El ciberespacio puede ser considerado, a efectos prácticos, como el principal adalid de la Sociedad de la Información. Hoy en día, la tecnología ha conseguido reducir distancias, agilizar las comunicaciones, abaratar las conversaciones, evadir mucha burocracia y constituir un vasta fuente de información de enorme versatilidad y accesibilidad. En definitiva, se dice que las nuevas Tecnologías de la Información y del Conocimiento (TIC) han convertido, y ésta vez parece que de verdad, el mundo en un pañuelo.Salvando las distancias y las profundas matizaciones que se pudieran derivar del debate que ahonda en lo que se conoce como la “brecha digital”, lo cierto es que la Red mundial entretejida durante los últimos tres lustros ha supuesto una serie de cambios cualitativos en todos los órdenes de la sociedad. Es perfectamente visible el avance de lo digital y sus nuevos soportes, pero todavía lo es más el efecto provocado en lo que a las relaciones interpersonales e intrapersonales se refiere. Así pues, no resultarían descabelladas las tesis que anuncian un profundo cambio en el modelo de sociedad.
Y es que, por regla general, las formas de comunicación modernas derivadas de la nueva Red se basan en el uso individual, siendo prácticamente inexistentes otras opciones de corte más colectivo o colaborador. Las relaciones interpersonales establecidas mediante tales medios (chat, webcam, mensajería instantánea...) prescinden del contacto personal directo, “deshumanizándose” los encuentros. Lo arbitrario de muchas de estas comunicaciones (chat), la ambigüedad identitaria que envuelve en muchas ocasiones al proceso y el uso sostenido y habitual de estas actividades refuerzan, sin duda, la superficialidad de los contactos personales. Y aquí, entonces, podemos toparnos con la gran paradoja de la sociedad de la comunicación-información. El individuo puede hallarse eficazmente conectado con todo el mundo mediante el uso de la tecnología. Probablemente, pueda sentirse parte de algo, integrante de toda una colectividad, desconociendo por completo cualquier impresión de incomunicación. Sin embargo, no deja de ser un sujeto anclado en el aislamiento personal. No existe una verdadera relación humana con los demás congéneres. La nueva comunicación hace de la máquina, inanimada e invariable, la principal herramienta de contacto. Se construye un “diálogo” que no deja de ser una mero intercambio de datos, pues resulta imposible la transmisión de emociones o sentimientos. En definitiva, el nuevo “ciberindividuo”, ¿a qué se conecta, si es que se conecta a algo? ¿Puede uno conectar estando desconectado? ¿Se conecta el individuo que conecta, o es otro el que conecta? Y lo más importante, ¿qué pasa si no conectamos?
Conociendo ya las principales implicaciones de la comunicación ciberespacial, estamos ya en disposición de reconocer sus efectos en lo que atañe a la perspectiva de género. Muchos de ellos pasarán absolutamente desapercibidos a primera vista y sobre todo para aquellos poco versados en materia psicológica, pero sí podríamos dar con la clave principal: el género, en la comunicación meramente cibernética, pierde su razón de ser. Si antes nos hemos referido a la fragilidad de las identidades, cabe entonces la manipulación sexual de la persona cibernética, es decir, puede que no se de una coincidencia en lo que se refiere a identidad sexual entre la persona real y la persona conectada al ciberespacio. Dicha consideración deriva en una interpretación dual. Por un lado, la perspectiva optimista podría entender que la abolición del sistema sexo-género en la vertebración de las relaciones cibernéticas hace desaparecer los problemas que dicho sistema ha acarreado a las relaciones interpersonales públicas y privadas en el ámbito de lo real, de lo humano. Sin embargo, la posibilidad de enmascarar la identidad puede contribuir al reforzamiento de la discriminación de la mujer, ya que podría adoptar la identidad masculina si ésta le conllevara mayores ventajas que la femenina. Renegaría de su identidad real tratando de amortiguar las desavenencias que un sistema social androcéntrico y patriarcal le ha concitado. Las formas de comunicación relacionadas con la Red podrían desmarcarse, en principio, y gracias a sus características y naturaleza, de este esquema social.
Pero, en definitiva, poco puede aportar el ciberespacio en lo que se refiere al cambio social que se precisa para eliminar las descompensaciones de género que persisten hoy en día. Fundamentalmente, porque las relaciones sociales todavía se vertebran en la gran mayoría de ocasiones prescindiendo de dicha tecnología, sin negar que ésta siga experimentando un progresivo e imparable aumento. Las potencialidades de las TIC han de servir también para alcanzar la tan ansiada igualdad de género, conformando una herramienta estratégica de innegable valor. Pero estas bondades de la cibertecnología se antojan insuficientes si no van acompañadas de otras medidas para abordar empresa de tamaña magnitud.








