jueves, diciembre 14, 2006

ORIENTE PRÓXIMO: EPICENTRO DE CONFLICTOS

La perspectiva histórica con la que hoy en día ya contamos para referirnos al “conflicto de conflictos” nos ha legado una verdad que, a todos los efectos, se antoja irrebatible: la ingente y compleja problemática existente en esta zona del planeta, y cuyo principal exponente lo constituye el archifamoso (mucho más que comprendido; sobre todo por la colectividad social occidental) conflicto palestino – israelí, ha sido y es foco continuo de enfrentamientos armados y diplomáticos no sólo entre ambas partes, sino también de ostensibles desencuentros entre las potencias mundiales. Esto es, pues, casi el único punto de consenso unánimemente reconocido por la comunidad internacional en lo que se refiere a la cuestión que nos ocupa. Pero a partir de aquí, cuando se repiensan las posibles soluciones, se tejen alianzas estratégicas o se tratan de imponer plazos, la cuestión queda huérfana de unanimidad.

Aportar soluciones aplicables y asumidas por ambas partes, y que además cuenten con el suficiente aderezo de pragmatismo como para que resulten, finalmente, eficientes, se ha convertido en tarea harto complicada desde hace décadas. Y la dificultad de hallar la fórmula mágica se acrecienta a medida que discurren los años, emponzoñándose el conflicto en las altas esferas de la política internacional, cuya capacidad mediadora va descendiendo exponencialmente (así como su actitud de hacer propia tal disposición) y en donde la coyuntura de los grandes actores del escenario mundial (estos son, por el momento, Estados Unidos y la Unión Europea) anteponen otros intereses a la cuestión palestino – israelí. Así pues, no se atisba ninguna luz al final del túnel.

La solución a lo Salomón es, en su esencia, bien sencilla: partir el territorio en dos, tal y como en su día se pactó en la ONU en 1948, y que su incumplimiento por una de las partes generó el conflicto tal y como hoy se conoce (pues las causas primigenias hemos de encontrarlas más remotamente en la historia). Dos estados, el palestino y el israelí, convivirían fraternalmente respetando sus fronteras. Si bien, tal procedimiento merece, a día de hoy, variadas reservas. La primera llama la atención sobre el infundado optimismo de aquellos que apuestan por el fin definitivo del conflicto de llevarse a cabo tal plan. Las fronteras, aun si nacieran del pacto y fueran aceptadas internacionalmente sin matiz alguno (lo cual actualmente es poco menos que utópico), no se mostrarían eficaces para detener las actividades terroristas a ambos lados de la frontera. El odio secular que se profesan mutuamente ambas sociedades no desaparecería trazando una simple línea en un mapa. Y más cuando la base del conflicto no es únicamente política, sino también religiosa, lo que añade un grado máximo de complejidad a la cuestión, invalidando incluso cualquier consideración o solución política que pudiera alcanzarse. Para el fundamentalismo árabe (no sólo palestino, como se sabe) el estado infiel de Israel debe ser destruido, “borrarse del mapa”, como han dicho algunos. Se comprende, entonces, la vaguedad de aquellos que ven en la partición el summun de las soluciones. Ahora bien, la división territorial, sin resultar la panacea, es una de las piezas del puzzle. La creación del estado palestino podría facilitar más, si cabe, la presencia de fuerzas multinacionales de interposición entre ambas fronteras, además de servir la mejor infraestructura estatal para mejorar la seguridad.

La imposibilidad de encontrar una solución al conflicto se acrecienta debido a la manifiesta inoperancia de la ONU. Una institución enferma y con un sistema de funcionamiento partidista e insostenible desde su nacimiento no supone una herramienta útil para rebajar las tensiones ni imponer criterio alguno, por pertinente que parezca, mientras no se reestructure completamente. Si a esto añadimos la rigidez de planteamientos concebidos en Occidente, el estancamiento, o incluso empeoramiento de la situación actual, se explica por sí sola. La manida Hoja de Ruta ha resultado un estrepitoso fracaso, además de ser inservible por no tener la capacidad de amoldarse a nuevos escenarios (por ejemplo, el vuelco electoral palestino). Incluso la ceguera internacional resulta pavorosa e incomprensible cuando se trata de analizar las consecuencias de sus propios actos; los consumados (la guerra de Irak, instigar el derrocamiento del gobierno de Hamás…), los hipotéticamente futuribles (invasión de Irán o Siria) o incluso, la falta o tardía llegada de alguna reacción internacional ante los hechos que acaecen en un determinado momento (ante la última guerra Israel – Hezbolá).

Resulta entonces de una imperiosa necesidad un inmediato cambio de estrategia. El enrrocamiento internacional ante la cuestión no favorece a la estabilidad de la zona y enciende los ánimos en todos los demás vecinos. Efectivamente, no se trata de ceder al chantaje terrorista, ni borrar al estado judío del mapa, ni asentir ante las estentóreas peroratas de los árabes más fundamentalistas. Sin embargo, la creación de un mundo maniqueo (Eje del Mal frente a “Eje del Bien”), la intromisión injustificada de occidente en los asuntos estatales de terceros, la guerra contra el terrorismo (islamista, por supuesto), la construcción de muros o la imposición forzosa de la democracia no son las mejores formas con la que atajar el problema.

A partir de ahora, parece que se apuesta por un gobierno de unidad nacional, pensando que, a corto plazo, pudiera evitarse una guerra civil en Palestina. Sin embargo, esto no contenta a todos. Los legítimos ganadores de las elecciones (según todos los observadores internacionales, con un proceso electoral limpio) se consideran, no sin razón, ultrajados. Y algunos analistas advierten de que la falta de exquisito tacto en la creación del nuevo gobierno podría traer, de cara al futuro, gravísimos problemas de entendimiento nacional, de virulencia semejante o superior a los actuales (véase el caso de Líbano). Otra salida: nuevas elecciones. Desde luego, este último escenario (menos probable, a priori) inunda la cuestión de profunda incertidumbre. Si se repiten los resultados, ¿en qué habremos avanzado? ¿Y si no existe ninguna mayoría? Y si pierde Hamás, ¿cómo reaccionaría? Todo ello genera demasiadas dudas, difíciles de soportar sobre todo en Occidente, después de su perversas gestiones anti Hamás.

Si el terrorismo en la zona era ya un gravísimo problema, acrecentado luego por las Intifadas, el posible comienzo de una guerra civil entre palestinos (el mismo riesgo existe en Irak) agrandaría la problemática palestino – israelí (aparte de revolver más, si cabe, el ánimo internacional) hasta límites absolutamente incalculables.