miércoles, diciembre 13, 2006

UNA REFLEXIÓN PERTINENTE (PERO SIN SOLUCIÓN) SOBRE LA PROSTITUCIÓN

La enorme mayoría de las prostitutas ejercen forzadas su actividad. Así, según todos los datos manejados, solamente el 5% de ellas lo hace voluntariamente.

Se abre aquí entonces una de las grandes discusiones. Alegan algunas prostitutas (la mayoría de las asociaciones hablan en estos términos) que, como sujetos depositarios de derechos, pueden ejercer los mismos para poder elegir el trabajo que quieran (“Lo que reivindicamos es el derecho a elegir trabajo”, en El País, Una fábrica incontrolada de dinero negro, 27/09/05). Desde luego, el argumento es irrebatible. Pero, como casi todos, matizable. No todo trabajo es elegible libre y legítimamente, y menos éticamente aceptable, a saber, por ejemplo: asesino a sueldo o ladrón profesional. Como no es nuestra intención que el lector entienda que situamos al mismo nivel a las mujeres prostitutas y los ejemplos planteados, ya que sería tosco e injusto (no así respecto a los chulos o proxenetas), hilaremos más fino. A pesar de que las mujeres se prostituyan libremente, ¿es la libertad condición suficiente como para considerar digna a la prostitución? Si nos atenemos a las circunstancias en las que se ejerce, si éstas son saludables legal, sanitaria, económica y fiscalmente, tanto para las meretrices como para la sociedad en la que practican, pocos argumentos se encuentran, desde esta óptica contextual, como para evitar que la prostitución se considere normalmente. Pero, ¿son solamente las circunstancias contextuales las únicas susceptibles de ser tenidas en cuenta? Ésta es sin duda la pregunta capital, y la de más difícil respuesta. En este campo, tendríamos que reflexionar sobre si el cuerpo humano puede convertirse en mercancía o en mero objeto de cambio. Alegan algunos que la libertad de la que se dispone para utilizar el propio cuerpo (personal e intransferible) justifica tal comportamiento. Éste es el punto más conflictivo de todos. Sin necesidad de que fijemos postura al respecto, sí que debemos, para completar nuestro análisis, plantear algunas cuestiones para reflexionar sobre ello: ¿por qué una mujer se decide por la prostitución? ¿Ha sido el patriarcado, durante siglos dominante, el que ha “avalado” a la prostitución como profesión digna? Si creemos que ha contaminado a la conciencia femenina (y masculina), y esto es irrebatible, quizás la prostitución tenga su razón de ser en un sistema desventajoso e injusto para una de las partes del “contrato”, esto es, la mujer. Y si es así, ¿la prostitución es un modo de esclavitud (más o menos leve) de la mujer respecto al hombre? Dirimir tal materia podría dar muchas respuestas (una de ellas: “una cosa es la esclavitud y otra la prostitución”, en El País, El nuevo burdel de Europa, 26/09/05).

Los debates de género ahondan profusamente en esta cuestión, e invitamos a cualquier lector a zambullirse en ellos. La esencia de las disquisiciones se centra en el arduo debate mantenido entre los “abolicionistas” y aquellos que, dentro de un enorme abanico de matices y perspectivas, se incluyen dentro de la tendencia reguladora de la actividad, con más o menos restricciones. Sin embargo, la mayoría de las discusiones se centran en una única tipología de prostitución. ¿Por qué siempre ocuparse de la prostitución callejera? Es cierto que es la más visible e “indecososa”, pero no por ello hemos de perder la perspectiva. Existe un importante sector de venta de servicios sexuales de lujo que parece no gozar de la atención mediático-social debida. ¿Es que acaso, en esto de la prostitución, también el dinero, el alto standing, influye decisivamente en nuestras consideraciones? ¿La prostituta adinerada es menos prostituta que la callejera? ¿Existen clases sociales dentro de las prostitutas? Y si las hubiere, ¿son las de lujo más tolerables que las otras?

En definitiva, estas líneas son una insignificante muestra de lo que tal asunto puede dar de sí. En este sentido, ha de saber el lector que la cuestión está bajo continua revisión y análisis. Y, por supuesto, huérfana de unanimidad.