibirse y a denunciarse un problema que llevaba décadas enquistado.
La participación de los medios de comunicación en el tratamiento directo de este asunto provocó su inevitable magnificación. De ser materia “inexistente”, de repente pasó a cobrar
protagonismo ostensible. Debates y reportajes televisivos ahondaban en la cuestión (muchas veces no de la mejor manera) y la prensa opinaba y analizaba acerca de lo que ya era abiertamente reconocido como una “lacra social”. No en vano, las cifras de asesinatos de mujeres (y por ende, de historias a las que aludir) constituían pavorosas cifras: según el Instituto de la Mujer, entre 1999 y 2005 murieron violentamente 426 mujeres. Se hace fácil de comprender, entonces, la magnitud del problema.Las innumerables denuncias realizadas por decenas de agrupaciones sociales, la especial difusión mediática y la creciente preocupación ciudadana no tardó en ser recogida por los partidos políticos, haciendo propias las reivindicaciones que demandaban soluciones para la cuestión. Daban inicio los debates parlamentarios y relucían ya las propuestas propias de cada partido. Pero no fue hasta el mes de septiembre del año 2002 cuando se produjo el primer intento de legislación de una Ley Orgánica que paliara los efectos de la violencia de género. Por aquel entonces, la mayoría absoluta del Partido Popular en el Congreso rechazó abruptamente una propuesta realizada por el Partido Socialista y apoyada por los demás grupos de la Cámara. Se trataba de sacar adelante una ley de similares características a la actual que diera respuesta urgente a la violencia machista. Pero no se obtuvo más resultado que el de una fútil y partidista discusión parlamentaria más. Este primer fracaso legislativo vino acompañado, al año siguiente, de 71 mujeres asesinadas, la cifra más alta de la que se tenía conocimiento hasta el momento.
A pesar de que la coyuntura política del momento no tenía como principal foco de debate la violencia de género, la llegada de las elecciones generales de marzo de 2004 fueron interpretadas por el PSOE como la oportunidad idónea para volver a incluir en el debate político, y con gran protagonismo dentro de sus principales propuestas de campaña, todo lo referido a susodicha cuestión. Incluía el programa electoral del Partido Socialista referencias como “nos proponemos incorporar la perspectiva de género como uno de los ejes de las políticas de cooperación” (pag. 15) o “las víctimas de violencia de género serán objeto de un Plan Integral de Asistencia” (pag. 51). Bajo el título Combatir la violencia de género (pag. 93) todavía puede comprobar el interesado las políticas y medidas de acción que han tomado forma en la ley integral 1/2004. ZP izó la bandera de las feministas. Prometió grandilocuentemente la paridad de su gobierno, las medidas de igualdad de oportunidades, el apoyo a las maltratadas... El PSOE supo interpretar lo que era una demanda social generalizada y, como es evidente, los potenciales réditos electorales que hacerse cargo de dicha demanda podían acarrearle.
Contra todo pronóstico, el Partido Socialista se alza con la victoria la noche del 14 de marzo de 2004. A pesar de que en la agenda de José Luis Rodríguez Zapatero hubo anteriormente alguna que otra prioridad, ya el 29 de Junio entraba en el Congreso el proyecto de ley por el cual el Gobierno pretendía aprobar la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, aprobada formalmente por el Pleno del Congreso el 7 de octubre. Aquí la ley sí que encontró la unanimidad tan necesaria y anhelada por buena parte de la sociedad española.
No obstante, la nueva ley no ha dejado de ser objeto de cuantiosas críticas y suscitado no pocas polémicas. La falta de un presupuesto más detallado (por cierto, se ha reducido más para el p´roximo ejercicio) que acompañara a las necesidades del propio proyecto, la insuficiencia que denota la infraestructura judicial para hacerse cargo convenientemente del mismo e incluso las referencias a una posible inconstitucionalidad elevadas por determinadas instituciones son algunos de los obstáculos que surgieron en el camino.
En cualquier caso, nada evitó que la Ley contra la Violencia de Género entrara en vigor el 28 de enero de 2005.














